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DECLARACIÓN DE AMOR A COLOMBIA

Análisis
Por Miguel Antonio Guevara 

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Desde el título se teje el lugar desde el cual me enuncio para trazar estas líneas, es decir: el paisaje de los afectos.

“Declaración de amor a Colombia” es el nombre que Marta Traba, escritora y crítica de arte argentino-colombiana, le dio a uno de sus textos sobre arte contemporáneo; tampoco es casualidad que me acompañe una obra del artista, también colombiano, Omar Rayo.

Las señas de identidad que dimensionan la existencia material de un pueblo son tan complejas como difíciles de tejer en un sólo modelo o burdo estereotipo, puesto que los sistemas expresivos de comunidades e individuos son tan numerosos como sus habitantes. Con esto quiero decir que los colombianos, como los venezolanos y el resto de los latinoamericanos, son más que música moderna mezclada con matices de la raíz y mujeres bonitas.

Con esto también quiero decir que Colombia es más que violencia, paramilitarismo, narconovelas y guerra.

Cualquier ejercicio de diagnóstico, lectura o análisis sobre los resultados del plebiscito en el vecino país, no dejaría de ser un lugar común más de opinólogos y referentes de la Globalistán reflexiva. Por lo anterior, resulta una marea de información que se produce desde todos los espacios, tanto de usuarios de redes sociales –convertidos en los nuevos referentes además de fuentes informativas en el devenir 2.0–, como en las cadenas de noticias del mundo.

Muchos han acudido a señalar a un pueblo que supuestamente ha escogido mal su destino.

Los resultados que recién presenciamos son otro ejemplo del fracaso del modelo de la democracia occidental. Una vía expedita para reconocer hasta dónde llega una maquinaria electoral en manos de un sistema construido por la cultura narcoparamilitar y la violencia. Concretamente: el negocio mundial de la guerra.

La derrota del “Sí” evidencia, revela el resultado concreto de una guerra cultural que emplea el miedo como el arma más poderosa de manipulación. ¿Qué esperábamos? El mundo entero está siendo sometido a la mayor guerra psicológica de la historia de Occidente y Colombia no es la excepción.

Paradójicamente, cuando el futuro está en juego y más del 60% del electorado se abstiene, este sector se convierte en la población que escoge sin escoger, pues ésta es víctima de lo que el teórico Vicente Romano llama “la formación de la mentalidad sumisa”.

Existe una franja de la población que consume toda la apología a la subordinación, sembrada por la propaganda de guerra que, por un lado, intimida y por otro, la propaganda de manipulación y consumo de banalidad, que modela a los indiferentes.

“La indiferencia legitima las arbitrariedades sociales”, diría Pierre Bourdieu.

No es necesario señalar más desafueros en la sociedad colombiana, tan golpeada y sobre todo tan desconocida por el resto de los países del continente. Nuestros pueblos han realizado grandes esfuerzos al no permitir que un conflicto bélico de más de 50 años se extienda más allá de sus fronteras. Y esta hazaña no se ha convertido en información viral; las proezas de los condenados de la tierra nunca han sido buena publicidad.

Culpar a las colombianas y colombianos por los resultados –el cual ha sido el discurso que pretende imponerse en la “opinión pública”– es el más craso error de interpretación, o mejor dicho, la óptica más conveniente de las élites, es decir: se sigue el relato del poder y de los poderosos, como si el problema fuese de las colombianas y los colombianos. Esto es la lógica colonial de: un pueblo ignorante es su propio victimario.

Afirmar y hacer coro de esta voz es negar la voluntad de supervivencia (que es común en los pueblos) y los principios de solidaridad del género humano como ser gregario por biología y

Por otro lado, qué conveniente es culpar a los pueblos por sus desgracias. Siempre hay quien se beneficia de justificar la necesidad de corregir, de mandar, de imponer. Quien no sabe cuidarse así mismo merece tener tutores, policías, guardianes o una potencia extranjera en territorio soberano.

Sería productivo un ejercicio de imaginación. ¿Quién estaría dispuesto a asumir semejante tarea? o mejor dicho, ¿quién está realizando esa labor? Esto podría coquetear con especulaciones y conspiranoias, como pensar que podría haber un pacto velado de Santos y el establishment para desmovilizar a las FARC-EP.

Uno puede responder a esto como lo hace un amigo: a veces es más descabellado creer que no creer, a fin de cuentas, la guerra nunca ha sido un negocio de escépticos.

Lo cierto es que sigue el imperativo de estos resultados. ¿De quién es la culpa? ¿De quién el problema? Frente a este tipo de interrogantes, desenmarañemos el trago grueso que nos mete a juro la mediática. Bajarle dos y recordar que nunca ha dejado de ser una disputa entre explotadores y explotados.

Es fácil la pregunta, como de selección simple: el sistema es el problema, no el pueblo y, por lo tanto, no debemos culparlo. La responsabilidad es de los poderosos, que manejan los hilos de las corporaciones, la narcopolítica y la guerra. Además, hay caras visibles; desde los operadores internos, con el rostro de Uribe (con definición HD para los contratistas militares, los intermediarios del alto nivel de la fuerza armada –que no paran de adquirir sus juguetitos de guerra–, y el gobierno estadounidense –con todo y sus bases militares y demás despliegue exógeno.

El siglo XXI nos demuestra que la actitud frente a los acontecimientos no puede quedarse en lectura, ejercicio estético-discursivo y diagnóstico, sino requiere de un salto contundente frente a ellos y propuestas, muchas propuestas. Se debe recordar que este territorio es y ha sido un lugar de grandes propuestas y hoy la paz lo exige, se debe bregar por “la reconstrucción sociopolítica de Colombia”, como diría el colombiano Orlando Fals Borda. Es decir, debemos pensar más allá de Colombia, tenemos que reflexionar también en una cuenta que incluye a Venezuela, Ecuador, Panamá y todo el territorio que alguna vez fue la Gran Colombia, la cual que se abre y continúa hacia el sur, así como todo territorio que desee impulsar la integración latinoamericana; se considera a todos los países, desde el río Bravo hasta la Patagonia, como cantó el mexicano y guerrillero de la guitarra, José de Molina.

Ver los resultados hoy, días después de la resaca espiritual de la derrota, nos sacude con la necesidad irrenunciable que tenemos los pueblos de seguir organizándonos para insurgir contra los poderosos y asesinos de sueños, insurgir contra los siempre enemigos de la paz.

La brújula histórica sigue marcando horizontes: organización, movilización y conciencia para enfrentar las amenazas que se ciernen sobre el continente; accionar desde todos los espacios y manifestaciones.

Para ilustrar esta idea, tomo nuevamente la palabra de Fals Borda:

“…crear, hasta con la música, la literatura y otras artes, los movimientos sociales y políticos desde abajo y desde las periferias, las redes de trabajo y las comunicaciones necesarias, con el fin de seguir desplazando a los obsoletos partidos tradicionales y a los gobernantes centralistas, verticales o mesiánicos donde todavía quedan o aspiren a quedarse. Y sigamos afirmando el avance socialista por la vida, la justicia y el progreso humanista que viene desde el sur con movimientos y gobiernos de nueva estampa…”

Esta es mi declaración de amor a Colombia, que en cada acontecimiento se convierte en una banda sonora que nos recuerda e insiste en mostrar la salida de los pueblos de este continente: la creación, la búsqueda de lo genuino, la unión, como la obra de Omar Rayo que acompaña este texto, es decir, el agarre, la integración de las partes, un tramado único que entrelaza los cabos sueltos para una obra de arte única.

Esta es mi declaración de amor a Colombia, que no está solamente llena de Santander(eres), sino habitada por la vida en cada punto de su geografía. A ella le declaro mi amor, a la afortunada, única e irrenunciable hija de Simón Bolívar.

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