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¿Ganó la Guerra?

Editorial
Tomado de Voces
Por ELN


Se sabía que ningún candidato alcanzaría el 50 por ciento de la votación y por tanto, la segunda vuelta era obligatoria, pero la sorpresa fue el triunfo de Zuluaga el seguidor de Uribe, con el 29, 3 por ciento, sacando 460 mil votos de ventaja a Santos, quien obtuvo el 25,7 por ciento.

Los resultados revelan que Uribe tuvo mayor astucia para desprestigiar la imagen de Santos. No es que haya ganado la opción de la guerra.

La respuesta ciudadana a la campaña electoral de solo guerra sucia, fue la abstención, que alcanzó el porcentaje más alto de los últimos 20 años, llegando al 60 por ciento. 20 millones de personas dejaron de votar, de un potencial de 33 millones. También fue muy alto el voto en blanco, que alcanzó el 6 por ciento de la votación, cuando su tope histórico no superaba el 1,5 por ciento.

Desmintiendo a las encuestas, también fue sorpresiva la votación alcanzada por las dos candidatas mujeres, quienes alcanzan dos millones de votos cada una, el 15 por ciento cada una. Estos resultados las dejan en una posición ventajosa, como aliadas obligatorias para los dos candidatos que pasan a la segunda vuelta. Por su parte el candidato de la Alianza Verde apenas obtuvo un millón de votos, al presentarse dividida a esta contienda y no contar con una maquinaria electoral, como la de los partidos oligárquicos.

La segunda vuelta de las elecciones del 15 de junio, abren un abanico de posibilidades, donde reina la incertidumbre, en que ninguno de los dos candidatos tiene asegurado el triunfo y quedan dependiendo de las alianzas que logren, y de ganar una parte de los votantes en blanco y de los abstencionistas.

Ya Marta Lucía Ramírez anunció que se aliaba con Zuluaga, pero sumando esas dos votaciones, no alcanzan a tener el 50 por ciento de los votos. Aunque Peñalosa, el candidato verde, estuvo aliado con Uribe, en la anterior elección a la alcaldía de Bogotá, en esta ocasión su votación no es endosable al partido de Uribe, pues ahora votaron por una tercería, tomando distancia de Uribe y de Santos.

Esta campaña presidencial, prometía ser un debate profundo entre la paz o la continuidad de la guerra; sin embargo, pasa a la historia como la campaña de la guerra sucia, entre los agrupamientos oligárquicos.

Otra parte importante de esta confrontación electoral, es el manejo de las encuestas, en donde  toman unas pequeñísimas muestras arbitrarias, para hacer creer que esto es lo que piensa toda Colombia.



Sólo faltando 2 y 3 días para las elecciones, permitieron unos falseados debates televisados, con todos los candidatos presidenciales, para seguir favoreciendo a los candidatos preferidos por la oligarquía, pero no para que se presentara una confrontación de propuestas.

Se destacaron en estos debates, Zuluaga y Martha Ramírez, seguidores de Uribe, por querer romper los diálogos de La Habana y tomar partido en los asuntos internos de Venezuela.

Fue deplorable la ignorancia de la candidata Ramírez, al no saber el porcentaje del PIB que se dedica a la educación. También, fue diciente la confesión del presidente candidato, cuando afirmo: “Yo traicioné la corrupción, traicioné el amiguismo con el paramilitarismo y traicioné las chuzadas”, lo que quiere decir, que sí estuvo comprometido con esas prácticas delincuenciales.

En el tema más trascendental para el país, que es la conquista de la paz, el presidente candidato sólo anunció, que “está próxima la desmovilización de las FARC”, sin comprometerse con algún cambio estructural, es decir, solamente habla de una pacificación para mantener los privilegios de la oligarquía, la tasa de ganancia del capital y la dependencia al imperialismo.

Ningún candidato entiende que el conflicto colombiano no sólo es la resistencia armada de la guerrilla, sino también es el gravísimo conflicto social y político, que el Estado hasta ahora confronta con la guerra regular y la guerra sucia.

Ojalá en los debates de las siguientes tres semanas, se toque la esencia del conflicto interno colombiano, para que las alianzas sean de verdad, alrededor de un programa de paz, que vaya más allá de la tradicional repartición de puestos burocráticos y de tajadas del presupuesto nacional.

Quienes inclinarán la balanza por la paz o por la guerra, en la segunda vuelta del 15 de junio, quedan con tal responsabilidad histórica y algún día se sabrá si actuaron pensando en Colombia o en sus intereses particulares.

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