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Si de muertos se trata…

Análisis
Tomado de Las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel

Si de muertos se trata…

Nuestro país no podrá salir del pantano de los odios, mientras todos sus muertos y dolores, todos, no sean reconocidos con respeto.

El martes 27 asistí a un sentido homenaje en memoria de Mariana Páez, quien en su vida civil llamó Martha Isabel Ardila Castellanos, una de las guerrilleras que cayó bajo las balas del Ejército 9 años atrás, en el páramo de Sumapaz, cuando en la madrugada, el Frente Antonio Nariño de las Farc-EP fue asaltado de modo sorpresivo. Mariana brilló en los diálogos del Caguán.

El día anterior, por coincidencia, había sido invitado a participar en el Cementerio Central de Bogotá, a la imposición de una ofrenda floral en la tumba de Gilberto Vieira White, uno de los fundadores del Partido Comunista y su Secretario General durante 40 años continuos, protagonista central de la historia de Colombia en el siglo XX.

Los sencillos actos, en los que sentimientos de solidaridad y afecto inundaron el ánimo de los concurrentes, sirvieron a su vez para evocar personajes y momentos semejantes. El 27 de febrero también se conmemoraban 29 años del asesinato de Teófilo Forero, acribillado junto con su esposa y sus escoltas, en medio de la macabra oleada de crímenes cobardes contra la Unión Patriótica.

Dentro de los asistentes al acto en honor a Mariana, observé una mujer madura, de rostro y cuerpo gruesos, acompañada por otra de ojos grises, más joven que ella, a cuyas espaldas permanecía de pie un hombre adulto, de ojos intensamente azules y mirada triste. Por momentos las mujeres se desbordaban en un llanto tan amargo y silencioso que temí terminara por contagiarnos a todos.

De pronto, cuando algún fotógrafo quiso hacer una toma, la mayor de las dos mujeres le hizo una seña con la mano, para que esperara mientras sacaban algo de una carpeta que portaban en sus manos. Eran dos hermosas fotografías de Valentina, con quien querían hacerse retratar. Valentina fue otra de las guerrilleras del mismo Frente que pereció con Mariana esa mañana.

De inmediato capté que el grupo no era otro que padre, madre y hermana de la muchacha sacrificada. Qué hermosa se veía en la fotografía Valentina con sus ojos claros y su rostro sereno. El dolor que despedía su familia acongojada penetró en mi ánimo de manera limpia. Cómo dolían aquellos muertos, seres que pagaron con su vida el sueño de una Colombia mejor.



Imposible no estremecerse en aquella soleada mañana en el cementerio, en el que el verde de los prados, el tono de las rosas rojas y el brillo de las flores de la enorme corona variopinta relucían con la intensidad de un espejismo. Doña Anita, la madre de Mariana, de cabellos canos y cuerpo menudo, erguida y sonriente a sus más se setenta años, habló con fuerza inaudita.

Más que sufrimiento había en su semblante un gesto de orgullo, de disposición a la lucha. Sin una lágrima, con una fuerza interior que deslumbraba, se refirió a la necesidad de rescatar la dignidad perdida en buena parte del pueblo colombiano. Las personas dignas, dijo, son las que estamos comprometidas. Y la tarea que tenemos por delante es demasiado grande.

De algún modo aquella escena era bella. Madre e hija de la combatiente caída, de pie ante la tumba de su hija y madre, no lloraban ante la devastadora realidad de la muerte, sino que parecían encontrar en la terrible partida un motivo más para desbordar la esperanza. Se podía caer en la lucha, es cierto, pero esta no se extinguiría por eso. Otros retomarían el ejemplo.

El día anterior había escuchado a Jaime Caicedo referirse a otros revolucionarios cuyas historias rescató Gilberto Vieira, como la de aquellos comunistas colombianos que tomaron parte en el pequeño ejército de Augusto Cesar Sandino o la guerra civil española. Ahora, terminado el acto, éramos invitados a visitar otra tumba del mismo cementerio.

La madre y el hijo de Julio Alfonso Poveda, asesinado por sicarios el 17 de febrero de 1999, también querían rendir un pequeño homenaje a su ser querido. Dirigente agrario, combatiente de aquellas guerrillas que lucharon por la tierra en el Sumapaz y el oriente del Tolima durante la dictadura de Rojas Pinilla, pereció también por balas asesinas una fría mañana bogotana.

Recordé que el 1 de marzo se cumplían 10 años de la tenebrosa muerte de Raúl Reyes en Sucumbíos. Con él partieron también una veintena de guerrilleros y guerrilleras por obra del bombardeo de la media noche. Y que siete días después conmemoraríamos el repugnante asesinato de Iván Ríos, otra de esas apestosas victorias del Estado colombiano.

Si de muertos se trata, nadie carga más de ellos que quienes luchan por un mundo y un país mejor. Ese conmovedor dolor humano han querido borrarlo de la memoria nacional, ocultándolo tras tretas y dramas artificiales o agigantados. Nuestro país no podrá salir del pantano de los odios, mientras todos sus muertos y dolores, todos, no sean reconocidos con respeto.


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