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Capitalismo agonizante, contradicciones, Acuerdo de la Habana y Coronavirus

Análisis
Por María Méndez
Colombia Soberana
(Fragmento del documento ANÁLISIS DEL MOMENTO ACTUAL DESDE LOS FUNDAMENTOS DEL LENINISMO )


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Imagen de Internet

Lenin llamó al imperialismo “capitalismo agonizante”, no porque estuviera a punto de caer solito y a la vuelta de la esquina como nos lo quiere hacer creer esos tales autodenominados leninistas que aseguran que ya, en cualquier momento va a caer el imperialismo solo porque China está a la vanguardia económica, Estados Unidos tiene una peculiar y grave situación y estamos asistiendo a una de las crisis más largas del capitalismo (desde el 2008). 

Entonces lo que hay que hacer, dicen ellos, es ignorar las condiciones que nos rodea y tirarnos a la selva y esperar con nuestro fusil el momento ideal, en que el capitalismo se esté derrumbando por arte de magia, para salir y hacer la revolución. Esto sin hablar de quienes sostienen que el Covid 19 ya hizo lo que la izquierda no pudo: derrocar la clase en el poder. 

Los virus no hacen revoluciones, las revoluciones las hacen las masas; el capitalismo no cae solo, el capitalismo es tumbado por el pueblo y enterrado por la dictadura del proletariado. Entonces ¿si no se va a morir solito por qué se llama capitalismo agonizante? Porque el imperialismo lleva las contradicciones del capitalismo a sus límites. 

Nos dice Stalin en Fundamentos del Leninismo, que hay tres contradicciones fundamentales. La primera es la que existe entre el trabajo y el capital. El imperialismo es la omnipotencia de los monopolios, de la expoliación, las multinacionales, de los bancos y la oligarquía financiera. Para enfrentar a esta maquinaria del Capitalismo en su fase superior, la clase obrera usa unos métodos como el sindicalismo, las asociaciones, las organizaciones sociales y la lucha parlamentaria, sin olvidar obviamente la organización de las masas.

Cuando el imperialismo lleva esta contradicción al límite, estas formas de lucha se vuelven completamente insuficientes para enfrentarlo, tanto que lleva a estas organizaciones a adoptar otras formas de lucha, convirtiéndose en una posible situación pre revolucionaria. 

Ahora, sin intentar hacer una radiografía exacta de la organización social de Colombia, el continente y el mundo, diríamos que aun cuando se tienen deficiencias graves en estas organizaciones, que el oportunismo campea a campo abierto en ellas y que la infiltración y la cooptación de elementos de estas por el enemigo son situaciones sumamente graves, aún se tienen organizaciones fuertes y de presencia amplia y sus acciones reivindicativas tienen efectos positivos en situaciones específicas.

Con respecto a la lucha parlamentaria la situación no es muy diferente de la anterior. En la mayoría de países aún se puede hacer presencia, así sea minoritaria, en el parlamento y así mismo tener un margen de acción medianamente aceptable. 

En el caso de Colombia, donde la “democracia” ha sido tan estrecha, después de la firma del Acuerdo de Paz de La Habana se presenta una nueva situación en que, a pesar de la falta de voluntad del Estado para implementar el Acuerdo, se han tenido que llevar a cabo cambios, aunque tímidos, que han significado avances y algunas garantías para el ejercicio de esta oposición parlamentaria. 

Pero el análisis en este aspecto se debe hacer un poco más profundo. A La Habana se llega por varias razones, entre ellas dos muy importantes: uno, la paz y la solución política al conflicto armado siempre fueron bandera de las FARC-EP y dos, después de largos 53 años de confrontación armada, la sociedad colombiana pedía a gritos un fin a una guerra entre hermanos, que estaba beneficiando a la oligarquía y la sufrían los más empobrecidos.

Entonces tenemos, contrario a lo que muchos despistados dicen, que se presentaron condiciones adecuadas para el diálogo y el Acuerdo, pero también unas condiciones especiales que nos obligaban a analizar las formas de lucha que veníamos combinando y cómo estaba cada una de ellas cuantitativa y cualitativamente. 

El derecho a la Rebelión armada lo ejercen los pueblos, no un puñado de personas. Cuando muchas de las condiciones materiales cambiaron, incluida que el pueblo colombiano pedía el cese de la lucha armada, nosotros, estando conectados con el sentir del pueblo, teníamos que hacer nuestro máximo esfuerzo para firmar un Acuerdo, dar un paso hacia la paz.

Este paso, como dijimos arriba, da un pequeño respiro al sistema político colombiano, siempre excluyente. La clase en el poder debe permitir que la oposición tenga representación parlamentaria y adquiera unas nuevas garantías como el Estatuto de la Oposición, lucha de muchos años, triunfo que se da en La Habana.

Entonces tenemos que en gran parte del mundo la lucha parlamentaria y social continúa vigente, recogiendo logros a pesar de sus limitaciones. Incluso en países con una democracia tan restringida como Estados Unidos, se pueden ver cambios que hace unos años eran imposibles de pensar. 

Si bien a Bernie Sanders se le debe reconocer que ha estado en el parlamento norteamericano durante mucho tiempo defendiendo las ideas socialistas, las nuevas condiciones estadounidenses y mundiales han permitido que se presente como precandidato a dos elecciones presidenciales con propuestas como sanidad universal, educación universitaria gratuita y otras banderas revolucionarias que ponen en evidencia el Estado retrógrado y atrasado de ese país.

A pesar de su decisión, en mi opinión errada, de no continuar con su candidatura, creo que el movimiento a su alrededor está creciendo en un país políticamente excluyente. Esto indica de alguna manera que el estado de la conciencia del pueblo norteamericano está virando en muchos sectores a pesar de su “pasividad”, casi indiferencia.  

Entonces, esa gran masa, a nivel nacional e internacional, agrupada en sindicatos, organizaciones sociales, grupos, colectivos, partidos revolucionarios o democráticos, incluso, sin afinidad a alguna a estas formas asociativas pero que se han manifestado en las calles de Estados Unidos, París, España, Chile, Ecuador, Bolivia o Colombia, es la que hace historia, la que tumba gobiernos y Estados. 

Mientras nosotros podamos continuar y afianzar el proceso de crear conciencia en esas masas, mientras las escuchemos y nos conectemos, podamos discernir, discutir, entender y actuar en estos tiempos tan complicados, la historia se acelerará y podemos decir que seguimos cumpliendo con nuestro deber de construir paso a paso las condiciones para la revolución. La contradicción existe y el Capitalismo la llevará a su límite, la pregunta es ¿estaremos a la altura para aprovechar estas condiciones?

Ahora, el Coronavirus es una realidad innegable, pero la posibilidad que esta enfermedad pueda echar a pique la oligarquía gansteril paramilitar representada por Uribe, o aún más, derrumbar la rancia oligarquía, es descabellada. 

Esos mismos que nos acusan falsamente en creer inocentemente que el Estado colombiano iba a cumplir sin prestar ninguna oposición al Acuerdo de La Habana, hoy confían sus esperanzas en que el virus tumbe la oligarquía por sus propias fuerzas. 

Como veremos más adelante, las probabilidades de que entremos a un periodo de violencia política y se instauren, no solo en Colombia, sino en muchos países del mundo gobiernos retrógrados, tiránicos y fascistas, es grande después de terminada la pandemia. 

Y una de las causas que estudiaremos, es precisamente la respuesta como sociedad que estamos dando. Los mismos que meses atrás repudiaban al ESMAD por el homicidio de Dilan Cruz, están hoy aplaudiendo que vayan a reprimir a la gente de Ciudad Bolívar que ha salido a protestar por falta de alimentos, pero las personas que han romantizado la cuarentena dicen que son unos irresponsables que merecen gases y hasta que los maten.  La gente que repudiaba la represión ahora está pidiendo a gritos que se fortalezcan las medidas represivas. 

El Estado corrupto y el Sistema Capitalista pueden hallar en el Covid 19 y en otros virus que posiblemente habrá en los próximos años, una forma de reencauchar el Capitalismo. Quienes van a morir en su mayoría son personas empobrecidas y desempleadas que ahora engrosan las filas del “ejército de desocupados” que sirve al sistema, pero cuando su número crece tanto es un problema difícil de solucionar.

Sin un ejército de desempleados tan numeroso, culpando a los gobernantes de turno y guiando a las fuerzas productivas (las masas) a la unidad por “salvar la vida”, puede la oligarquía salvar el sistema, suavizando ciertas contradicciones, reencauchándolo y, claramente atrasando nuestra revolución.

La esperanza recae en la capacidad que tengamos todos de unirnos, de luchar, de deponer nuestros intereses personales y pensar en el futuro de nuestro país. Defender el Acuerdo de La Habana, los derechos y la paz.

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