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La firma de la paz en La Habana, las FARC-EP y las críticas de la “ultraizquierda”

Análisis
Por Dax Toscano 




(Reflexiones en torno al artículo del guerrillero Gabriel Ángel: “Las vías para la revolución y el socialismo aún siguen siendo exploradas”)

La concreción de un acuerdo definitivo que permitiría la firma de la paz en Colombia ha generado diversas reacciones.

Estas se han puesto en evidencia con mayor claridad a partir del último evento celebrado el pasado 23 de junio de 2016 en la Habana, Cuba, cuando con la presencia del Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, del Comandante de las FARC-EP, Timoleón Jiménez y otras personalidades, como el Presidente de Cuba, Comandante Raúl Castro, se estableció el cese bilateral definitivo de acciones militares como un paso más para poner fin a la conflagración armada, acto en el cual, además, se puso en conocimiento que la insurgencia dejaría las armas, las mismas que más adelante servirían para la elaboración de tres monumentos. 

Desde la derecha fascistoide, ha sido Uribe y sus adláteres los que, desde un inicio, han expresado su repudio al proceso de paz y han indicado que hay que ir con todo, es decir arreciar con más guerra, asesinatos, falsos positivos contra el pueblo y la guerrilla de las FARC-EP, a la que, sin descanso, califican como organización terrorista y criminal. 

Por su parte, sectores de izquierda, aunque sin tanto ruido, quizás por prudencia o por respeto, también han expresado sus críticas contra lo acordado en los últimos meses en la Habana por parte de la insurgencia y el gobierno colombiano, enfocando sus cuestionamientos fundamentalmente contra las decisiones de las FARC-EP.

Un trabajo realizado por el guerrillero fariano, Gabriel Ángel, titulado: “Las vías para la revolución y el socialismo aún siguen siendo exploradas”, ha generado mucha más polémica en personas y organizaciones vinculadas con la izquierda.

En sus críticas, si podemos llamarlas así, parecería que las FARC-EP, lo dice Gabriel Ángel con precisión, claudicaron y traicionaron a la causa de la revolución colombiana. No cabe otra cosa, entonces, que condenarlas por acto tan vil.

Me acerqué a las FARC-EP hace unos ocho años atrás. Conocí gente maravillosa. Aprendí mucho de su lucha y su accionar y esa es la razón por la cual escribo estas palabras, ante los cuestionamientos que hoy se hacen a la agrupación que formara Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, entre otros grandes héroes insurgentes. 

Parto por dejar en evidencia el trabajo arduo llevado adelante por la Delegación de Paz de las FARC-EP, que no se ha detenido un solo instante en el estudio de los temas fundamentales que competen a las mayorías pobres de Colombia, para así elaborar las propuestas y proyectos que se han discutido a lo largo de estos años en Cuba. Es necesario indicar la disciplina de las y los combatientes farianos, su conducta intachable y su profundo amor por el estudio y el aprendizaje que se han evidenciado en la constitución de páginas web, en la elaboración de escritos diversos y el desarrollo de un noticiero, por solo poner unos ejemplos. 

Cada una y cada uno de los miembros de las FARC-EP en la Isla, han dado el máximo para que Colombia pueda alcanzar la paz con justicia social. 

¿Quién puede dudar de la integridad moral de los combatientes farianos? Sería en verdad estúpido. 

Ellos se las han jugado el todo por el todo, tanto en el campo de batalla militar, como en el campo de batalla político. Algunos con una militancia de toda una vida, otros con 15, 20, 30 años de lucha. Entregados a la revolución y transformación del país, con el objetivo de construir la Colombia Nueva.

Lo preocupante es que se pretenda cuestionar desde fuera, que se quiera atacar a quienes recibieron plomo, bombas y que sufrieron el embate más cruel del imperialismo y el Estado colombiano con todos los planes diseñados para masacrarlos como fueron el Plan Colombia, el Plan Patriota o el Plan Espada de Honor.

En el camino quedó gente valiosa: Raúl Reyes, Iván Ríos, el Mono Jojoy, Alfonso Cano, Caliche, Lucero y otras y otros compañeros valiosos.

Pero no se arredraron. Continuaron y, en cierta forma, también lograron sus victorias.

Creo yo que el mayor triunfo, hace cuatro años y un poco más, es haber logrado sentarse en la mesa de conversaciones con el Estado colombiano para dialogar, en igualdad de condiciones, sobre la paz para el país. En eso se empeñó el Comandante Alfonso Cano. 

Y, pese a todas las trabas de la oligarquía colombiana, las FARC-EP han podido concretar algunos acuerdos importantes, a más que han logrado hacer públicas, pese al cerco mediático, cada idea por ellos propuesta. Nadie, en su sano juicio, puede dudar de la voluntad de la insurgencia fariana para alcanzar la paz con justicia social. ¿Pueden decir los ultra marxistas, maoistas, trostskistas, stalinistas que los comandantes revolucionarios en Cuba, claudicaron, se entregaron al Estado colombiano y, de la noche a la mañana, se hicieron reformistas?

Las críticas soterradas también están dirigidas contra las FARC-EP, porque han decidido dejar las armas como vía para alcanzar el poder. 

Mi criterio es que las armas no deberían entregarse. En su totalidad, por lo menos, creo que no. Expreso esto, no con la idea de que la guerra continúe. No he cogido una pistola, menos un fusil. No dejé mi hogar, ni la familia para meterme en las selvas y luchar para materializar el sueño de la construcción del socialismo. Mi aporte ha sido modesto, a través de la palabra hablada y escrita. Un granito de arena. 

Mi preocupación respecto a la dejación de armas tiene que ver con el peligro que implica para la organización y sus militantes estar inermes frente a un aparato estatal policial, militar y paramilitar que utilizará cualquier recurso para deshacerse de los revolucionarios. En el imperialismo y en las oligarquías de todo tipo, no hay que confiar ni un tantito así. Me acuerdo de Sandino y sus compañeros asesinados  cobardemente en Nicaragua, luego de firmar la paz. Me acuerdo de los miembros de la Unión Patriótica masacrados por el Estado y sus fuerzas represivas, incluidos los paracos. 

Los camaradas deben formar un adecuado aparato de inteligencia y seguridad para evitar una masacre. Los paras, los sicarios van acecharlos, y ahí hay que defenderse. Y eso se hace con armas. 

Pero también preocupa, y mucho, la situación de los campesinos en diversas zonas del país, quienes han expresado su temor porque ahora van a quedar desprotegidos ante los paramilitares y el mismo ejército. 

Pensar que la lucha armada contra la clase dominante no tiene sentido, es una ingenuidad. Pero pensar que es la única vía, tampoco es correcto. 

Hay una posibilidad de luchar por la concreción de mejores condiciones de vida para la mayoría de los colombianos, por otras vías que no sea la armada. Esperemos que sea así. Y si esto fracasa, el pueblo volverá a organizar sus milicias, sus guerrillas, sus ejércitos revolucionarios. 

Es muy arriesgada la decisión tomada por los compañeros de las FARC-EP. Quizás pequen de excesiva confianza respecto a las promesas del Estado colombiano. Pero eso no puede descalificarlos como traidores, reformistas, socialdemócratas o pragmáticos. 

El marxismo es el análisis concreto de la realidad concreta. Así lo señala Gabriel Ángel en su escrito. Sí, por supuesto. 

Hay poses de intelectuales, de académicos progre y otras de gurús revolucionarios, mismos que pretenden dan recetas para hacer las revoluciones.

Desde fuera todo es fácil. 

Uribe azuza a la guerra, pero los de su clase no van a la misma. Sus hijos son unos chicos plásticos, de esos que andan por ahí, metidos en los negocios sucios de su padre. Por eso no importa instigar para que la confrontación armada siga. 

Algunos, desde la ultraizquierda, quieren que la insurgencia siga en combate.  Sin embargo, su internacionalismo solo llega a expresarse a través de comunicados. Los más rebeldes no se decidieron a meterse al monte con los camaradas farianos, como lo hicieron hace muchos años Alexandra Nariño, Natalie Mistral y más compañeros.

Así funcionan los cuestionamientos “revolucionarios”, sustentados en el dogma: si no se cumple la receta dada para hacer las revoluciones, la organización cae en desgracia ante los ojos de los sumos pontífices de las transformaciones sociales. 

Los duros críticos que hoy condenan a la insurgencia, no hacen, además, un análisis de la realidad colombiana. 


Gabriel Ángel topa un tema importantísimo, con una visión gramsciana diría, que es el tema de la conciencia política.
Fue Antonio Gramsci el que hizo una reflexión profunda sobre la parte ideológica, sobre la cultura y los procesos de dominación por parte del Estado para, a decir de Noam Chomsky, domesticar al rebaño desconcertado. 

Hegemonía es el término que utilizó el revolucionario italiano, al que el fascismo condujo a la muerte.

Sería bueno que aquellos que desde la izquierda hablan sobre los acuerdos de la Habana, investiguen lo que diversos sectores de la población colombiana piensan sobre la guerra y la insurgencia.

La paz, así a secas, es el sentir de la mayoría de la población. Por supuesto que en los sectores más claros políticamente y en los no tan claros, pero que tienen necesidades fundamentales, tienen la esperanza de que ésta paz esté acompañada de justicia social.

La burguesía, en cambio, quiere la paz, para dominar, explotar y feriar el país con mayor facilidad. Para ellos será más fácil hacerlo sin una insurgencia fuerte que combatir. En eso estoy muy claro. De todas maneras, el sentir general es la necesidad de paz, es decir poner fin a la guerra, a la confrontación armada dentro de Colombia. 

¿Han sido derrotadas las FARC en este sentido? 

Personalmente, no pienso que sea así. Demostraron mucha capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias de la guerra. Por supuesto que sufrieron golpes duros. La fuerza enemiga, apoyada internacionalmente por el imperialismo yanqui, británico y por el sionismo criminal, podía sostener los gastos de la guerra, a costa del sufrimiento del pueblo colombiano, sin importarle absolutamente nada. 

Del otro lado, la cosa se  hacía más complicada, aunque jamás dejaron de combatir a fuerzas militarmente poderosas, numéricamente mayores y con tecnología de punta. Las guerrillas móviles fueron muy eficaces y la moral de combate, acompañada de un adecuado entrenamiento, detuvo el embate enemigo y le asestó golpes. 

En fin, volviendo al tema cultural, del Estado y sus aparatos ideológicos, la oligarquía tiene ganado un gran espacio. La cultura traqueta, la de lo banal, se han impuesto en la sociedad colombiana, cultura que ha penetrado en la mente de las personas y de la que no escapan, también, los guerrilleros. 

Los aparatos de poder para embrutecer a la gente, han desarrollado una diversidad de contenidos musicales ofensivos, desprovistos de belleza poética y artística. Igual lo han hecho con la programación televisiva y las producciones cinematográficas. El consumismo es fomentado por la publicidad, mientras la gente quiere tener de todo lo que la industria publicitaria capitalista le propone, como símbolo incluso de status social.  

Ese aparato mediático, propagandístico ha sido un instrumento eficaz en la guerra sicológica de baja intensidad llevada a cabo contra las FARC-EP, organización que ha recibido serios golpes en este sentido. 

Mercenarios de tinta y de micrófono han calificado a la insurgencia de terrorista, la han acusado de cometer execrables crímenes, entre los que se incluyen violaciones a mujeres y trata de blancas, así como el secuestro y la extorsión. No ha habido ataque propagandístico más furibundo contra organización revolucionaria en América Latina y quizás en el mundo, que contra las FARC-EP. 

Y eso ha tenido un costo político muy alto. 

La guerra no se gana solamente con fusiles y bombas. Esta se lleva adelante también en el campo de las ideas y, en el caso de los revolucionarios, como dijo Marx, si las ideas no prenden en las masas, no son armas poderosas para la transformación social. Fidel así también lo ha sabido comprender. 

José Martí, héroe de la independencia de Cuba dijo que si de pensamiento es la guerra que se nos hace, a fuerza de pensamiento hay que ganarla. 

En este sentido me parece oportuna la reflexión de Gabriel Ángel sobre el papel ideológico y la necesidad de ganar pueblo para la defensa y concreción de las ideas revolucionarias.

Esta guerra es mucho más complicada. Y va ser más difícil, si no se concretan los mecanismos adecuados para que la oposición política de izquierdas en Colombia pueda llevar adelante su trabajo, sin temor a que sea criminalizada o sus militantes asesinados por el Estado o los paracos.

Para llevar adelante este trabajo se requieren además recursos, medios: prensa, radio, televisión y, para ponerlos en marcha, a más de dinero, el Estado debe permitir su funcionamiento, lo cual parte por democratizar la comunicación en una sociedad en la que el poder mediático está en manos de familias poderosas. 

La lucha, en esas circunstancias, se dificulta más que en las montañas, más que en la selva. 

Los camaradas de las FARC-EP, en medio de la legalidad para su accionar que les ofrece el Estado colombiano, tendrán que fortalecer sus normas de seguridad: compartimentación, inteligencia y trabajo clandestino, también. No creo, en estas circunstancias, exhibir los rostros de todos aquellos que forman parte de las filas de las FARC-EP, facilitando la tarea a los aparatos represivos y de inteligencia.

Otras inquietudes se dan en torno a lo acordado en La Habana hasta hoy día.

Una de ellas tiene que ver con la aplicación de la justicia. No habrá impunidad dicen, fundamentalmente desde el gobierno colombiano.

Esperemos que, como dice la sabiduría popular, la justicia no se aplique solo al de poncho.

No sé si los verdaderos responsables de la guerra en Colombia: empresarios, latifundistas y militares colombianos y extranjeros, autores intelectuales y materiales de falsos positivos, de masacres, del despojo y desplazamiento de poblaciones, vayan a ser juzgados. 

Me preocupa saber, por ejemplo, que va a pasar con las imputaciones penales que se han hecho contra los comandantes guerrilleros, a los que en ausencia se los ha condenado a varios años de prisión, por una infinidad de crímenes que no han cometido. 

¿El sistema judicial colombiano, va a borrar de un solo tajo todo aquello que ha armado durante años contra los miembros de la insurgencia y que ha sido repetido por la propaganda contra las FARC-EP?

Hablando de justicia, otra preocupación es la relacionada con la situación de los presos políticos y de guerra que están pudriéndose en las cárceles colombianas. El gobierno colombiano no ha planteado realmente una política para mejorar la situación carcelaria, así como no ha hablado seriamente de una amnistía de todos los detenidos por razones políticas o por haberse levantado en armas contra el régimen. Lo que ha hecho, más bien, es establecer un código policial represivo. 

No he escuchado, además, al gobierno de Juan Manuel Santos y sus delegados, pronunciarse sobre la situación de Simón Trinidad, detenido injustamente en EEUU. Creería que sería un tremendo error firmar un acuerdo final definitivo, sin que liberen al “Hombre de Hierro”. El gobierno de Estados Unidos dice apoyar el proceso de paz, pero no ha dado muestras concretas de querer ayudar a su solución: Simón Trinidad continúa preso, en condiciones deplorables, violando sus derechos humanos, mientras los EEUU tienen todavía asesores militares en Colombia, así como bases para su tarea contrainsurgente. 

En relación a la organización guerrillera, mi preocupación tiene que ver con la cohesión de la misma. La vida militar es distinta a la vida civil. Los ritmos se alteran y, si no hay una convivencia colectiva, el individuo empieza a pensar en resolver su cotidianidad lejos de otros.

Si antes se trabajaba para la organización, ahora individualmente qué va a suceder, pues cada quien debe buscarse un sustento, me supongo, y eso puede conllevar al abandono de actividades que antes dentro de la organización político-militar, si se las realizaba.

Pongo ejemplos concretos: despertarse a una hora determinada, ejercitarse, tener una hora cultural, realizar tareas productivas, reuniones de célula, etc. ¿podrán continuar realizándose en condiciones distintas a las de la disciplina militar, revolucionaria?

En cuanto al desarrollo de la actividad política, dejó planteadas algunas inquietudes. 

Las FARC-EP han trabajado como partido político, no han sido una organización militarista. Jacobo Arenas, Alfonso Cano, Pablo Catatumbo, Iván Márquez, Jesús Santrich, entre muchos, han comprendido lo fundamental de ese trabajo como organización. El PC3 ha llevado un trabajo de masas en forma clandestina, el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia ha estado presente en las luchas de diversos sectores. Esa experiencia es valiosa para la constitución de un poderoso partido revolucionario. 

El peligro radica en dejarse llevar por el juego de la democracia burguesa. Convertirse en un partido electorero y sus integrantes en cazadores de puestos para alcaldías, el congreso o el senado de la República. Ahí surgen las ambiciones por el poder, por el dinero. 

Las FARC-EP deberán trabajar duramente en este sentido, para evitar estas distorsiones en las que han caído diversas agrupaciones de la izquierda latinoamericana y mundial.

El trabajo ideológico político es fundamental y el estudio del pensamiento de Bolívar, de Marx, de Engels, de Lenin, de Gramsci (y yo digo, pese algunos críticos duros, también el de Trotsky), del Che, de Fidel, de Chávez, de Manuel Marulanda, de Alfonso Cano debe ser fundamental para que la organización avance políticamente. Jamás olvidar, además, los aportes hechos en la lucha por la revolución colombiana de valiosos héroes insurgentes como fue el Mono Jojoy. 

Hay, de seguro, otros elementos que no los he topado en este escrito. Ya vendrán otros camaradas desde las FARC-EP o desde otras agrupaciones que los expongan y que contribuyan al debate respetuoso con una organización que se ganó desde décadas atrás, un sitial importante en las luchas revolucionarias por la construcción del socialismo. 

Por mi parte, en estas nuevas circunstancias, como cuando las FARC-EP vivieron sus momentos más duros y difíciles tras el bombardeo a Angostura en marzo de 2008 donde murió asesinado Raúl Reyes, expreso nuevamente mi implicación con la revolución colombiana y con las FARC-EP. 

Me despido con la frase de Bertolt Brecht: “La victoria de la razón solo puede ser la victoria de los que razonan”. 


Patria Grande, 8 de julio de 2016

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