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¡Bienvenidos al pasado…!

Análisis
Tomado de Las 2 Orillas
Por Rafael Colón

Rafael Alfredo Colón

Millones de colombianos perciben que en lugar de ir avante, dan marcha atrás. ¿Será que a las élites, lo que más les conviene es no cumplir?

¡Bienvenidos al pasado…!
López Michelsen prometió que su “mandato claro” restablecería el paso del tren por el puente Pearson; que de tanto esperar, se derrumbó. Foto: Tiberio Murcia Godoy, blog




Durante su campaña política, Alfonso López Michelsen prometió en el parque Pumarejo de Honda, que recuperaría la navegación sobre el río Magdalena y que la ciudad de los puentes, cuna de su padre, animaría el comercio entre el centro y la periferia como lo hizo durante la conquista y la independencia; esa calurosa noche de entusiasta discurso, prometió también que su “mandato claro” restablecería el paso del tren por el puente Pearson; que de tanto esperar, se derrumbó sobre las aguas azufradas del río Gualí.

Todos aplaudimos emocionados; todos le creímos…

Promesas, miles de promesas que no se cumplen; ¿será que a las élites, lo que más les conviene es no cumplir?; quizás esa lógica perversa es la que anima su preciado círculo; no cumplir asegura más oportunidades con otros puestos y distintos contratos.

Hoy, nuestro gobierno enfrenta un lío de proporciones mayores al de los años setenta, pero tiene en sus deberes la misma deuda del pasado.

Las marchas y manifestaciones de estos días, parecen advertir: ¡Bienvenidos al pasado…! es el temor natural que siente la mitad de los colombianos, porque perciben que en lugar de ir avante, dan marcha atrás, como los buques con viento de proa durante las tormentas.

Ni los anteriores gobiernos, ni este, les cumplen a las comunidades. Una comisión del Ministerio del Interior visitó durante el año 2010 a Puerto Leguízamo; se comprometió con la gente en hacer reformas y llevar desarrollo sobre Piñuña Negro, zona cocalera. Hoy no ha pasado nada; nadie se acuerda del acuerdo, pero los hijos más aventajados de la gente de esa región se fueron del rancho de sus padres y llegaron a Puerto Asís con la aspiración de comparar una mototaxi, que les deje para comparar una nevera, y así vender o fiar, hielo y helados a $500; es decir, vivir con dignidad a lo pobre.

Las comunidades escalaron sus expectativas políticas, esperanzadas que sin Farc, habría cumplimiento de las deudas históricas y más desarrollo al día siguiente de la firma de los acuerdos; las marchas y manifestaciones de estos días dejan como enseñanza: vivimos en un país rico, a la sombra de un Estado débil.

El gobierno empeñado en salir de su asfixia, respondió con planes de choque empeñando los planes de desarrollo; asumiendo enormes compromisos endosados al siguiente gobierno, sin darnos la certeza que se cumplirán.

Históricamente a nuestros gobiernos les ha encantado hablar de las oportunidades que ofrece el Pacífico colombiano; pero basta darse una vueltita por Istmina, Riosucio, Buenaventura, Barbacoas o Tumaco, para palpar la verdad verdadera. Allí el presente, es el mismo pasado.




La lógica del tamaño compromiso con la historia y con la gente, señala que mañana mismo deben comenzar los empréstitos para adecuar los hospitales, mejorar los servicios públicos, las viviendas, y planificar el aeropuerto que debe comunicar a Buenaventura con Tokio, Seúl, Manila, Taiwán y Pekín; el tren que une a Tumaco con Bogotá; ese que le permita a los empresarios, ir en una mañana a hacer negocios, almorzar langostinos en el puente del Morro y regresar a Bogotá por la noche.

Pensar y hacer lo grande es cosa del presente; hacer lo pequeño debe ser cuestión del pasado.

Mañana mismo deben quedar desempolvados los estudios técnicos que repetidas veces se han diseñado para salir del subdesarrollo; engavetado se encuentra lo que no se ha hecho; las vías que nos conectan con Ecuador, Perú y Venezuela, con ellos solo tenemos un paso que medio sirve; con Panamá no hay más que una inhóspita trocha, al Brasil solo se asoma Leticia; engavetados se encuentran los planes de integración que permitirían activar la economía de los pueblos instalados sobre los cerca de 14 000 kilómetros de ríos navegables que le ofrecen a Colombia una verdadera ventaja competitiva frente al resto del planeta.

¿Cómo creer en un gobierno en quien medio país no cree? Que trabaje sobre lo estratégico y que no se deje agobiar por lo táctico. Los gobiernos están hechos para desarrollar un país, para crear las mejores condiciones de bienestar y trabajo de sus ciudadanos. No están para subsidiar o darle un mercado a la gente.

Como están las cosas, la transformación del país rural no lo hacen las élites. Se requiere un gran esfuerzo conjunto de toda la ciudadanía. La política mal conducida ha generado más tragedias que la guerra; es por eso que hay que optar por el camino de la cultura basada en la buena educación y avanzar decididamente en la transformación del país.

A los gobiernos los observan amables y complacientes con los fuertes, pero displicentes y mentirosos frente a los más humildes; por eso, no podemos volver a engavetar los acuerdos con el pacífico colombiano.

Hay que recuperar la dignidad de la gente, e impedir darle la bienvenida al pasado.

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