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A EMIRO, PARCERO Y CAMARADA

Crónica
Tomado de Delegación de Paz de las FARC-EP
Por Lucas Carvajal 

A Emiro, parcero y camarada.

Cuando el huracán de nuestra guerra parece avanzar con nuevas cifras de muertos de lado y lado, y la dinámica de la Mesa de Conversaciones pareciera agobiarnos, es preciso sacar tiempo para recordar a los amigos muertos. La vida de Emiro Jiménez, como las de Román Ruiz, Jairo Martínez y todos nuestros mártires, era valiosísima para una eventual Colombia en paz. La intransigencia del gobierno a acordar un cese bilateral de fuegos las ha segado y hoy pareciera que el tránsito al fin del conflicto se encuentra más lejano que hace solo unos meses.


Tuve el honor de conocer a Emiro Jiménez tan pronto llegué a la Delegación de Paz en La Habana, en abril de 2013. Un tipo risueño y dicharachero, al que le encantaba conversar y añorar a Colombia. Prontamente establecimos una amistad y compartimos horas de debate sobre los más diversos temas: de la paz a la guerra, del fútbol a la economía.

El fútbol, como siempre, es la mejor manera de conversar con quien apenas se conoce. Emiro, caso atípico, era un paisa fanático de Millonarios, lo que convertía sus debates con Ricardo Téllez -furibundo seguidor de Nacional- en motivos diarios de risa para los demás integrantes de la Delegación de Paz. Un video en Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=BTH1a1ONYrw) nos deja testimonio de su pasión futbolera: junto a Sergio Marín -hincha de Santa Fe- saludan al Foro Juventudes, Fútbol y Sociedad en Bogotá.

Ahora que Emiro no está, cuando sé que no habremos de cruzarnos de nuevo, repaso algunas notas sobre su vida, compartidas en jornadas de trabajo en las que su memoria enciclopédica recreaba año por año la epopeya de las FARC-EP en Antioquia, Córdoba y Chocó.

Emiro nació en el municipio de Unguía, departamento del Chocó. A pesar de ello era orgullosamente antioqueño: su familia pertenecía a una oleada enorme de campesinos expulsados de Antioquia por el latifundio, que llegaban a la triple frontera del Urabá a desbrozar selva y hacer posible el futuro que en sus lugares de origen les negaron.

Trabajando la tierra desde temprana edad, nuestro amigo se esforzó por estudiar, caminando más de cinco horas diarias para poder llegar a las lejanas escuelas rurales de la recién colonizada Unguía. Desde aquellos días la lectura se le convirtió en costumbre, aficionándose tempranamente a la obra de Fernando Soto Aparicio y Gabriel García Márquez. Entre aserradores, bananeros y pescadores, se forjó como alguien orgulloso del trabajo de sus propias manos y de la tradición oral de una región de promisión.

En la época de la Unión Nacional de Oposición, Emiro se sumó a la combativa Juventud Comunista de Unguía. Escuchaba con sus camaradas Radio Habana Cuba, siguiendo con gran emoción los avances de las guerrillas centroamericanas, particularmente los del FSLN. Desconociendo las direcciones regionales, los jóvenes comunistas de Unguía, nuestro héroe entre ellos, decidieron sumarse a la revolución nicaragüense y partieron como voluntarios en una lancha improvisada que buscaba cruzar Panamá y llegar a la frontera nica.

Pero la guardia panameña fue superior a las voluntades de estos jóvenes rebeldes y la deportación llevó a Emiro a conocer la cárcel por primera vez. Al salir de ella, la Juventud Comunista de Unguía se enteró de que la bandera rojinegra ya ondeaba en Managua. Era 1979 y Emiro Jiménez decidía ingresar a las FARC: haría en Colombia lo que no alcanzó en su primera aventura internacionalista.

Fue un guerrillero disciplinado y combativo del naciente Bloque José María Córdova. Los frentes 5, 18, 34, 36 y 57 lo vieron pasar por sus filas, siempre valiente y alegre. Con una sonrisa enorme podía recapitular cinematográficamente batallas heroicas en el río Murrí y en Santa Fe de Antioquia, en Anorí y el Urabá cordobés, en Granada y el Bajo Cauca antioqueño.

Emiro recordaba muy bien su paso por la cárcel de Medellín a mediados de la década de 1990. Su relato, adobado con la picaresca paisa que lo caracterizaba, retrataba las luchas carcelarias emprendidas por la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar contra paramilitares y agentes del INPEC. En medio de duras condiciones, farianos, elenos y epelos se batían por la defensa de sus derechos y lograban organizar círculos de estudio, talleres de trabajo y espacios de esparcimiento.

Nuestro amigo llegó en octubre de 2012 a La Habana proveniente del Bajo Cauca, sumándose a la Delegación de Paz y desempeñándose en el equipo técnico que acompaña las tareas diarias en el Palacio de Convenciones. Se destacó por su compañerismo y solidaridad que le permitieron ganar la amistad de la Delegación y del personal que nos acompaña.

Con su habilidad innata para reparar todo, Emiro nos salvó en más de una ocasión de tragedias cotidianas. Podía, sin pestañear, convertir los restos de una piscina en mesas de trabajo, botellas de café instantáneo en bombillos, pedazos de madera en herramientas clave. Y todo esto siempre con una sonrisa y un cuento disponibles.

Pocos días antes de su retorno a Colombia para realizar labores de pedagogía de paz con la guerrillerada de los frentes del Chocó, almorzamos en el Barrio Chino de La Habana. Asumía la tarea con la alegría de volver a su región y con la tristeza de abandonar las buenas amistades de su aventura habanera. Riéndose a carcajadas, me nombró miembro honorario del Frente 36, prometiéndome un fusil G3 que guardaba con esmero en alguna vereda del Bajo Cauca.

A la hora de partir, lo esperaba una buseta con integrantes del Comité Internacional de la Cruz Roja y garantes cubanos y noruegos, quienes se encargarían del retorno de varios compañeros al noroccidente colombiano. Emiro se fue de La Habana como un buen paisa: con una enorme maleta en hombros, un machete terciado y contándole historias a sus acompañantes.

Mientras se despedía, me dijo a carcajada batiente: “Guevón, ¡se te va el parcero!”. Y sí, efectivamente se nos fue. Después de su muerte, sus amigos lo recordamos y lo seguiremos haciendo. Me quedó debiendo el G3 y el recorrido por el Bajo Cauca, y nosotros le quedamos debiendo la recopilación de sus historias. En esa tarea nos ponemos, recordándolo siempre en frases como “Toro bien con toro mundo, dijo Chocó, “el que llevó, llevó, dijo gusano, y lo llevaba gallina en el pico” y, cómo no, “Se 'hogó Balala”. Frases hijas de historias, frases que ya nunca más significarán lo mismo.

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