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Charro Negro: Un crimen de Estado que prendió la guerra

Memoria
Tomado de Pacocol
Por Freddy Muñoz Altamiranda.

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El día de su muerte Charro Negro amaneció en Gaitania, un caserío de campesinos en el corazón de Colombia donde se mezclaron liberales y comunistas para protegerse del hostigamiento conservador.


Panorámica Gaitania Tolima


Es un pequeño pueblo sobre una montaña y alrededor de otras montañas más altas donde llueve mucho, y en cuyo pasado se esconde media docena de nombres diferentes entre sí, pero comunes a la primera condición de colonia penal que tuvieron aquellas tierras.

Lo habitaban ex convictos que purgaron condenas por contrabandear tabaco y licores y no regresaron nunca a ninguna parte, liberales renegados de las amnistías engañosas de gobiernos anteriores, comunistas sin tierra y sus familias.

Estos últimos decidieron colocarle un nombre definitivo luego de que el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán sellara para siempre la historia de la segunda mitad del siglo XX con un sino trágico. Lo rebautizaron “Gaitania” en honor al líder asesinado.

Charro Negro se reunió allí con Isauro Yosa y “Tirofijo” la segunda semana de enero de 1960. Eran tres generaciones de un mismo movimiento guerrillero que buscó reivindicaciones bajo la bandera del liberalismo, pero que miraron hacia el comunismo al término de contradicciones con políticos y gamonales que comenzaron a desmarcarse de la izquierda.

En esa reunión trataron dos temas que amenazaban la seguridad de los campesinos comunistas de entonces, frente a los liberales armados que buscaban sacarlos de la región: el robo de una ametralladora americana del armerillo del guerrillero liberal Jesús María Oviedo, “Mariachi”, y la sustracción de un ganado a un hato privado del Cauca por parte de uno de los hermanos Pardo, llamado “El Chiquito Pardo”, miembro de la guerrilla comunista.

Resolvieron devolver el ganado y quedarse con la ametralladora. “Mariachi” había recibido esa y otras armas de oficiales militares de la Sexta Brigada del Ejército de Ibagué, y el Batallón Tenerife de Neiva.

Esos mismos militares instruyeron a “Mariachi” para que iniciara una guerra con los “comunes”, como le decían a los campesinos comunistas, y le diera al ejército un motivo para intervenir la zona.
 
La amnistía ofrecida por Rojas Pinilla fue en 1953, y entre ese año y la muerte de Charro en 1960 ocurrieron otras amnistías a la que sí se acogieron: la de la Junta Militar que sacó a Rojas en 1957, y la del Frente Nacional poco tiempo después.

En ese interregno en el que soñaron con la paz, los campesinos comunistas hicieron fincas, sembraron maíz, yuca y café, se reprodujo el ganado, construyeron puentes, carreteras y algunos alcanzaron a verle el rostro a la idea más clara que tenían de la felicidad: el desarrollo del campo.

Pero el año en que mataron a Charro la cosa estaba cambiando. La guerra con los liberales y el enfrentamiento con el Estado se acercaban, eran inminentes.

Charro y Tirofijo estaban unidos por vínculos más fuertes que la amistad y el parentesco: Rosa Marín, hermana de Pedro Antonio Marín, “Tirofijo”, se convirtió en su mujer luego de una ceremonia oficiada por guerrilleros en el caserío de Río Chiquito.

Charro enseñó a leer a Tirofijo y lo acercó al comunismo. Era un joven quindiano recio y serio al que la guerra había madurado prematuramente. Charro le vio tanta disciplina y empeño a todo lo que asumía, que lo nombró Jefe Militar de la Guerrilla, y cuando vinieron los tiempos inevitables de las contradicciones con los liberales, Charro Negro tuvo que combatir contra ellos sin su cuñado, que peleaba contra la policía “chulavita” por el Oeste.

Buena parte de la actividad guerrillera de ambos era apoyada con recursos y armas por Gerardo Loaiza, un terrateniente liberal tío de Tirofijo.

Loaiza apresó a Charro Negro cuando la dirigencia política liberal dio la orden de romper la alianza con los comunistas, por considerar que defendían “una ideología peligrosa que atentaba contra la libertad”. El Plan LASO y su doctrina contrainsurgente comenzaban a llegar a Colombia.

“Tirofijo” llegó hasta la población de “La Gallera” en los últimos días de 1952. Los soldados de su tío que apresaron a Charro ya cargaban las armas para fusilarlo. Charro Negro, que los miraba sin esperanzas y sin sombrero, recostado a una pared de la plaza vió como “Tirofijo” se enfrentó al pelotón de fusilamiento, y en un episodio digno de hacer parte de alguna novela legendaria, detuvo su ejecución y le salvó la vida.

Todo eso los unía. Ingresaron juntos al Partido Comunista en 1953, y fue en esa militancia cuando Tirofijo asumió el nombre del líder sindical comunista Manuel Marulanda Vélez, un luchador popular a quien la policía del godo Laureano Gómez mató a garrotazos en la carrera séptima, en pleno centro de Bogotá.

El día del asesinato de Jacobo Prías Alape, como se llamaba Charro Negro, Marulanda no estaba con él en Gaitania. Se habían reunido, sí, un día antes para tratar el asunto de la ametralladora de Mariachi y el ganado sustraído por el Chiquito Pardo, pero la joven mujer de Marulanda, encinta de seis meses, había sufrió una caída y la criatura en su vientre corría peligro por una hemorragia que no se detenía.

Marulanda se despidió del viejo Isauro Yosa y de Charro Negro para atender la emergencia. Fue la última vez que lo vio con vida: tenía la sonrisa de siempre, dispuesta y forrada de oro, enmarcada en su sombrero alón, y rodeada de su aura de hombre fácil para la palabra, el baile, el amor y la guerra.

Al amanecer del lunes 11 de enero de 1960 la gente de Mariachi entró a Gaitania. Era una veintena de hombres que portaban armas nuevas y uniformes verdes de la policía de entonces. Iban comandados por tres pistoleros reconocidos: Belalcázar, Contrafuego y Puñalada.  

Charro sintió el campaneo de los aperos de las bestias en la ventana de su cuarto, escuchó a los hombres bajar de los caballos y detenerse en su puerta. En un acto temerario que lo caracterizaba, se vistió y salió a la calle, ignorándolos.

Uno de ellos, Belalcázar, le gritó. Lo increpaba por el suceso del ganado sustraído por el Chiquito Pardo. Cruzaron insultos y Charro Negro les dio la espalda, pasaba la plaza de Gaitania hacia la farmacia de su amigo Joaquín Sánchez, que salió a la acera al verlo acercarse.

Tres disparos alteraron la monótona mañana de ese lunes 11 de enero en Gaitania, y le dieron la vuelta a una guerra que sacó de curso las aguas de la violencia en Colombia, cumpliendo la profecía gaitanista.

Tres balazos le florecieron en la espalda a Charro negro, y su sombrero, fiel a su imagen, no abandonó nunca su cabeza, aun cuando cayó aparatosamente sobre el suelo empedrado de la plaza de Gaitania.

Una semana antes de su muerte Charro había regresado de Bogotá, donde estrenó su investidura de miembro del Comité Central del Partido Comunista de Colombia. Participó como delegado del Movimiento Agrario de Marquetalia en el Congreso de ese año, y los camaradas del Partido le dieron la que él consideró la mejor noticia de su vida: se iría a la Unión Soviética con otros campesinos comunistas, a estudiar.

Sus asesinos, Belalcázar, Puñalada y Contrafuego entraron a su habitación después de dispararle. Su cadáver aún se desangraba en el empedrado de la plaza de Gaitania cuando ellos desbaratan la humilde habitación en busca de algo que los oficiales de la sexta Brigada y el Batallón Tenerife les dijeron que buscaran hasta hallarlo.

No era la ametralladora americana que le quitaron a Mariachi. Era una máquina rusa de proyectar películas de cine de dieciséis milímetros que Charro había llevado de Bogotá, y que mantenía bajo su cama, envuelta en la sábana blanca que le servía de pantalla.

Los asesinos la encontraron. La cargaban como un trofeo por la plaza de Gaitania. En el piso del cuarto quedaron varias latas de las únicas dos películas que Charro había logrado proyectar: El “Acorazado Potemkin”, de Sergei Eisentein, y una versión cinematográfica de “México Insurgente”.

De inmediato, Isauro Yosa y algunos campesinos comunistas salieron de Gaitania hacia el camino a Peñarrica para alcanzar a Marulanda.

Lo consiguieron luego de dos horas de viaje. Al recibir la noticia mortal, Marulanda no vaciló en darle vuelta al caballo y asumir la defensa de los campesinos comunistas y liberales sobrevivientes de la Violencia conservadora.

Una defensa que le ocupó la vida, y alcanzó proporciones inimaginables para aquellos seres humanos perdidos en las costuras de las montañas colombianas.

(Con información de Pedro Claver Téllez)

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