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Los días de Sonia en la cárcel del Buen Pastor

Crónica
Tomado de Las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel

Los días de Sonia en la cárcel del Buen Pastor

Después de pasar 14 años en cárceles norteamericanas la exguerrillera regresó a Colombia pero a una nueva celda, donde Timochenko la visitó. Así la encontró.

Durante más de una década pervivió en mi mente el recuerdo impactante de la última entrevista que dio Sonia antes de ser extraditada a los Estados Unidos. Una importante cadena radial colombiana pasó en diferido la grabación que había hecho de la conversación sostenida con ella unas horas antes. Ese día tuve una idea exacta de quién era.

El tono sereno de su voz contrastaba con las emociones que lograban transmitir sus palabras. Era una mujer, humilde, una guerrillera fariana atrapada por la maquinaria estatal en colaboración directa con el más poderoso imperio de la historia.

Ese día Sonia contó al país por todo lo que había pasado desde su captura. La trama que tejieron el gobierno de Álvaro Uribe y la inteligencia militar, para hacerle creer que las FARC iban a matarla. Le habían dicho que el Secretariado había emitido esa orden, para evitar que ella fuera a delatar los negocios de narcóticos en los que estaba involucrado.

Y con ese cuento la habían trasladado de la cárcel a un barco de guerra anclado en el Pacífico. Dizque para protegerla del largo brazo de las FARC. También le decían que iban a extraditarla, y que ese era el peor de los destinos, que permanecería en un hueco oscuro y solitario durante muchos años, que jamás volvería a ver a su hijo.

Y todo eso para convencerla de que se convirtiera en testigo contra las FARC y su dirección. La tortura del aislamiento y la presión sicológica propias del fascismo. Conmovía cómo se había negado a colaborar con esas autoridades, cómo les había asegurado en su cara que estaba segura de que le mentían, las FARC jamás la mandarían a matar, no eran esa clase de organización.

Y conmovía aún más su valor frente a la adversidad. Podían extraditarla, condenarla a un tormento de por vida, pero ella jamás iba a faltar a su lealtad con las FARC. No iba a decir las mentiras que querían que dijeran. Podían hacer con ella lo que quisieran. Era una revolucionaria y así moriría si le tocaba. Los ojos se aguaban al escucharla hablar así.

No la conocía en persona. Las FARC fuimos una organización muy grande, ni siquiera los mandos de dirección nacional podían tener trato directo con todos los combatientes. Yo llevaba muchos años en el Catatumbo cuando aquellos hechos. Y Sonia era una guerrillera del Bloque Sur. Los pormenores a que se refería la prensa me eran desconocidos.

Sonia no era un cuadro de proyección nacional, como lo era Simón Trinidad, también por entonces víctima de los rencores del gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Pero su temple rebelde y su firmeza frente a todas las circunstancias, tenían la misma fibra de los combatientes que en las selvas del suroriente del país, se enfrentaban con valor inaudito al Plan Patriota.


Por eso, en días pasados, cuando obtuve el permiso para ir a visitarla en la cárcel del Buen Pastor, y por fin pude abrazarla y darle el beso en la mejilla que tanto había querido darle a manera de felicitación, la emoción que me invadió fue inmensa. El conflicto armado había llegado a su fin casi dos años atrás, pero había mucha gente de las FARC, como ella, sufriendo los rigores de la persecución que se supone debió haber terminado. Sonia lo simbolizaba doblemente.

Fue deportada de los Estados Unidos el 17 de agosto de este año. Tras una extradición miserable, había pasado 14 años en las cárceles norteamericanas, sometida a duras condiciones y soportando las más diversas humillaciones. Cuando vi la imagen por televisión de su llegada al país, y la observé levantar los dedos en señal de victoria, experimenté un profundo sentimiento de orgullo.

Esa es una verdadera revolucionaria, me dije.  Esa mujer merece el más grande de los respetos y la expresión de una absoluta admiración. Las FARC siempre tuvimos nombre de mujer y eso no era obra de la causalidad. Deseé darle un fuerte abrazo y decírselo mirándola a los ojos.

Cuando pude por fin saludarla y sentarme a conversar con ella, de nuevo me sorprendió su superior condición humana. Su principal preocupación y así lo repetía una y otra vez, era la suerte de sus compañeras de reclusión en el Buen Pastor. Aún no se les definía la situación jurídica, que según los Acuerdos debía significarles la libertad. Y además pensaban trasladarlas a otros patios.

Su afán era el que habláramos con ellas, que las escucháramos contar de su suerte y que hiciéramos cuánto estuviera a nuestro alcance por ayudarlas.

Casi tuvimos que forzarla a cambiar el tema para que nos hablara de ella misma. De la enfermedad que padece, una artrosis degenerativa que le causa fuertes dolores permanentemente. Y de su propia situación jurídica. El aparato judicial, particularmente la Fiscalía, conserva la aspiración de hacerle pagar de nuevo aquí la pena que ya pagó en los Estados Unidos.

En el momento de entrar a la prisión, temí encontrarme con una persona abatida y llorosa por cuenta de su estado. Pero su optimismo y ánimo volvieron a sorprenderme en forma grata. Lo primero que hizo fue felicitarnos por el proceso de paz y el Acuerdo, en su opinión había sido lo mejor que podíamos haber hecho. El relato sobre sus penurias en las cárceles gringas no fue pesaroso, más bien pareció estar dándonos el parte militar de una victoria.

Sólo durante un momento se mostró invadida por la melancolía. Y fue cuando refirió la soledad en que llegó a sentirse por la falta de una mayor solidaridad de las FARC. Le habían ayudado en los días que siguieron a su captura y extradición. Pero luego fue como si hubieran desaparecido. Hasta que por obra del proceso de conversaciones volvieron a contactarla.

Se sintió abandonada durante muchos años. No tuve más remedio que concederle la razón. En parte la intensidad de la guerra en Colombia lo había complicado todo, sin contar con la dureza del régimen carcelario. Pero también había habido mala información, quizás deliberada por parte de alguien. En algún momento corrió aquí la versión de que se había dedicado al Evangelio y manifestado no querer volver a saber nada de la organización.

Su respuesta fue contundente. Las creencias religiosas no son incompatibles con las convicciones políticas, ella nunca abandonó sus ideas ni el amor hacia las FARC. Aquello tuvo también un lado bueno. La solidaridad recibida por parte del inmenso movimiento por los derechos humanos que existe en los Estados Unidos. Y de mucha otra gente buena en el mundo. Aún hoy recibe correspondencia de alguien que la apoyó humanitariamente desde Grecia.

Creo que nunca voy a olvidar la expresión de su rostro y su actitud al despedirnos. Camarada, vuelva a conversar con las otras compañeras, no las olviden, no las podemos dejar solas, me repitió una y otra vez. Sobre ella misma no pronunció ni una sola palabra. Sin vacilaciones, está sumada a la protesta organizada de las demás ex guerrilleras farianas. Les niegan su libertad, no quieren reconocerles su condición de prisioneras políticas, soportan condiciones muy difíciles.

No puedo menos que enviarles a Sonia y las demás el fuerte abrazo solidario de nuestro partido. Su lucha es la nuestra, la misma que durante más de medio siglo levantamos con sobradas razones. También invoco el apoyo de la sociedad colombiana.

Me dicen los abogados que existe un principio universal del derecho penal, Non bis in ídem, nadie puede ser juzgado o condenado dos veces por el mismo delito. Exigimos que se le aplique a Sonia, orgullo de las mujeres farianas, ejemplo para la mujer colombiana. Paz es justicia.

*Gabriel Angel lo acompañó y escibió el texto a partir de entrevistas con él.





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