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La otra movilización el 7 de agosto, la del pueblo

Crónica
Tomado de Las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel


La otra movilización el 7 de agosto, la del pueblo


El pasado 7 de agosto se celebraron dos actos importantes en Bogotá. En la plaza de Bolívar la posesión del nuevo presidente Iván Duque Márquez, y en el parque de la Hoja el cierre de la Marcha por la Vida, la Paz y la defensa de los Acuerdos de La Habana. El primero concitó la atención de los grandes medios y la expectativa nacional. El segundo pasó desapercibido en la gran prensa y si acaso despertó la curiosidad de algún comentarista.

Gabriel ÁngelLa Marcha por la Vida recorrió las calles de la capital del país en una verdadera fiesta, de manera completamente pacífica. Participé en ella desde la avenida primero de mayo, por la carrera 30, hasta el citado parque, rodeado de jóvenes animosos que lanzaban consignas y portaban pancartas en las que se expresaba el rechazo al nuevo presidente, al que la inmensa mayoría de los participantes identificaban con su inspirador Álvaro Uribe Vélez.

Tamboras y coros con ritmos nacionales y populares sonaron durante todo el recorrido. Escuché de cerca, repetidamente, al ritmo de la maestranza, las voces de muchachas y muchachos de aspecto estudiantil que entonaban coros como el que decía, nosotros somos farianos y vamos a defender, las justas luchas del pueblo, para llegar al poder. El cántico conmovido de sus voces también recurría con frecuencia al Bella Ciao, la canción de resistencia de los partisanos.

Un muchacho emocionado se acercó para comentarme que la gente ignoraba u olvidaba el profundo significado de cantos como ese. Los partisanos, es decir los guerrilleros italianos que se alzaron en resistencia contra el fascismo de Mussolini, habían sido los responsables de su captura, en el momento en que junto con su amante Clara Petacci, pretendía huir confundido entre la multitud. Bella Ciao era el canto en homenaje a esos heroicos hombres y mujeres.

 

Jovencitas delgadas de rostro deslumbrante levantaban carteles, en los que denunciaban el asesinato de los líderes sociales que se practica impunemente a lo largo y ancho del país. Exigían justicia, que se detenga el desangre, que la gente tenga derecho a luchar por sus aspiraciones. Vestían de manera sencilla, jeans y blusas o chaquetas deportivas y zapatos tenis de colores. Había muchos muchachos con el cabello largo, trenzado, con cortes llamativos por su forma y colorido.

También estaban allí los teatreros, con sus máscaras de actuación y sus trajes relucientes, llamando en nombre del arte y la cultura a la construcción de una Colombia distinta, democrática, respetuosa de los derechos humanos, en la que no tenga cabida alguna el fascismo. Allí un grupo de estudiantes aprovechaba para denunciar la privatización de la educación pública, mientras un poco más allá un corrillo de hombres y mujeres rechazaba el proyecto de reforma pensional.

Muchísimas manos portaban banderas tricolores en señal de amor y defensa de la patria. Era siete de agosto, se conmemoraban 199 años de la batalla de Boyacá, cuando Bolívar y su ejército libertador vencieron a las tropas españolas y las expulsaron del territorio, comenzando la construcción de una nueva nación, Colombia, esa que dos siglos después todavía enfrenta la desigualdad y la opresión, ligadas a modelos económicos y políticos impuestos desde afuera.

Había gente condenando la fumigación con glifosato que envenena la naturaleza y la infancia. También flameaban banderines y emblemas políticos. De Colombia Humana, el Partido Comunista, la Unión Patriótica, el partido de la rosa, asociaciones estudiantiles y la diversidad. Un grupo de curtidos sindicalistas se turnaba entre sus integrantes un megáfono. Rechazaban el nuevo gobierno, repetían que Duque no era su Presidente, acusaban de paramilitar a su partido.

Cuando nos aprestábamos para salir a marchar, en la glorieta de la avenida Ciudad de Quito con Primero de Mayo, tenía la impresión de que la convocatoria no había producido un gran efecto. Me parecía que la participación iba a ser reducida, que la indiferencia sería como de costumbre la actitud de la mayoría. Pero no fue sino comenzar a avanzar, para darme cuenta de que tras cada esquina crecía la multitud y se conformaba un verdadero río humano.

Me alegró mucho ver activos en la movilización a Pablo Catatumbo, Carlos Antonio Lozada, Mauricio Jaramillo, al gordo Calarcá y otro puñado de dirigentes del partido de las FARC. Algunos de ellos salieron más adelante con destino a la sesión plenaria del Congreso de la República que daría posesión al nuevo Presidente. A Rodrigo Londoño Echeverry, Timo, el presidente del partido, lo vi y escuché pronunciar un discurso ante una inmensa concentración en la plaza de la Hoja.

También saludé numerosos exguerrilleros y exguerrilleras que marchaban entusiastas. Me hicieron recordar al Mono Jojoy anunciando que las Farc vamos hacia las grandes ciudades. Era cierto. Atrás quedaron las bombas y los tiros. Las bocinas agitadas por conductores de autos que pasaban avivándonos, se encargaban de decirnos buena esa, bienvenidos




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