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Una madre de cinco años

Análisis
Por Luz Marina López
Alianza de Medios  por la Paz


“¿Hay alguien ahí afuera? ¿Alguien escuchará?”


A lo largo de la historia, la guerra –elemento principal de ella por desgracia- ha dado lugar a las más diversas expresiones  culturales y artísticas, amén de innúmeras producciones en las ciencias sociales. Y dentro de ellas, las que más han trascendido por su capacidad de impactar con mayor fuerza las fibras del alma humana, son aquellas manifestaciones del arte y la literatura que recogen el horror de la guerra   victimizando la inocencia de un niño. 


Y mencionar a los niños es inescindible de  mencionar a las madres como que unos y otras sólo se explican en función recíproca. Por eso desde la icónica Pietá de Miguel Ángel en la escultura o la de Tiziano en la pintura hasta el Guernica de Picasso, pasando por infinitas producciones literarias, Ana Karenina y La Guerra y la Paz de León Tolstoi y La Madre de Máximo Gorki, dramatúrgicas como la épica Los fusiles de la Madre Carrar  de Bertold Brecht, cinematográficas como Kamchatka  y acciones heroicas como la de las madres de la Plaza de Mayo a propósito de las atrocidades de la dictadura argentina, siempre hay un hijo-niño  y una madre cuyos sufrimientos se confunden, sólo que el de esta se proyecta a lo indecible, porque son dos. Tal el lazo inconsútil de este vínculo que ningún científico describió felizmente.


Pero en esto de los males de la guerra, hay que mirar con cuidado. Porque hay guerras que no lo son, sino que se aprovecha esa categoría nefasta para justificar los peores crímenes del odio. La guerra como un tercero impersonal, otro que no soy yo y que es el responsable de mis crímenes. Que de esta forma resultan dispensados. Lo hemos oído muchas veces en Colombia donde la descomposición del conflicto armado desde la bandería “legítima” del Estado ha escandalizado varias veces al mundo, al igual que en lo internacional donde genocidios como los de Irak, Afganistán y el que más, el de Palestina, son explicados por los victimarios con las fórmulas de “la guerra es así”, “estábamos en guerra”, o “son las consecuencias naturales de la guerra”.  Sólo que en ninguno de los casos mencionados se trataba de guerra. Ni jurídica ni estratégica ni  moralmente la había, pero esta resulta una buena coartada para adjudicarle a ese tercero la responsabilidad de los actos de ferocidad y barbarie, alegar una inocencia imposible y reclamar la consecuente  indulgencia del mundo. “Es que la guerra es cruel, no se le envían caricias al enemigo”. 


Y hay madres jóvenes, muy jóvenes; y las hay  de mayor edad cuando ya no es la época de serlo, como Sara la de Isaac o aquellas que inesperadamente debieron retomar ese estado desde su condición de abuelas, cuando llorosas pero decididas asumieron el cuidado de los hijos de sus hijos asesinados o desaparecidos.


Y hay madres de cinco años. No es una maternidad jubilosa ni está acompañada de la ritualidad  con que las tradiciones de cada región celebra el hecho feliz y lo notifica a vecinos y familiares. No se  envía al niño menor del hogar a decirles “mi madre les manda ofrecer un niño”. Ni afluyen éstos, unos con un ramo de flores en señal de enhorabuena por la epifanía,  otros con un cordero para el banquete de  celebración  ni los de más allá portando un presente con vocación de perpetuidad para que el niño ya hombre,  un día acaricie la cucharita de plata con la que un allegado  desconocido lo festejó.


Porque hay madres de cinco años. No es una maternidad jubilosa, ni está acompañada de la ritualidad…


Son madres como las que enmarca esta nota. Pequeñas niñas palestinas abrumadas de angustia y de incertidumbre ante la responsabilidad adjudicada -¿quién, por qué, cómo? no lo entienden-, encargo que desborda artes y talentos de su frágil infancia. 


Son las niñas palestinas de cinco años cuya mirada de zozobra ante el peso de la  criatura  de dos días de nacida que mal sostiene en sus brazos, dice de la madre común sacrificada tan pronto dio a luz. Mirada y gesto emulando en aflicción con el grito desesperado de la criatura que a esa edad no concibe y se pregunta sobre la perversidad del mundo al que fue arrojado. 


No son sólo los 580 niños asesinados por el gobierno Israelí en estos julio y agosto del 2014, año de infamia para la humanidad, año para olvidar, el de la Solución Final del Problema Palestino, del Pogroms y el Holocausto, niños  frente a los cuales el mundo del poder y los medios de comunicación guardó repugnante silencio, sino esos otros  inmolados en sus madres –lazo inconsútil-, llegados  como forasteros a una tierra que se les notifica no es suya y donde el destino ofrecido es la diáspora o la muerte.  Pero no. No había guerra. Ni terrorismo. Ni la impúdica “legítima defensa” de una nación agredida. Mala excusa para un crimen que lo gritan las gentes en los cuatro rincones del mundo: prohibido olvidar. Esta la derrota del sionismo.


Si la indecible maldad del crimen que el sionismo acaba de cometer contra el pueblo palestino no resultara suficientemente demostrado con los hospitales, las mezquitas, los colegios, universidades, y las quince mil viviendas destruidas, un duro e indolente corazón tal vez halle la prueba en el desamparo y el desconsuelo del rostro de esta madre palestina de cinco años. 


Palestina resiste y vencerá con lo único que tiene y que le sobra: Dignidad y Coraje!  ¡¡¡Viva Palestina libre!!!

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