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¡Qué linda es la gente que lucha!

Análisis
Tomado de Las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel



“Me siento orgulloso de haber conocido a Simón Trinidad y Marianita Pérez, de haber conversado incontables horas con ellos, de ser el escribano que sus inigualables condiciones personales”

Yo no sé si las coincidencias corresponden a algún designio supraterrenal, pero hay en el fondo de ellas una incógnita misteriosa que no deja de sorprender. Terminé de escribir para la página oficial de las Farc-EP una crónica sobre Simón Trinidad, producto de haberme enterado que la zona veredal de Tierra Grata, en la serranía del Perijá, había sido bautizada así en homenaje a él, lo cual trajo a mi mente un torrente de recuerdos.
Alguien me había señalado desde tempranas horas del día que se cumplía el octavo aniversario del asesinato de Marianita, mi Nana, quizás con la intención de que yo me refiriera a ella en mi columna habitual de La pluma de Gabriel Ángel. Una vez enviada la crónica sobre Simón ingresé al twitter y entonces recibí una inesperada noticia. La página de Farianas, mujeres de Farc,  reproducía la crónica mía sobre Mariana Páez, escrita cinco años atrás con el corazón en ascuas.
Y pude percatarme enseguida de la inmensa cantidad de retuits que tenía. Mariana gozaba de una incalculable cantidad de seguidores y seguidoras, como si se pudiera decir así, se encontraba elevada a la categoría de una santa en las Farc, un ícono, una figura de extraordinarias condiciones a quien todas las guerrilleras amaban y admiraban. Un par de horas después, mi crónica sobre Simón rivalizaba con ella en cantidad de lecturas.
Me pregunté por qué sucedía eso, pero sobre todo por qué razón me había correspondido a mí dejar constancia escrita de la condición humana excepcional de esos dos camaradas con quienes me unió un largo período de años de experiencias comunes. Aún recuerdo a Mariana saludando a Simón con su habitual irreverencia en el Caguán, riendo a carcajadas con él, ignorantes cada uno de la suerte fatal que les depararía la vida en unos años.
Las dos crónicas tenían una sin igual difusión el mismo día. Y me había correspondido a mí el honor de escribirlas, de haber compartido inolvidables años en su compañía, sin que ninguno de los tres supiéramos que el registro de algunos de los momentos más hermosos de nuestras vivencias sería dado a conocer por mis manos apuntalando un teclado. La vida, inescrutable en sus recorridos, me había regalado la oportunidad que a ellos caprichosa había escamoteado.
Simón Trinidad y Mariana Páez están destinados por la Providencia, como dijera algún día El Libertador, a encarnar el amor y el sacrificio de los revolucionarios colombianos, que son latinoamericanos, que pertenecen a todos los rebeldes del mundo, destinados a ejemplificar la parte más noble y hermosa de los pueblos oprimidos, que luchan por su liberación sin imaginar el lugar que finalmente ocuparán con el tiempo en esta larga lucha de clases.
Me siento orgulloso de haberlos conocido a ambos, de haber conversado incontables horas con ellos, de ser el escribano que sus inigualables condiciones personales. Ojalá pudiera hacerlo mejor, con mayor acierto, con precisión matemática. Para que el mundo en realidad pudiera tener acceso a la inagotable inmensidad de sus almas, a la invalorable dimensión de su desprendimiento. Es tan corta una columna de prensa en comparación con la riqueza de sus corazones.
A quién vamos a creerle. A los artífices de la explotación, de la miseria, de las injusticias y la degradación humana, de la guerra, de la prepotencia y las humillaciones, de la discriminación y el desprecio a la diferencia. A los autores intelectuales y materiales de la caótica situación en que se debate el mundo de hoy, empeñados en señalar a los demás, a sus víctimas inconformes, de todo cuanto sucede a su alrededor. O vamos a creerles a los otros, a los que reclaman y se alzan.
A los que no cuentan con más recursos que la palabra, que la persecución acumulada, que la marca de los golpes recibidos por cuenta de los poderosos. A los que se atrevieron a pensar y fueron abaleados, a los que osaron hablar y terminaron encarcelados o ensangrentados. A los que alzaron la mano para golpear desde abajo a sus verdugos. A los que pese a las ostentaciones de fuerza de los potentados resolvieron un día a escupirles el rostro.
Hay que ver la jactancia con la que los eruditos notarios de la voluntad del poder del capital desatan sus versiones sobre la lucha de los indomables. Con qué arrogancia se refieren a ellos. Con qué veneno los dibujan. Son el orden establecido, representan la autoridad de la ley, como en su tiempo se sentían los virreyes de España, los mercaderes de esclavos, los encomenderos de La Corona, los predestinados a propagar por el mundo la inmutabilidad de la fe.
Yo me quedo con Simón Trinidad y con Mariana. ¡Qué linda es la gente que lucha! Y doy gracias a la vida por poder contar la grandeza excepcional de ella.

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