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Simón Dignidad, ejemplo de coraje y rectitud moral

Análisis
Tomado de FARC-EP
Por Gabriel Ángel

Simón Dignidad,  ejemplo de coraje y rectitud moral

Leí que los guerrilleros concentrados en Tierra Grata, en San José de Oriente, en Asamblea General, habían acordado que su zona veredal llevara el nombre de Simón Trinidad, como reconocimiento y homenaje a su camarada prisionero en una cárcel norteamericana. La noticia me agradó mucho, al tiempo que trajo a mi mente viejos recuerdos.

Una mañana, al regresar a la oficina que compartía con otro abogado en el tercer piso del edificio del Banco de Bogotá, en Valledupar, nuestra secretaria me enteró de que habían ido a buscarme para darme aviso que papá, mamá y mis dos hermanos mayores, que vivían en Bogotá, se habían presentado intempestivamente en la casa donde vivía en La Paz. Era el fin de año de 1986. Habían querido sorprenderme con una visita casi por asalto. En verdad lo consiguieron. Lamenté para mis adentros haber gastado ya en compras de fin de año los recursos con que contaba. Apenas tenía lo básico para el 31 y los primeros días de enero.

Sabía que papá era hombre previsivo y que seguramente llevaba un presupuesto suficiente. También mi hermana y hermano. Pero me oprimió la pesada incomodidad de no poder atenderlos como hubiera querido si me hubieran avisado con tiempo. El encuentro fue en extremo grato, aunque me ardía que fueran ellos los que pagaran la mayoría de las cosas. Fue así como me propuse llevarlos un día al Valle, como se conoce la capital del Cesar en la costa, a fin de recorrer con ellos los distintos atractivos turísticos. Para ello necesitaba un automóvil amplio.

Pedí el favor a uno de mis amigos más cercanos, que vivía con comodidad y contaba con varios autos. Acordé con mis familiares que tomaran el transporte público de La Paz al Valle, donde yo los recibiría tras desocuparme de algunos compromisos de trabajo. La cita se cumplió a eso de las tres de la tarde y en seguida nos dirigimos a casa de mi amigo. No se hallaba allí, pese a que me había prometido que estaría sin falta, y lo peor era que nadie daba razón de él. Esperamos en la sala durante un largo rato, tras el cual, sintiendo una vergüenza enorme, pedí a los míos que saliéramos a buscar un refresco en una heladería cercana. 

Tomamos por la calle 16 en dirección a la plaza Alfonso López, en busca de un estadero amplio y fresco que me gustaba frecuentar. Juro que no sabía dónde esconder la cara. Al cruzar frente al Banco del Comercio, recordé que su gerente, Ricardo Palmera, también era un buen amigo y que tenía un automóvil nuevo en el que quizás podríamos hacer el recorrido planeado. Dejé a mi familia tomándose una cerveza helada y corrí al banco aferrado a mi última esperanza.

Su secretaria me anunció y él le indicó que me hiciera pasar enseguida. Retengo su estampa en aquel despacho. Parecía un galán. Piel trigueña, treintaiséis años quizás, porte atlético, vestido con sencilla elegancia, sonriente, de bigote cuidadosamente arreglado y lentes dorados. Su luminosa sonrisa imprimía un aire de bondad a su rostro, a la vez maduro y seguro. Con sólo mirarlo supe que me sacaría del aprieto. Le expuse brevemente mi situación, tras lo cual lanzó una interjección muy costeña. Sus palabras de condena para el amigo mutuo fueron duras, y de inmediato se comprometió a reemplazarlo. Apenas se deshiciera de algunas tareas, iría a buscarnos a la heladería donde nos encontrábamos. El alma me regresó al cuerpo.

Efectivamente, tras una media hora de espera, Ricardo se apareció por el lugar, convertido en el más gentil de los anfitriones. Vallenato orgulloso de su ciudad, nos condujo a todos sus rincones exhibiendo unas excelentes dotes de guía turístico, colmando de atenciones a mis familiares y ganándose para siempre un lugar en sus corazones. Así era Ricardo Palmera.

Lo había conocido en una cena a la que me invitó precisamente el mismo amigo que me quedó mal aquél día. Y en cuyo favor debo decir, indulgente, que al día siguiente se presentó temprano a La Paz, tras haber salido yo para el trabajo, y se trajo los visitantes al Valle. Vino a la oficina a convidarme a acompañarlos en otro largo recorrido por la ciudad. La cena con él y Ricardo tuvo lugar en el club Valledupar. Hablamos casi todo el tiempo de política y debo decir de Ricardo que me impresionó el muy alto nivel de sus conocimientos e ideas. Era profesor universitario, de amplísima cultura, de izquierda, convencido de la necesidad de la revolución y el socialismo.

Intercambiamos muchas veces. Como gerente, desempeñaba su trabajo con pulcritud y eficiencia, y contaba con gran prestigio personal. No había larga duración de Diomedes Díaz en que éste no lo saludara con afecto en una de sus canciones, y hay que ver el significado que tenía eso en Valledupar. El famoso cantante era cliente del banco y su cercano amigo. La posición social y laboral de Ricardo le impedía figurar como dirigente político de la Unión Patriótica, movimiento que admiró desde su nacimiento, al cual servía  con mal disimulo como asesor, consejero y apoyo.

Si bien el padre de Ricardo, abogado prestigioso en la ciudad, fue un hombre de éxito, que consiguió una relativa fortuna gracias a su trabajo, mal puede contárselo entre los hombres más pudientes del departamento. Gozaba de gran reconocimiento y tenía cómo vivir y sostener bien a su familia, pero estaba muy lejos de ser un verdadero potentado. Del mismo modo, cuando se habla de Ricardo Palmera se lo califica como banquero, lo cual a todas luces no es cierto. Era un empleado bancario, el gerente de una sucursal en una ciudad mediana, y dictaba clases en la Universidad Popular del Cesar, no era el propietario de ningún banco. Cumplía muy bien con su trabajo, para no quedarse sin él. Vivía con comodidad, sin visos de multimillonario.

Tenía mucho de humanista. Conocía la historia universal y de Colombia, sabía de arte, era un lector empedernido de novelas y ensayos. Recuerdo que un día lo visité en el banco, llevando en mis manos a Gabriela, clavo y canela, la obra de Jorge Amado que leía en esos días. Él me recomendó buscar las primeras obras del escritor brasileño, las verdaderamente comprometidas, las mejores. Y me prestó Luz al final del túnel, el segundo tomo de los Subterráneos de la libertad, la trilogía sobre las luchas de los comunistas brasileños contra la dictadura de Getulio Vargas. Ricardo era un hombre de su época y lugar, amaba la música vallenata, adoraba a García Márquez, le gustaban las mujeres bonitas, de hecho estaba casado con una de las mujeres más bellas del Valle, Margarita Russo. Si mal no estoy, tenían dos o tres hijos. Una familia feliz, a la que poco me acerqué.

Cuando la vida se nos complicó a los militantes de la UP y en general a la izquierda en el Cesar, por obra de la mano criminal, las amenazas y las hostilidades frecuentes, algunos comenzamos a considerar la posibilidad de ingresar a las FARC. Tras haber hablado con varios contactos que habíamos conocido en el trabajo político, me fue notificado que iban a mandar a alguien a hablar con seriedad el asunto de mi posible ingreso a la guerrilla.

La cita resultó frustrante para mí. El enviado, un abogado barranquillero que trabajaba directamente con Adán Izquierdo, el comandante del Frente 19 en la Sierra Nevada de Santa Marta, hizo todo cuanto estuvo a su alcance por desanimarme. Mi pintó un cuadro terrorífico acerca de la dureza de la vida en la montaña, me dijo que yo no aguantaría, que era mejor olvidarme de todo y marcharme a Bogotá a iniciar una nueva vida. No podía creer que las FARC hicieran todo lo posible por desinflarme en el propósito de ingresar a filas. Si era la única alternativa decente que yo veía. Lo otro era huir del país, exiliado, o renegar de la lucha y abandonar las ideas que constituían mi razón fundamental para vivir. Salí de allí supremamente confundido y desalentado.

Me sentía en un callejón sin salida. Entonces decidí ir a contarle a Ricardo lo sucedido.  Escuchó casi atónito mi relato. Y entonces se vino lanza en ristre contra lo asegurado por el contacto. No podía ser cierto. Era verdad que proveníamos de la ciudad y carecíamos de la fortaleza física de un campesino, que podíamos ser torpes y que nos costaría aprender, una desventaja de todos los urbanos. Pero contábamos a nuestro favor con un recurso invaluable, la mente, las ideas, las convicciones. Recuerdo que se ponía el dedo índice en la frente y me lo repetía. Nosotros tenemos esto, esto, y esa es el arma más poderosa que puede existir. Con ella podemos enfrentar y vencer lo que sea. Su discurso fue para mí como un sol alumbrando tras una oscura y horrible tempestad.

Tras unos días, una tarde de puente festivo, él en persona me condujo en su auto hasta el lugar donde me esperaban los guerrilleros. Nos abrazamos con fuerza, con los ojos aguados, pero llenos a la vez de decisión. Unos meses después, recibí la notificación de que sería trasladado de la compañía a la que había ingresado. Me enviaban a la compañía donde estaba Adán. Cuando llegué allá encontré a Ricardo en filas, había ingresado unos dos meses después que yo. Ahora llevaba el nombre de Federico. Y todos admiraban sus condiciones. Casi un año después nos separamos del todo, cuando él partió para la serranía de Perijá con el recién creado Frente 41 o Cacique Upar. A raíz de las delaciones de un combatiente capturado por el enemigo, habíamos recibido la orden de cambiarnos el seudónimo. Ahora yo era Gabriel. Ricardo sería en adelante Simón Trinidad.

Transcurrió una docena de años para volvernos a encontrar. Ocurrió en el Caguán, él fue designado como uno de los voceros de las FARC en la Mesa de Conversaciones. Yo como integrante de la Comisión Temática. Rotas las conversaciones de paz y agudizada la guerra, fuimos a parar al Bloque Oriental, bajo las órdenes directas del camarada Jorge Briceño, El Mono. Nos convertimos en instructores ideológicos y políticos. Él y yo éramos enviados a dictar cursos a distintas unidades. Nos veíamos con alguna frecuencia. Buena parte del año 2003 la pasamos juntos, en Casona, uno de los campamentos mejor organizados que tenía el Bloque en las selvas del  Yarí. Estaba construido a la orilla del Caño Lobos, a centenares de kilómetros de donde ocurrió aquello del avión derribado con los tres norteamericanos espías. Allá oímos por radio y comentamos esa noticia.

Lo de la participación decisoria de Simón Trinidad en ese hecho, por el que se le condenó a 60 años de prisión en los Estados Unidos, es por tanto completamente falso. Combatientes como Simón, yo y otros muchos siempre fuimos catalogados como cuadros, personajes de mucha cultura ideológica, política y reglamentaria que podíamos ayudar en labores educativas y en la asesoría de distintas direcciones en todos los niveles. Se nos confirió siempre la mayor consideración y respeto por parte de la dirección y el colectivo, aunque no se nos asignara un mando o grado específico. Sólo quienes conocen las FARC pueden asimilar completamente esto. Así que lo del Simón miembro de Estado Mayor Central o incluso del Secretariado también fue otra invención enemiga para condenarlo. Gran parte de lo afirmado sobre él es leyenda interesada y nada más.

Como el desfalco al Banco del Comercio de Valledupar para entregar millones a las FARC, hecho del que no existe ni siquiera denuncia penal por parte del Banco porque sencillamente jamás ocurrió.  O aquello de que obedeció a sus órdenes la práctica supuesta de infinitud de secuestros en el departamento del Cesar. Quien haya conocido en realidad el rango de Simón en el Bloque Caribe, puede muy fácilmente concluir que todas esas sindicaciones son inventos. Simón Trinidad creció en influencia y renombre en las FARC por cuenta de sus conocimientos y cualidades, con independencia absoluta del grado militar que haya poseído nunca. 

Lo cierto es que está prisionero en USA  y que el Presidente Obama se negó a conferirle el indulto que bien se merecía y que habría constituido el mejor gesto de respaldo al proceso de paz en curso. Y que todo el mundo en las FARC conoce y valora su firme actitud ante la avalancha de hostilidad aplicada contra él para doblegarlo y rendirlo. Ahora lo llamamos con orgullo Simón Dignidad,  y no sólo en nuestras filas sino en el conjunto del movimiento revolucionario y democrático mundial, se lo reconoce como un ejemplo de coraje y rectitud moral e intelectual.

Mi recuerdo favorito de él es el de su dedo índice golpeando varias veces su frente mientras me repetía, nosotros tenemos esto, ideas, convicciones, con ellas nadie podrá derrotarnos jamás.  Quién podía saber adónde terminaría por conducirnos la vida. Y que no venga nadie a decirnos que Simón es un vencido. Por el contrario, allí, sonriendo desde su prisión en Norteamérica, Simón Dignidad da fe de que ningún poder podrá triunfar jamás sobre pueblos con conciencia. Una lección que se recordará cuando ya nadie mencione a Uribe, a Obama o al imperialismo derrumbado por obra de su propia avaricia y violencia. Bien por Tierra Grata, la zona veredal Simón Trinidad.

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