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Recordando a Urías Rondón, uno de los comandantes queridos de las Farc

Crónica
Tomado de las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel
19 - diciembre - 2018

Recordando a Urías Rendón, uno de los comandantes queridos de las Farc

A Armando lo parió una india que él jamás conoció. Y sus rasgos físicos indicaban que su padre también debió ser indígena. Era de baja estatura, cabello erizado y mirada extraviada. Su madre, agobiada por la miseria, se lo regaló a un negro que se encargó de su crianza desde cuando tenía tres años. Creció en La Dorada, Caldas. Por eso sus compañeros lo llamaban paisa, pese a lo cual su entonación tenía todos los rasgos del hablar indígena. Se comía algunas palabras, en ciertos momentos no lograba hacerse entender y era usual que usara artículos femeninos o plurales para sustantivos masculinos o singulares, como en la rancho o los avión.

A los trece años resolvió huir de la casa del negro porque éste le pegaba mucho y de manera cruel. Claro, él también era un diablo, un chiquillo inmanejable. De la escuela en que lo matriculó su padre adoptivo cuando tenía 10 años, lo expulsaron finalmente porque resultaba insoportable tanto para la maestra como para sus compañeros de estudio. Poco después huyó colado en un camión de carga hasta Bucaramanga. Allí acordó trabajar para el propietario de éste subiendo y bajando bultos en una y otra ciudad a cambio de comida y ropa. Pronto se aburrió porque no le daban paga. Anduvo de un lado a otro hasta que terminó, convidado por algún otro muchacho, de cogedor de hoja de coca en el Guaviare.

En ese trabajo se gana según el rendimiento. Él era casi un niño y no recogía lo suficiente. Tenía que trabajar mucho y pasaba hambre. Entonces conoció las milicias y por esa vía, algún tiempo después, terminó como guerrillero. Para entonces ya casi cumplía los 15 años, pero era tan pequeño y frágil que cuando el comandante del Frente lo vio, se disgustó con los que lo ingresaron y quiso devolverlo a la vida civil. Con su habitual terquedad y a punta de súplicas logró por fin que lo admitieran. Pero no tardó en arrepentirse. Había que trabajar duro y caminar mucho, y a más de eso estudiar, escuchar charlas y conferencias que le parecían interminables. Se exigía mucha disciplina y se manejaban conceptos de la vida diaria muy distintos a los que había conocido en el pasado.

Sus mandos y compañeros le daban consejos para inducirlo a cambiar, a superarse, a aprender. Lo logró una mujer que se encontró en su camino de guerrillero que lo quiso mucho y le enseñó a leer, a escribir, a escuchar. Aprendió a entender y admirar a sus comandantes, entre ellos a Urías Rondón, una figura que se le dibujó titánica.

Urías era mucho más que un guerrero que se convirtió en una  figura mítica. Nadie en las FARC dirigía tanto personal en combate como él. Su nombre se ligaba a las más resonantes derrotas del Ejército de Colombia. Ninguno podía imaginar que moriría; se fue en los brazos de Armando. .

El drama ocurrió en una especie de avanzada en un potrero cercano al río Siare. Urías dirigía de pie la cortina de hombres que se enfrentaba al ejército. Como siempre lo hacia, en primera  línea de fuego. Confiaba en que en cualquier momento llegaría el grueso de sus hombres a enfrentar la batalla. La balacera era cerrada y caían muchas bombas. De repente, la valerosa humanidad de Urías se desplomó. Vino la confusión y  la desbandada. Los guerrilleros retrocedieron espantados. Una muchacha menuda, en medio del pánico general, se atrevió a acercarse al comandante y rescatar su fusil.

Armando lo encontró en medio del caos. Disparos de fusil le habían el cráneo. Cuando Armando probó levantar el cuerpo para llevárselo a cuestas, en la brega le oyó un quejido. Asombrado descubrió que Urías aún vivía y se dijo que tal vez podría salvarlo. En medio de  fuego logró avanzar hasta la orilla de un arroyo donde descargó el cuerpo a un lado para descansar.

Allí murió Urias Rondón, solo con el indiecito. Intentó sacar el cadáver y el equipo hacia a selva pero los proyectiles le silbaban a su alrededor. Debía abandonarlo, pero antes de retirarse le quitó las pecheras de guerra y se las llevó con él.

Meses después, lejos del Guaviare y de aquel agosto tétrico, hallándose con su unidad en la zona de despeje, recibió la orden de presentarse, sin armas, en el cuartel general del Bloque Oriental. No podía entender la razón, no había cometido falta alguna para recibir una de las peores sanciones guerrilleras.

Lo recibió el propio Camarada Jorge, El Mono, el Comandante del Bloque. Le entregó en las manos el fusil y las pecheras de Urías, le dijo que en adelante eran su dotación y lo conminó a ser digno de portarlas. Tres años más tarde Armando seguía ahí, en la lucha, con la herencia de Urías y su aspecto de niño grande inquieto. Fue cuando lo encontré y me contó su historia.

Con el Galil al hombro, el aspecto de Armando adquiría un cariz particular. Recordaba a los antiguos guerreros griegos, que se vestían con las armas de sus jefes, para aterrar de ese modo al ejército rival en la batalla. La guerra y la vida separaron nuestros caminos, nunca supe qué habría sido de él.



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