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El catastrochavismo

Análisi
Tomado de Semanario Virtual Caja de Herramientas 
Por Álvaro González Uribe / Abogado y columnista – @alvarogonzalezu

 
 
Colombia es un país de gran ignorancia política y ciudadana especialmente notable en la abstención electoral histórica, pero también en otras conductas sociales como la falta de participación comunitaria, insolidaridad, deficiente planeación, poco sentido de lo público, irresponsabilidad y malas decisiones colectivas.

Por lo general, esas conductas son atribuidas a la poca educación política y ciudadana como también a las urgencias económicas de los sectores pobres. Sin embargo, la polarización del país en los últimos años ha sacado a flote la ignorancia política y ciudadana de sectores de altos recursos económicos y con preparación académica, o al menos con posibilidades de tenerla.

No de otra manera se entiende la ausencia, poquedad o tergiversación de argumentos de una gran mayoría de quienes se oponen al proceso de paz de La Habana. Dejo claro: de una gran mayoría, no de todos. Hay opositores al proceso que tienen argumentos y los explican, lo cual es sano para la democracia y fructífero para los negociadores que no tienen la verdad revelada y requieren que les hagan ver tanto la otra realidad política del país como otras opiniones jurídicas y expresiones sociales.

Las barbaridades e ingenuidades que contra el proceso de paz se oyen, dan grima, en especial cuando vienen de ciudadanos con acceso a educación, a lecturas y a medios de comunicación diversos. No se pide unanimidad, pero sí sensatez, responsabilidad e información mínima sobre la forma, procedimientos y contenidos de lo que se acuerda en La Habana.

Hay opositores que de mala fe echan a rodar por diferentes medios –en especial por las redes sociales- tergiversaciones, invenciones y especulaciones. Hay unas que dan risa, como por ejemplo que el presidente Santos es un guerrillero camuflado (hasta con alias).

Oponerse al proceso de La Habana porque dizque le está costando mucho dinero al país es otra mezquindad o ignorancia crasa. Y con respecto al contenido de los acuerdos las invenciones son de una creatividad pasmosa.

Sin duda, hay personas en Colombia a quienes les ha ido y está yendo bien como han estado y están las cosas, o al menos eso creen erróneamente, porque a muchos les irá mejor si se desarrollan los acuerdos además de que finalizará la guerra con el grupo que más daño ha hecho a su país. Pero tienen miedo de los cambios.

Hasta la saciedad se ha dicho –se puede leer en los acuerdos logrados, hoy al alcance de todos- que la propiedad privada no está en juego, y que nada más alejado de la realidad que lo pactado en La Habana sea siquiera similar a las políticas de Chaves, Maduro (¿?) y Fidel Castro.

Desde el inicio se fijaron los principios que no se tocarían. Es más: si uno se pone en un trabajo apenas superficial de leer los principios fundamentales de la Constitución del 91 se da cuenta de que lo allí estatuido es lo mismo que se ha acordado en La Habana.

Se dirá que cuatro años han sido un desgaste y un despilfarro para ponerse de acuerdo en lo que ya es una ley, nada más y nada menos que nuestra Constitución. Uno se pregunta por qué los opositores al proceso jamás se opusieron a la Constitución del 91. Quizá por dos razones: porque no la leyeron o entendieron, o porque pensaron que no se cumpliría. Me atrevo a afirmar lo segundo, que además ha sucedido en muchos de sus apartes. Pues bien: mi opinión es que en La Habana se está pactando que se cumpla la Constitución luego de 26 años. Y eso pone los pelos de punta a muchos.

Por ejemplo, en un solo artículo, el 58 que ordena que “La propiedad es una función social que implica obligaciones”, está resumido en el primer acuerdo llamado “Política de desarrollo agrario Integral”. Allí está todo lo que el campo, los campesinos, requieren. Y ni siquiera nació en 1991: proviene de la reforma constitucional de 1936 de López Pumarejo, ¡háganme el favor!

Claro, que en Colombia lo toquen todo pero nunca la tierra que es y ha sido siempre intocable a no ser que se trate de restituir a los latifundistas históricos o incluso a los despojadores. Quizá por ello cuando se menciona en La Habana que urge una “formación y actualización del catastro” algunos lo entienden como catastrochavismo…

Edición 498 – Semana del 10 al 16 de Junio de 2016

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