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El nuevo partido de las Farc, sin monstruos

Análisis
Tomado de Las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel



A partir del mes de agosto, dejamos de ser una fuerza clandestina, nos convertimos en partido, e inicialmente aspiramos a concretar en Colombia una democracia real



Diversos medios divulgaron en exclusiva las Tesis de Discusión para el Congreso fundacional del partido en que nos convertiremos las Farc a partir del mes de agosto. Dejamos de ser una fuerza clandestina, no tendremos secretos para nadie, así que no nos enojamos porque el país conozca la materia de nuestros debates internos. Nos gusta.

Claro, tampoco nos es ajena en la presentación noticiosa cierto tufillo peyorativo, en la medida en que las notas periodísticas se limitan a resaltar algunos pasajes del largo texto, en los que se hace mención expresa al socialismo/comunismo como aspiración final de la nueva fuerza política, para la adopción de su línea estratégica a largo plazo.

Palabras como marxismo leninismo o principios leninistas de organización fueron resaltadas una y otra vez, con el propósito no oculto de espantar desde ya a un pueblo no solo adoctrinado ideológicamente en el marco del anticomunismo más cerrero, sino además intimidado todos los días por la ultraderecha mediante su socorrido comodín del castro chavismo.
Habrá que esperar el resultado final, las conclusiones del Congreso que será el único que puede definir posturas ideológicas y políticas, tras el intenso debate democrático que se inicia. No están de más las opiniones externas. Aunque tampoco sobra salir al paso de quienes de entrada pretenden poner en evidencia el supuesto arcaísmo de nuestros propósitos políticos.
Para nadie es un secreto que el sueño de la humanidad, desde la alborada misma de la civilización, ha sido la construcción de una sociedad ideal, en la que desaparezcan las desigualdades e injusticias, en la que no exista la opresión de unos por otros, en la que todos los seres humanos se sientan hermanos entre sí, y en la que el amor no dé lugar a los odios y guerras de hoy.
Platón trató de representarlo en su República, como Aristóteles de descubrirlo en su Política. Igual sueño persiguió Tomás Moro con su Utopía o Campanela con su Ciudad de Dios, en la que prometía «a los que le siguieran una república comunista fundada en la concordia y en el amor». El sueño de felicidad de la humanidad entera, en un mundo sin egoísmos, ha sido cuestión ancestral.
La historia, es decir la práctica de las distintas sociedades a lo largo del tiempo, es la mejor de las maestras. Marx y Engels, después Lenin, concibieron a su vez su utopía comunista fundada sobre la experiencia humana de la lucha de clases, de la cual dan constancia las confrontaciones militares, sociales y políticas acaecidas en el planeta tras la aparición de la propiedad privada.
Es cierto que el ensayo consciente de construir tal utopía produjo las más grandes conmociones mundiales suscitadas desde el comienzo de los tiempos. Y el resultado final es conocido por todos. Eso no resta validez al sueño de una sociedad sin clases, sin guerras, sin explotación. Indica en cambio que el camino es mucho más largo y difícil, que es imposible crearlo de golpe.
Que solo podrán alcanzarlo los pueblos, con el esfuerzo decidido de muchas generaciones. Lo cual no significa que debamos renunciar a la utopía de un mundo feliz. Es lo que pensamos. Al tiempo, para el día de hoy, tratamos de lograr que la mayoría del pueblo colombiano haga suyo un protagonismo masivo y decisorio que le ponga mano a tantas lacras que lo agobian.
Y que tienen raíces no solo en la realidad nacional sino en el orden mundial. La globalización neoliberal desató un capitalismo voraz y depredador que amenaza triplemente a la humanidad. Con la provocación de una guerra nuclear, con la depredación del medio ambiente por su avaricia de recursos, y con la invasión y destrucción de naciones para su exclusivo interés.
Contrariamente a quienes creen que la solución es ir a arrodillarse ante los poderosos para que acudan a destruir a sus adversarios políticos, nosotros creemos en la integración de los pueblos de nuestro continente para alterar el fiel de la balanza. No nos burlamos sino que apoyamos a las naciones, movimientos y gobiernos que luchan por edificar sociedades más justas y humanas.
Inicialmente aspiramos a concretar en Colombia una democracia real. Que la violencia y el despojo dejen de ser las constantes en la política y la economía nacionales. Imposibilitar para siempre cualquier guerra del Estado con sus súbditos. De esa manera estos tendrán garantías efectivas para reclamar y obtener políticas y reformas de hondo calado para su mejor vivir.
Y podrán aspirar legítima y democráticamente a conducir el país en completa paz por caminos soberanos y de justicia social. No existe en realidad el monstruo antediluviano con el que intentan aterrar a la población colombiana. El conjunto de nuestras ideas y propuestas  lo demuestra. Cualquier ciudadano de buena voluntad puede comprobarlo. Y sumarse si desea.
El miedo debe ser a seguir engañados, como hasta ahora.

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