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A PROPÓSITO DE UNA PERSONERÍA JURÍDICA Recuerdos de la Unión Patriótica (I)

Análisis
Tomado de Frente  Antonio Nariño , Bloque Comandante Jorge Briceño
Por Gabriel Ángel - FARC-EP

Rga

Los militantes de la Unión Patriótica, sus dirigentes y activistas, celebramos con inmenso regocijo el resultado electoral alcanzado tras las elecciones de mayo de 1986. Era la primera vez que un grupo de izquierda obtenía una votación cercana a los 400.000 votantes, lo cual lo convertía en el tercer partido político del país, con una cuota de 14 congresistas entre Senado y Cámara, y un buen número de diputados y concejales a escala regional y local.

Nos sentíamos orgullosos. La UP había surgido a la vida política nacional menos de un año antes, de hecho su primer Congreso había tenido lugar en noviembre de 1985, y aunque algunos de nosotros llegamos a ilusionarnos con la idea de que el doctor Jaime Pardo Leal iba a ser elegido Presidente de la República, los cuatro millones y medio de votos conseguidos por Virgilio Barco terminaron por hacernos poner los pies sobre la tierra.

En aquella época todas las elecciones tenían lugar el mismo día, desde el Presidente de la República hasta los concejales de cada municipio, incluyendo la de aspirantes al Congreso de la República. Era pues la ocasión para que la maquinaria bien aceitada de los dos partidos tradicionales funcionara plena y en bloque a objeto de anular la presencia de cualquier fuerza aparecida a última hora. Sin embargo la UP había logrado abrir una tronera en esa fortaleza.

Se nos dijo por los máximos dirigentes que no debíamos desanimarnos. Por el contrario, el resultado era apenas una muestra de lo que podríamos conseguir en las siguientes elecciones si nos dedicábamos a trabajar con el mismo esmero o más. Dos de los representantes a la Cámara elegidos en las listas de la UP eran miembros de las FARC que habían salido a husmear las posibilidades reales de participar en las lides electorales.

Los Acuerdos de La Uribe, firmados en marzo de 1984 entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC, establecían algo así como que el Estado colombiano iría realizando una serie de reformas políticas y sociales que se encargarían de abrir la democracia colombiana y dotar de plenas garantías a las organizaciones armadas que se reintegrarían a la vida civil. Aquella primera participación era una prueba de fuego para los Acuerdos.

Si efectivamente los integrantes de las FARC podían salir electos y luego ejercitar su actividad política legal, todo ese movimiento armado iba a proceder en el mismo sentido. La desmovilización plena de las FARC quedó planteada en los Acuerdos de La Uribe como la consecuencia lógica de la transformación del entorno democrático del país. Si el gobierno cumplía, el abandono de las armas y la reincorporación a la vida civil era un hecho.

Pero no se trataba sólo de las FARC-EP. No era, como de pronto se echó a rodar por toda la gran prensa reaccionaria, que la Unión Patriótica fuera el partido político de las FARC, ni que se tratara de su brazo político, como casi desde su nacimiento se dedicaron a calificarla con su habitual mala fe los mandos militares y policiales. La Unión Patriótica era mucho más que eso, era la fuerza política que aspiraba lograr la convergencia de todos los inconformes sin partido de nuestro país.

Si bien la propuesta de conformar un gran movimiento político democrático y alternativo provino de las FARC, tras la firma de los Acuerdos de La Uribe, contando además con el aval expreso del gobierno de Belisario Betancur, lo que se quería era que la Unión Patriótica fuera el partido político que nunca había podido nacer en Colombia por obra del cerrado régimen bipartidista. El gobierno colombiano aseguraba que aquello sí era posible y que iba a garantizarlo.

La Unión Patriótica era en consecuencia el partido político de los colombianos que no creían en los partidos liberal y conservador, que aspiraban a un país distinto, sin tanta pobreza, injusticia y desigualdad. En él cabían todos aquellos que añoraban a Jorge Eliécer Gaitán o la vena social demostrada por Rojas Pinilla pese a su carácter anticomunista, los propios comunistas, socialistas, liberales o conservadores desencantados de sus dirigentes.

La inmensa mayoría de quienes llegamos a la Unión Patriótica no teníamos nada que ver ni con las FARC ni con el Partido Comunista. Éramos tan solo decenas de miles de hombres y mujeres del campo y la ciudad que soñábamos con un cambio hacia el progreso y las libertades en nuestro país. Así como a la Unión Patriótica llegaban policías o militares retirados, así también llegaban a sus filas los integrantes de las FARC que probaban el alcance de la palabra del gobierno.

Ningún militante de la Unión Patriótica portó armas o participó nunca en ningún tipo de accionar delictivo o de rebeldía en armas. Éramos gente de profunda vocación pacifista, que creíamos en que las vías democráticas y electorales podrían ser el vehículo para acceder legalmente al poder y llevar a cabo nuestras propuestas políticas. Tal vez hoy eso sea visto como ingenuidad. Después de todo, a la luz de los resultados finales, no deja de ser cierto.

Si en algo pecamos los militantes de la Unión Patriótica no fue en habernos dejado usar por las FARC, al fin y al cabo solo dos guerrilleros aspiraron en las listas de la UP, mientras que el 99, 9 por ciento de los demás candidatos tuvieron origen en los movimientos sociales y populares que se entusiasmaron con la idea. Además las FARC nunca tomaron asiento en la dirección de la UP. Nuestra culpa real estuvo en haber creído en la palabra, en las promesas del gobierno colombiano.

Ya había dicho en esos días el propio Procurador General de la Nación, Carlos Jiménez Gómez, que en Colombia regían dos constituciones políticas, una, la pública, que podía comprarse en cualquier librería y que solía estudiarse en colegios y universidades, y otra, secreta, que aplicaban las fuerzas militares y de policía del país, para quienes no existía otra autoridad que la emanada de su arbitrariedad y violencia. Ninguna autoridad civil podía inmiscuirse en esta última o protestarla.

Lo ocurrido en el Palacio de Justicia en noviembre de 1985 lo corroboraba de modo fidedigno. Eso lo oíamos y sentíamos como verdadero en la Unión Patriótica. Pero creímos que podía ser cambiado democráticamente, por una mayoría política en las urnas. ¡Qué incautos! Teniendo además los ejemplos de Chile, Argentina y demás. Colombia era incluso peor, el poder real estaba en manos de los fascistas, aunque la apariencia formal indicara que había una democracia.

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