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«Las guerrilleras tenemos derecho a saber dónde están nuestros hijos» Wendy Arango

Entrevista
Por GARA

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Wendy Arango es parte de la delegación de las FARC-EP en La Habana. Anhela recuperar al hijo que tuvo hace cinco años y a quien solo vio durante unas horas tras nacer. Confía en que lo avanzado del proceso contribuya a esclarecer casos como el suyo.

Uno de los mandatos de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición que deberá crearse en Colombia tras la firma del acuerdo final entre el Gobierno y las FARC es el reconocimiento y esclarecimiento del impacto del conflicto sobre quienes participaron directamente en él como combatientes y sobre sus familias y entornos. Esta comisión forma parte del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición acordado entre las partes en diciembre de 2015.

Entre las realidades silenciadas por la guerra y que, ya en ausencia de conflicto armado, deberá ser abordada en su dimensión es la de los hijos nacidos en medio de la guerra y de quienes muchas madres guerrilleras no saben nada por diversas circunstancias. Es el caso de Wendy Arango, quien se incorporó a las FARC-EP a los 18 años. El 21 de octubre de 2010 dio a luz a un niño. Un operativo del Ejército la obligó a salir precipitadamente del hospital dejando a su bebé recién nacido. Desde La Habana, reclama al Estado la devolución de su hijo. «Jamás lo abandoné. Los militares impidieron que personas cercanas se hicieran cargo de él», relata a GARA en La Habana. La acompaña Camila Cienfuegos, encargada de la relación con los medios. También es madre. No pueden evitar emocionarse al abordar un tema tan sensible como la maternidad en la guerrilla.

¿Qué la llevó a la guerrilla?

Vivía con mis abuelos en el municipio de Mutatá, en el departamento de Antioquia. Nos tocó desplazarnos por los paramilitares dejando todas nuestras pertenencias de un momento a otro. Tenía unos siete años entonces. Fuimos para la zona donde estaba la guerrilla, con la que anduvimos durante varios días. El jefe guerrillero les propuso a mis abuelos que yo fuera a la ciudad a estudiar. Les dijo que él se haría cargo de los gastos. Como mi padre tampoco podía cuidar de mí, me fui a Medellín, pero al llegar la chica a quien habían encargado mi cuidado desapareció con el dinero. Nunca más supe de ella. Su madre me cuidó e hizo las gestiones para registrarme y que pudiera estudiar. Tuvo que decir que era mi tía y que había perdido la documentación. Estuvo muy pendiente de mí, pero fue una etapa muy difícil porque perdí todo contacto con mi familia. Me quedé mucho tiempo con ella hasta que me fui sin decirle nada. En el año 2000, más o menos, regresé al campamento guerrillero. Me recibió el mismo jefe guerrillero que me había mandado a estudiar a Medellín. Me insistió en que debía proseguir con mis estudios.

¿Cómo fueron esos inicios?

El ingreso en las FARC fue gradual. Durante un tiempo me limité a observar el día a día de los guerrilleros, su formación… Así que cuando, finalmente, en 2008, me hice guerrillera no se me hizo tan duro porque ya tenía cierto conocimiento del hábitat y modus vivendi. Tenía 18 años. La relación con los compañeros, hombres y mujeres, era muy buena; además, me conocían desde que era una niña.

Sin pretenderlo, usted se queda embarazada. ¿Cómo se gestiona una situación de este tipo?

Yo me cuidaba mucho porque la vida en la guerrilla no reúne las condiciones para tener un hijo. No era mi deseo quedarme embarazada. Cuando supe de mi estado, lloré mucho. Fui a hablar con el camarada para exponerle mi situación. Estaba embarazada de un mes. Me dijo que teníamos que esperar a que llegara mi compañero para valorar el asunto porque ambos deben de estar de acuerdo, o bien para continuar con el embarazo o bien para abortar. Decidimos seguir adelante, aunque me sentía muy asustada.

¿Cómo se logra ese consenso?

A veces es muy difícil porque es la mujer quien debe llevar el embarazo. El padre no tiene que estar con esa tripa nueve meses, ni lo va a alimentar y, por mucho que lo quiera, los sentimientos no son los mismos. Es una decisión para toda la vida y se respeta la determinación que tome en cada caso la mujer. Todo el mundo idealiza la maternidad, pero la guerrilla no es de color rosa. Es una vida muy dura y triste como para tener un bebé en medio de la guerra, y es más duro aún para una madre tener que dejar a ese bebé que ha llevado en su vientre durante nueve meses, que ha cargado en sus brazos y ha amamantado. Tener un hijo y darlo, aunque sea a nuestros familiares, significa perderlo. Es muy difícil recuperar el vínculo entre madre e hijo, porque ni tú sabes nada de su vida ni él o ella de la tuya, y eso es muy duro. La llegada de un hijo lo cambia todo, tu cotidianidad, tu forma de sentir, de pensar y, en el caso de nosotros los revolucionarios, se puede convertir en un problema, en una persecución constante y de inseguridad para todos, para nosotros, por ser sus padres, y para ellos, por ser hijos e hijas de guerrilleros y, al mismo tiempo, se compromete a personas que nada tienen que ver con la guerrilla pero que se han hecho cargo de nuestros hijos. Entonces se producen los estigmas, hijos no reconocidos, con apellidos innombrables… Se convierten en hijos de nadie.

¿Cómo se lleva un embarazo en medio de la guerra y la selva?

Una quisiera estar más bien quieta, no tener que moverse constantemente, pero debe seguir con la rutina diaria hasta que con siete mese ya quedas en un lugar descansando y esperando el parto. Los compañeros siempre están muy pendientes, la mujer embarazada es el centro de atracción. Cuando los demás guerrilleros van de misión a una población civil, regresan con cualquier cosa para una, con una comida especial, por ejemplo. En los campamentos se respira una humanidad tan grande que quizás no se da en la vida civil, porque quienes viven el embarazo son la pareja y sus familiares más cercanos. En cambio, en la guerrilla una embarazada o un niño son el problema de todos, también en término de seguridad, porque si hay un bombardeo, la peor parte la va a llevar la embarazada porque no puede salir corriendo y tampoco la van a dejar sola.

Usted fue a un hospital a dar a luz pese al evidente riesgo que corría de ser detenida.

Estaba en la casa de una partera. Pero como mi salud se agravó ella dijo que no me podía asistir en el parto y que debía ir a un hospital. En aquel momento había un importante operativo del Ejército, los soldados estaban por todos los lados, el helicóptero... Pese a ello, el jefe guerrillero ordenó mi traslado a un centro sanitario. Fui al hospital de Apartadó, donde estuve cuatro días ingresada. El niño nació con problemas y se lo llevaron a la sala de pediatría, adonde iba a alimentarlo. A los tres días, el médico me dio el alta pero me quedé un día más con la intención de salir con mi hijo. Era consciente de que si lo dejaba ahí, luego no podría recuperarlo. Pero me llegó un aviso advirtiéndome de que tenía que salir cuanto antes del hospital. Era un domingo. Al día siguiente, lunes, le iban a dar el alta al niño. Una amiga que se hacía pasar por mi hermana y sabía de mi situación me llevó a una casa segura a las afueras, en el campo. Cuando el lunes fue a recoger a mi hijo, el hospital estaba lleno de militares y de funcionarios de la Fiscalía. Como no me encontraron fueron directamente a la sala de pediatría a preguntar dónde estaba la madre. Con el escándalo que se formó, los responsables del hospital tomaron la decisión de no entregar al niño si no eran el padre o la madre del mismo. Se lo negaron a mi amiga que, además, fue interceptada. Le ordenaron que no saliera de casa durante un mes. Como vivía en un pueblo cercano, no pudo avisarme de lo que estaba ocurriendo. Al niño se lo llevaron a Bienestar Familiar. Mi padre se personó más tarde en el hospital para revisar el historial médico y poder reclamarlo. Pero yo estoy registrada con otro nombre y con otros apellidos, por lo que no coinciden con los de mi padre y él no tenía ninguna forma de demostrar nuestro parentesco. Soy su madre biológica y tengo derecho a recuperar a mi hijo. Ahora soy una mujer pública y el Estado debe devolvérmelo. ¿Que lo dieron en adopción? ¡Lo siento, pero soy su madre!

Después del parto, tuvo que regresar a los campamentos.

Antes de irme para el campamento, me llevaron a una casa para completar mi recuperación. Casualidades de la vida, habían dejado al bebé de una compañera guerrillera. Verlo a diario era un martirio para mí, así que le dejé todas las cosas que había preparado para mi bebé y me fui para el campamento. Fue realmente duro. Como puede ver, no es fácil para una guerrillera ser madre.

¿Considera que el hecho de estar ahora en La Habana, en contacto con los delegados del Gobierno, pueda facilitar la búsqueda de su hijo?

He podido hablar directamente sobre mi situación con una de las representantes del Gobierno. Ella sostiene que el niño fue abandonado, lo que no es cierto. A mí no me quedó más remedio que huir y, aunque me hubiera quedado, tampoco hubiera podido llevarme a mi hijo a la cárcel. El camarada Pablo Catatumbo y uno de los abogados que asesoran a nuestra delegación están trabajando sobre el tema. Pero, no tengo más noticias.

¿Qué le diría al Estado?

Que ya es hora de aplicar lo acordado en la mesa. Las guerrilleras que tenemos hijos perdidos, secuestrados… tenemos derecho a conocer su paradero y a recuperarlos. No es coherente ni fácil de asumir estar en la recta final del proceso y no ver ningún avance ni interés por agilizar la búsqueda de nuestros hijos. Es muy importante que hagamos público lo que nos ha ocurrido y que hablemos con las personas que pueden tener las respuestas que buscamos. No debemos quedarnos esperando de brazos cruzados. Yo nunca lo abandoné, eso quiero que quede claro. Todas las gestiones que se hicieron para recuperarlo fueron infructuosas. Lo tuve que dejar para defenderme, porque como guerrillera, sabes perfectamente que si caes en manos del enemigo, no te espera nada bueno. Muchas compañeras han desaparecido tras ser capturadas; otras están en las cárceles sin sus hijos.

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