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Las fantasías de una “izquierda” delirante

Análisis
Tomado de las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel


El pasado 5 de mayo se cumplieron dos siglos del nacimiento de Carlos Marx. El aniversario sin duda da para muchas reflexiones, sobre todo entre aquellos que nos reconocemos como seguidores de su sistema filosófico, sus análisis económicos acerca del capitalismo y sus fórmulas políticas para la liberación de la humanidad entera de las lacras de la explotación y la opresión.

Gabriel ÁngelSiempre valdrá la pena preguntarse si lo fundamental de las doctrinas marxistas, es la suma de diferentes libros que representan una verdad revelada y absoluta, como pueden considerar los cristianos a la Biblia, o por el contrario, es el acervo de conocimientos y análisis que por el método empleado y su rigurosidad científica, sirven para iluminar el quehacer de los pueblos.

Pertenezco a quienes piensan que el marxismo no es un dogma, ni un credo para recitar cada vez que nos situamos frente a un fenómeno de la vida real. Sus componentes fundamentales, el materialismo y la dialéctica, nos enseñan a examinar los hechos con la objetividad más absoluta, sin voluntarismos, al tiempo que comprenderlos también en su dinámica permanente.

Citar de memoria apartes de El Capital, La Filosofía Alemana, El Manifiesto Comunista o El Estado y la Revolución, con el propósito de demostrar la incorrección de los análisis de la realidad contemporánea, no se corresponde con el sentido esencial del pensamiento de los clásicos, que resumió magistralmente Lenin con su fórmula del análisis concreto de la situación concreta.

Y mucho menos se corresponde con el método marxista, el considerar que las formulaciones de Lenin para el derrocamiento del régimen menchevique en 1917 en Rusia, son leyes absolutas para todos los pueblos y momentos históricos en el futuro, de tal modo que los trabajadores objeto de la explotación capitalista solo tienen que ceñirse a ellas para obtener su segura liberación.

Cada una de las revoluciones triunfantes en el siglo XX significó la explosión de circunstancias particulares enmarcadas en entornos históricos precisos. No comprenderlo en su momento, originó diversas interpretaciones de las mismas, que las encuadraban dentro de rigurosos marcos teóricos. Se creyó, por ejemplo, que podía calcarse la revolución cubana en cualquier otro país.

Bastaba con que los revolucionarios obrasen de modo semejante a su modelo guía, ya se tratase de la Unión Soviética, China, Yugoeslavia, Cuba o Vietnam. La insurrección armada se convirtió en una ley absoluta, en el camino imprescindible y único garante de victoria. Se partió de la idea de que todos los pueblos anhelaban alzarse y marchar a una heroica guerra de liberación.

Cuando conocí a las Farc, creía que se trataba de una organización que pensaba así, cuando en realidad era yo quien en mi inmadurez veía las cosas de ese modo. En mi acaloramiento creía que las historias de la autodefensa campesina y la Operación Marquetalia, no eran más que elaboraciones para justificar un real planteamiento insurreccional decidido de antemano.

Incluso me dolió saber que al ingresar, simultáneamente lo hacía también al partido comunista. Así lo establecían los estatutos. En la universidad había asimilado la idea falsa de que los mamertos eran los responsables de que no hubiera triunfado la revolución en Colombia. Además, me parecía absolutamente contradictorio el discurso de las Farc por la paz.

Si de lo que se trataba era de alzar a todo el pueblo en armas, nada más contrario que la lucha de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas por una solución política. Cuántos años de duras experiencias me costó comprender que las Farc no eran el producto de un plan revolucionario previo, sino de una experiencia colombiana propia, de la realidad de la violencia oficial imperante en el país.

El plan estratégico era la salida última, si no era posible evitarle al país la guerra total. Jacobo Arenas repitió hasta la saciedad que la guerra no podía ser el destino de Colombia. El marxismo de las Farc no se correspondía con las interpretaciones idealizadas de la insurrección armada, concebidas por extremistas que le apostaban todo a eso.

Extremistas que entre otras cosas no empuñaron las armas, sino que se dedicaron a propagar sus teorías en cafeterías, cátedras, conferencias, grandes fiestas y folletines de agitación. Y que ahora, desde portales de internet, pretenden enseñarles a los colombianos que libraron una guerra de más de medio siglo, que su Acuerdo de Paz es un fiasco que deben repudiar.

Y que aplauden a los grupos llamados disidentes por su consecuencia, desconociendo su evidente descomposición política y moral. No es cierto que los imperialistas sean tigres de papel, ni que el capitalismo esté a un paso de derrumbarse. Tampoco que los pueblos del mundo se hallen al borde de una insurrección anticapitalista y socialista mundial.

Ni que el pueblo colombiano delira por una guerra popular prolongada. Cuánto daño hacen a la paz y la justicia social tales fantasías y quienes las difunden.


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