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La forma del agua, acerca de los monstruos buenos

Análisis
Tomado de Las 2 Orillas
Por Gabriel Ángel

La forma del agua, acerca de los monstruos buenos

Casi con exactitud de un año tras su primera presentación pública en el Festival Internacional de Cine de Venecia, donde comenzó a conmover el mundo, logré ver, por fin, La forma del agua, la película de Guillermo del Toro, ganadora de cuatro premios óscares en la edición 90 celebrada en los Ángeles el 4 de marzo de este año. Mejor película, mejor director, mejor banda sonora y mejor diseño de producción fueron los galardones obtenidos allí tras 13 nominaciones distintas.

Recuerdo haber visto en la selva otra película del mismo director, El laberinto del fauno, que pude seguir gracias a un pequeño IPod que me dotó Carlos Antonio Lozada, en los tiempos en que encender una luz en la noche podía costarnos la vida a todos. Seguía el cine bajo la carpa de casa, el toldillo y la cobija, atento al menor ruido relacionado con la aviación. Con un argumento un tanto más sencillo, La forma del agua despliega el mismo espíritu encantador de su director.

Calificada como perteneciente al género de drama y fantasía romántica, la cinta recrea la vida de una mujer que trabaja como aseadora, en un laboratorio de investigación aeronáutica en la ciudad de Baltimore, USA, durante la primera parte de los años sesenta del siglo pasado. La humilde trabajadora, que además es muda, habita sola en un pequeño departamento, al lado de su vecino, un pintor frustrado y homosexual que sueña con el dependiente de un restaurante cercano.

Su otra amiga y su protectora es Zelda, su compañera en el trabajo, una mujer de piel negra que vive, con su esposo también afro, una tediosa vida matrimonial derivada de las concepciones patriarcales de este. El tema favorito de Zelda es quejarse con su amiga del marido que le tocó en suerte. Sus vidas se transformarán con la llegada al laboratorio, para su estudio, del recurso, la forma del agua, una extraña criatura anfibia y antropomorfa capturada en el Amazonas.

Pronto salta a la vista que la cinta persigue un fin mucho más trascendente que entretener un par de horas. Por un lado, nos devela el otro rostro de la vida norteamericana en una época de grandes convulsiones, si bien lo hace con breves episodios como la represión policial a las protestas de las negritudes que pasa la televisión, la prohibición a los negros de entrar a ciertos lugares públicos, la referencia a los misiles nucleares obtenidos por Cuba o la desolación del amigo gay de Elisa.

Igual puede pensarse de las convulsiones existentes en medio de la llamada guerra fría. La carrera espacial con la Unión Soviética y la competencia por impedir al contrario la obtención de un éxito en la materia, nos abre la puerta al mundo del espionaje, a los criterios y valores dominantes en los entretelones del poder, que Guillermo del Toro no disimula en describir como absurdos e inhumanos. Pese a las diferencias ideológicas, unos y otros parecen igualmente despreciables.

Al igual que el retrato de la vida doméstica del triunfador del momento, el odioso coronel Richard Strickland, el exitoso militar que consiguió arrancar la criatura a unos indígenas suramericanos, que en su parecer incurrían en la estupidez de adorarla como a un dios. Detesta Baltimore por poca cosa, su meta es vivir en Washington, en un vecindario a la altura de su caprichosa esposa y de sus hijos creyentes en la grandeza americana. Nada mejor que poseer un Cadillac que despierte envidia.

En ese entorno de gentes y asuntos importantes, en el que una humilde aseadora no tiene derecho a reclamar a los trabajadores hombres por dejar la basura regada en el piso, la llegada al laboratorio de la criatura abre la puerta al protagonismo de los otros, los insignificantes, los que nunca han contado. Primero por obra de la curiosidad, luego por su sentido de humanidad, de la solidaridad hacia quien sufre injustamente. Finalmente el amor incomprensible lo hará todo posible,

Elisa, la mudita, consigue primero que Giles, su vecino descreído, se incline por ayudarla. También lo harán su amiga Zelda y el doctor Hoffstetler, el infiltrado ruso que traiciona su patria a cambio de lo que juzga una causa noble. La criatura tiene su lado salvaje, muerde, devora una mascota, hiere a Giles en su precipitada fuga. Pero pronto se comprenderá que esas conductas tienen también sus razones y no son lo que caracteriza al monstruo sabio y bueno.

La película me hizo pensar en el nuevo partido Farc, llegado de la selva tras un Acuerdo de Paz. Ideal para documentales, investigaciones y estudios. Comprendido por las gentes sencillas, pero odiado por los poderosos y arrogantes dispuestos a sacrificarlo. Debo esta fantasía a una hermosa criatura llegada del pasado, quien me recomendó la cinta. Bendita. Es cierto, la mayoría de las veces los monstruos no son los malos.

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