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El proceso de paz y sus enemigos. Los dueños de la tierra, los señores de la guerra

Análisis
Por María Méndez
Fundación Colombia Soberana

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Se ha firmado el Acuerdo de la Esperanza. Fue el 24 de noviembre del año pasado (2016). Algunos nos dirán que la continuación de esta serie de artículos es “del pasado, pues el proceso de paz ya terminó”. En nuestra opinión solo ha cambiado de fase. 

La paz en Colombia no es sólo la dejación de las armas por parte de las guerrillas, en este caso las FARC-EP. Este discurso fomentado por el gobierno de Juan Manuel Santos y los medios de (des)información, entre otros sectores, sirve para validar la vieja y cacareada teoría según la cual la guerra en Colombia comienza con la formación de las guerrillas y terminaría con el fin de ellas, haciendo olvidar a los colombianos, de manera intencional, que las guerrillas son la respuesta del pueblo humilde de Colombia ante el ataque de la oligarquía y el constante terrorismo estatal. 

Teniendo en cuenta esto, el alcance de la paz en nuestro país no solo pasa por la firma de un acuerdo entre el gobierno y las guerrillas, sino que se necesitan cambios estructurales en un país desigual, empobrecido y con un Estado mentiroso, corrupto y terrorista que ha recurrido sistemáticamente al genocidio,  al homicidio selectivo y la represión.

Es así que pensamos que el proceso de paz, después de la firma del Acuerdo de la Esperanza, solo cambia de fase, que como podemos ver, es un poco más compleja que la anterior, no sólo por lo que podemos perder si fracasa, sino porque ahora dependemos de que el Estado comience a cumplir, pero aún más difícil, de poder desarticular y enfrentar las causas históricas del conflicto colombiano, que cabe recordar, no es simplemente armado, sino social, político, cultural e incluso ecológico.

En este aspecto, se intensifica más la lucha por la tierra y el territorio. Una lucha contra los “dueños de la tierra”, los señores de la guerra, quienes ya nos demostraron, con el pírrico triunfo del NO en el plebiscito y la reorganización de sus grupos paramilitares, que están dispuestos a usar todas las artimañas de las que disponen para evitar a toda costa que el proceso de paz, ya en sus primeras fases prácticas,  llegue a un buen puerto.

Con el triunfo marginal e inútil del NO se notó el desespero de estos sectores retrógrados  y criminales de modificar en esencial dos puntos del acuerdo: tierra y justicia, pues los avances en estos aspectos representan un grave peligro para sus intereses económicos y políticos y la pérdida de la impunidad para sus crímenes.

Los “dueños” de la tierra no sólo están representados por la clase oligarca de este país que se hizo a grandes cantidades de propiedades y al poder político luego de la guerra de la primera independencia, para los cuales el poder ya no se mide por “hectáreas”, también estamos refiriéndonos a una subclase gansteril, quienes están dispuestos a matar por un metro cuadrado.     

Estos “dueños de la tierra”, verdaderos señores de la guerra, comenzaron a crear su poder político y económico aproximadamente a mediados del siglo XX a la sombra de un Estado terrorista que los usaría en varios periodos de este tiempo para la guerra sucia anticomunista y la conformación de ejércitos privados o paramilitares. 

Estos gamonales, que se han convertido en los poseedores de grandes cantidades de tierra a costa del sufrimiento, la miseria y la sangre de millones de campesinos, comienzan también a incursionar en la política, siempre en favor de la clase dominante. 

Su economía alimentada de la explotación, expropiación, desplazamiento forzado, narcotráfico y sangre, fue creciendo al pie de ese poder político y bajo la tutela y connivencia con la rancia y vieja oligarquía. Así se convierten en poseedores de un gran “capital electoral”, conseguido con las leyes del “todo vale” y “bala y motosierra”, hasta que se conforma esa “lumpenburguesía” que llega a la presidencia en el año 2002.

El tema agrario es tan delicado para ellos, pues su vida social y política gira en torno a la posesión de la tierra, en su mayoría destinada a la ganadería, subutilizada o improductiva. 
Otro miedo que les hiela la sangre, es el tema de la justicia. Temen porque podrá llegar el día en que deban responder por la formación y financiación de grupos paramilitares, o como les quieran llamar. Pagaran por los miles de muertos, desaparecidos y el terror en el que nos han mantenido.

Por eso llevarán a cabo todas las acciones que crean convenientes para frenar el proceso de paz. Lo ocurrido durante la campaña por el NO, nos da una muestra de lo que los señores de la guerra están dispuestos a hacer para que la sangre de los colombianos humildes siga llenando sus arcas, y eso solo es el principio.

Para frenar la arremetida y poder desarticular las estructuras mafiosas y corruptas que tienen poseído el poder en todos los niveles, departamental, regional y nacional, debemos defender con mayor ahínco el Acuerdo de la Esperanza y apropiarnos de él exigiendo el cumplimiento inmediato de las obligaciones que el Estado ha adquirido y tomar las herramientas que nos da para ser protagonistas del cambio de nuestro país.

Esa es la tarea. No será el Estado quien cumplirá voluntariamente El Acuerdo. Debemos recordar que con el triunfo del NO, el Estado aprovechó para realizar cambios al Acuerdo final que benefician a las multinacionales, otro sector asesino que se alimenta de la sangre y la pobreza de nuestro país al que expolian sin piedad.

 Somos nosotros, cada hombre y mujer de Colombia  que soñemos con un país mejor, los llamados a enfrentarnos a los amos de la guerra, ya sean la lumpenburguesía, la oligarquía, las multinacionales o el mismo imperio.

Este año nos espera nuevos retos que nos llaman a estudiar y divulgar El Acuerdo de la Esperanza, a organizarnos, a unirnos y a obligar al Estado a cumplir. Solo cuando nos demos cuenta que la paz no cae del cielo, que Colombia necesita que nos interese, la lloremos y la reconstruyamos  todos, habrá paz con justicia social y nacerá la Nueva Colombia desde las cenizas.

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