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Se acabaron las excusas

Análisis
Tomado de Las 2 Orillas
Por Rafael Colón

Rafael Alfredo Colón


Al Estado se le acabaron los pretextos para no ejercer su control institucional, para hacerse cargo del corazón del territorio, donde viven los más excluidos del desarrollo

Se acabaron las excusas

Siempre tuvimos excusas para achacarle los males del país a alguien: a nuestra difícil geografía que no permite integrar las regiones; al centralismo, a los conflictos con las guerrillas…, a la corrupción, al narcotráfico, a los herederos del paramilitarismo, a las históricas guerras sucesivas intestinas.

Teorizamos que las grandes obras en este país son imposibles, que las causas de nuestros males están instaladas en el ADN de los colombianos, genética que los hace seres rivalizantes y genuinos aventajados con permiso para atropellar; educamos con malos ejemplos en casa y con la pedagogía perversa, de sacar provecho a cualquier circunstancia.

Entre tantas excusas, repetidamente la dirigencia política tradicional, se ha mantenido en el centro del espectro como juez de los episodios de la confrontación contemporánea, señalando y juzgando a los responsables de las calamidades.

Colombia postergó las reformas por la excusa de la guerra; en el país rural, o han visto siempre a soldados que entraban y salían en busca de la guerrilla, o sus habitantes compartieron el territorio con la misma guerrilla, instalada por décadas sobre un territorio abandonado por un Estado incapaz de ejercer control territorial.

¿Cómo arrancó este gobierno luego de la terminación del conflicto con las Farc? Despacito, muy despacito, porque mientras se negociaba en La Habana, en Bogotá se practicaba doble discurso; aquí esperaban que terminaran los acuerdos para comenzar a pensar qué hacer.

El gobierno comenzó lento, porque sus entes administrativos siguen con la idea de que para contratar y ejecutar mañana mismo, es preciso pasar por varias rejas.

Hoy, cuando se ha fijado la fecha definitiva para la entrega de armas por parte de las Farc, es necesario pisar el acelerador hasta el fondo para honrar lo pactado con esa guerrilla. Es cierto que ningún gobierno tiene una vara mágica para hacer que lo que se piensa, se cumpla de inmediato; pero más difícil se pone cuando la burocracia perezosa del Estado, se  atraviesa al impulso.

Con mucha razón, el presidente Juan Manuel Santos ha corrido una contrarreloj, decidiendo con la firmatón de decretos, imprimir velocidad con una fuerza de ley, que de vida jurídica a varios de los puntos del acuerdo de paz con las Farc.

Sin duda, todas las baterías del gobierno están enfiladas para acertar, pero su insensible burocracia y la falta de presupuestos acordes a la envergadura del problema, hacen que la operación de sus programas carezca de integralidad.

Los programas de respuesta rápida se enfrentan a laberintos jurídicos y administrativos, tejidos por funcionarios a cargo de movilizar la ejecución presupuestal que practican el apotegma: para qué hacer las cosas fáciles si podemos hacerlas difíciles.

¿Qué está pasando? Líderes, campesinos y colonos, que habitan el corazón del territorio rural, protestan porque el gobierno no les cumple las promesas que les hicieron desde que vivían sus abuelos. La desconfianza galopa, mientras crece la frustración. Hay indignación porque no se garantizan derechos fundamentales como el agua, la luz, la salud.

Por eso, es el momento de poner el ojo, sobre el cómo se cumplirán los acuerdos alcanzados con el departamento del Chocó, pues este gobierno se ha comprometido hasta el año 2022, firmando un acuerdo con funcionarios que mañana ya no ocuparán sus cargos; entrarán en modo campaña política, para adquirir más poder.

La desconfianza en cada rincón del país donde se instaló la guerra con las Farc persiste, porque siguen las sombras y fantasmas del conflicto; allí falta coherencia institucional y más sensibilidad hacia lo público.

Es evidente que las organizaciones campesinas se encuentran bien organizadas; tienen método, preparan sus reuniones, tienen objetivos claros y son exigentes a causa de la desconfianza; ya no le comen cuento a los funcionarios que prometen hospitales, puentes y vías; ahora como el apóstol Tomás, esperan mirar y tocar, porque mantienen viva la experiencia de que el gobierno se compromete sin tener seria responsabilidad de ejecutar.

Siempre Colombia ha sido más rural de lo que pensamos: el 94 % de su territorio es rural y el 32 % de la población vive allí. A la reforma rural agraria pendiente, no le caben más excusas; en catorce meses este gobierno puede hacer mucho y el que viene, debe hacer más: se tendrá que cambiar la injusta y desigual estructura del país.

Las Farc están transitando hacia la civilidad y al Estado colombiano se le acabaron las excusas para no ejercer su control institucional, para no hacerse cargo del corazón del territorio, allí donde viven los ciudadanos más excluidos del desarrollo, los más necesitados; los más empapados de inmensa nobleza.

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