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De soberbias, prepotencias, poderes y asesinatos

Análisis
Tomado de Prensa Rural
Por  Zabier Hernández Buelvas 




Otra mirada a los asesinatos de líderes y lideresas en Colombia. Muchos y muchas colombianas se preguntan ¿por qué?, ¿Qué mueve a estas fuerzas de extrema derecha a asesinar a gente valiosa que trabaja por la paz y por sus comunidades? He aquí un intento de explicación compleja de la situación.

¿Qué tienen en común el Presidente Iván Duque, José Obdulio Gaviria, Erwin Hoyos, Luis Carlos Vélez y el paramilitar que amenazó a la profesora Deyanira en San Pablo? Además de ser uribistas declarados, tienen en común la soberbia, la prepotencia del poder y el odio enfermizo contra las desposeídas clases.

¿Qué tienen en común los 311 líderes y lideresas asesinadas en estos dos años? Su apoyo a la paz, su compromiso por el trabajo de las comunidades urbanas y rurales y su adhesión a las tesis del cambio y la justicia social.

Desde el 17 de junio de 2018, día en que fue elegido el nuevo presidente de Colombia Iván Duque, han sido asesinados 26 líderes y lideresas en Colombia. El dato es bien importante porque a partir del resultado electoral se ha despertado una renovada acción paramilitar y se han arreciado las expresiones del uribismo contra la oposición.

El discurso de sectores uribistas e institucionales que sostiene posiciones contra la paz, la JEP, contra la sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, la oposición y la Colombia Humana y contra las posibilidades de verdad y memoria, en la práctica se ha convertido en una autorización o carta blanca a los sectores militaristas, guerreristas y paramilitares para actuar en contra de todo lo que se caracterice como oposición y no alineado con el nuevo gobierno. El impulso y orientación a los sectores uribistas y tradicionales del Congreso, que inmediatamente después del 17 de junio se alinearon con el nuevo poder gubernamental, de desmantelar la JEP, fue el mensaje inicial que envió Duque a las hordas uribistas que hoy se traduce en un nuevo “Baile Rojo” de asesinatos a líderes y lideresas en todo el país.

Pero no es solo el nuevo presidente. La sentencia a la maestra de San Pablo, Bolívar, pronunciada por el paramilitar “Se tiene que ir de esta región o la asesino”, no se diferencia de la amenaza hecha por José Obdulio Gaviria en el sentido de que “a todos los opositores de Álvaro Uribe Vélez deben ser ‘neutralizados’”, expresiones que en el contexto y la experiencia histórica de violencia política y de Estado en Colombia contra la oposición, significan desaparecer, criminalizar o asesinar a los que pensamos diferente al uribismo.

Los colombianos que escucharon el audio de amenaza a la profesora Deyanira en San Pablo, pueden estar de acuerdo conmigo en el sentido que el paramilitar que habló sentía seguridad, era la voz de alguien que habla con respaldo, con autoridad, con suficiencia y sin miedo a la institucionalidad ni a la fuerza pública. El amenazante sujeto hizo gala de una formación discursiva históricamente utilizada por el poder en Colombia, que es la utilización de las armas y la violencia en la política colombiana y el uso del terrorismo que termina por eliminar a la oposición.

El silencio lo mismo que la palabra tienen fuerza. Un presidente que se preocupó públicamente y de manera inmediata por un expresidente que se cayó de un caballo, pero que a la vez guardó silencio ante los asesinatos diarios que ocurren en nuestros territorios, silencio que fue roto solo cuando sintió la movilización de un país en defensa de la vida y la exigencia del jefe de la oposición Gustavo Petro que lo dejó en evidencia de su indolencia ante el mundo.

Uribe y los uribistas incluido el presidente electo y su asesor J.J Rendón, saben muy bien que los lenguajes y formas en que comunica el poder, es determinante al momento para comunicar visiones sobre los hechos y acontecimientos, saben que cada vez que habla el poder, este expresa una orientación, saben que dirigen mensajes que llegan a receptores que actuarán en consecuencia. El mensaje que no han dejado de enviar, antes y después de ser elegidos los uribistas, ha sido el de la muerte, el odio y la violencia y el paramilitarismo ha actuado en consecuencia con el mensaje recibido de sus orientadores ideológicos.

Pero no es solo el mensaje de la muerte desde el poder actual. Es también la estrategia de ocultamiento y desacreditación del rol de líder o lideresa. El Ministro de defensa santista pero a partir del 17 de junio uribista, insistentemente ha enviado mensajes de minimización y desacreditación colocando los asesinatos producto de supuestos móviles pasionales y de narcotráfico. Es el mismo Ministro que ha negado hasta la saciedad el carácter sistemático y político de los asesinatos. Y es el mismo que ha dado la orden de atacar las movilizaciones y protestas ciudadanas y sociales con el ESMAD, la mayor estructura legal y práctica de violencia y muerte del Estado Colombiano. La violencia desde estos lenguajes del actual poder le da fundamento a la negación del otro, con la diferencia que en este caso la negación nos es solo simbólica sino, física.

En esencia los asesinatos de nuestros líderes y lideresas son crímenes de Estado. Y esta afirmación de crímenes de Estado, tiene un transfondo complejo, lo que no quiere decir que sea inexistente o invisible. El paramilitarismo y sectores guerristas de Colombia, han visto en la victoria electoral uribista una “autorización” para retomar la guerra sucia, para detener con las armas y la violencia el avance del proceso social de construcción de un gobierno alternativo para la paz y la justicia social.

El reavivamiento de las fuerzas más oscuras y retrogradas, las fuerzas de la muerte, se sienten hoy envalentonadas y respaldadas por un gobierno y un poder electo el 17 de junio pasado, al cual sienten como aliado y hermano en una tarea mortal, detener a sangre y fuego el proyecto de democratización, justicia social y humanización para Colombia.

La soberbia, la prepotencia y el mensaje de odio que lanza cada segundo el uribismo en el poder hoy, aquí está la razón y el motivo del nuevo Baile Rojo que asesina a nuestros líderes y lideresas.

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