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Carlos Alberto Pedraza Salcedo: crimen del terrorismo de estado

Análisis
Por Luz Marina López


  Sobre la pulida madera, un tablero del popular juego de "parqués", con sus dados y fichas. Detrás, otro del también popular “damas chinas”. Más arriba, sobre la ventanita de vidrio, una diminuta botellita de ron, un tabaco, una pequeña lagartija verde muy delicada, y picadura de marihuana esparcida. Los muchachos se acercaban, hacían un toque sobre el madero como anunciando su llegada, y lanzaban los dados sobre el tablero: "Tú turno parce" decían y se retiraban. Ya  hacia las diez de la noche cuando se terminaba el servicio del lugar y debían retirarse, los muchachos, camisas negras, caras rabiosas, doloridas, volvían sobre la tabla y golpeando el vidrio, se despedían: "Mañana nos vemos parce."


    Y quedó solo el lugar, aromado de flores y de tristeza. Le dediqué una última mirada antes de abandonar la sala, pero si tirar los dados ni decir palabra alguna: no me correspondía, no era de su parche. Apenas contemplar el rostro detrás del vidrio: Carlos Alberto Pedraza Salcedo el mismísimo Che redivivo, la misma mirada, igual el gesto, el desdén despectivo y retador hacia su asesino. Che, sólo que esta vez también muerto.


    Era la noche de  la velación en la funeraria La Luz del tradicional barrio Teusaquillo de Bogotá de donde se lo habían llevado dos días antes cuando adelantaba una de sus muchas tareas políticas y de trabajo comunitario, para aparecer en un potrero en el retirado municipio de Gachancipá con un disparo en la cabeza. La escena ocurría la noche de este viernes 23 de Enero.


    Y llegó mañana, sábado a las diez en punto. Cientos de jóvenes coparon la calle frente a la funeraria impidiendo el tráfico. Y comenzó el desfile en medio de consignas, llantos y proclamas de lucha, al lado de otras que decretaban Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos, y a partir de este momento es prohibido llorarlos. Y el imprescindible Carlos María Gutiérrez con su más imprescindible aún Milonga del Fusilado, una y mil veces repetida en los primeros de mayo y en los miles de sepelios de líderes populares a los que el poder dominante en Colombia nos acostumbró: Y sepan que sólo muero, si ustedes van aflojando. Porque el que murió peleando, vive en cada compañero.


    Encabezando la marcha hacia el cementerio El Apogeo en el sur de Bogotá rostro de la pobreza pero también de las luchas populares y en donde había construido su liderazgo revolucionario Carlos Alberto, un medio destartalado camión Ford enjaezado de coronas florales y pancartas de las organizaciones populares y políticas en las que el joven dirigente era querido y acatado, atronaba la indiferencia y la congestión de la enorme media ciudad que había que recorrer, con la música "más bella del mundo", las canciones amadas de Carlos Alberto. No gratuitamente adoptadas como himnos de las luchas populares en el ancho territorio de América Latina.


    Entonces, el camioncito que presidía el no por dolorido menos combativo cortejo, obligaba a transeúntes y conductores  a reparar en él. Y los enormes bafles con su estruendo que haría a más de un desentendido preguntarse de qué se tratará eso tan raro, lanzaba al aire la lírica triste y alegre, de combate y de repliegue, de los infaltables: León Gieco, Carlos Puebla, Génesis, Víctor Heredia, Mercedes Sosa, Violeta, Jara. Inti Ilimani, Aznavour: Camarada, la batalla nos unió mi camarada, nuestra lucha comenzó en las barricadas; A desalambrar, a desalambrar, que la tierra es mía y tuya también, de Pedro y María, de Juan y José; Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, a mi propio entierro fui sola y llorando; Cuando muera quiero que me entierren, en el seno oscuro y fresco de una vasija de barro; Ricardo murió ese día haciendo bien sus quehaceres, murió sembrando semillas de nuevos amaneceres; Tengo un poema escrito más de mil veces, hoy que quiero reírme casi no puedo ya no tengo la risa como un jilguero.


Ya en el inmenso camposanto el desfile tomó un carácter más solemne, casi  ceremonial sin proponérselo. Y no era para menos. Los camaradas, ¡cómo se notaba!, hacían acopio de fortaleza para el momento final, la ceremonia del adiós. Los presencié a la distancia caminando detrás del grupo al que el sendero trazado compactaba. Y lo que vi, era un hermoso paisaje de los pueblos y sus luchas en todas partes a lo largo de la historia: hombres y mujeres jóvenes cuya rudeza apenas disimulaba la ternura ahí latente; zapatos gastados, chaquetas negras, la marcha lenta y las cabezas tendiéndose a inclinar, beneficio que redituaba el crimen. Pero aquí y allá puños en alto, cabezas que se levantan y gritos de a partir de ahora es prohibido llorar, por nuestros muertos ni un minuto de silencio, toda una vida de combate. Y cómo se notaba que lo decían en serio, promesa del corazón y la conciencia forjada que honra la obra del camarada asesinado y desvanece la ilusión del asesino.


Compañero, Carlos Alberto: Hasta Siempre!!!!


Alianza de Medios por la Paz


Bogotá, 28 de enero de 2015.

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