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La lucha incesante de la Negra

Crónica
Tomada de Frente Antonio Nariño 
Por Gabriel Ángel 


Cuando niña, la Negra era llevada por días a la casa de su abuela, en la finca cercana a la de sus padres. La viejita la consentía más que su madre y le regalaba panes, que le enseñaba a picar en trocitos en la sopa antes de tomársela. Muchos años después, en las filas de las FARC, ella repetía esa costumbre aprendida en su infancia, así no se tratara del pan sino de las arepas que acompañaban el desayuno de la mañana.

La tragedia para su familia sobrevino con la entrada de los paramilitares a la región. Los continuos crímenes y matanzas los obligaron a huir, amparados por la oscuridad de la noche, hacia Norte de Santander, donde volvieron a empezar de cero. Allí, su padre, trabajando de modo infatigable, con la ayuda de su mujer y los hijos mayores, levantó poco a poco otra finca, hasta mejorar considerablemente la vida de todos.

Pero volvió a aparecer la muerte. Una noche cayeron los paramilitares a la vivienda del tío Evelio, picándolo a machete y destrozando también los cuerpos de su esposa e hijos. Nadie estaba seguro ya en esa vereda. La situación disgregó la familia. Su padre decidió buscar mejor suerte en Venezuela, mientras su madre, con algunos de sus hermanos, se fue a la ciudad. Ella, de solo 13 años quedó con un hermanito menor en el ELN.

Recuerda con cariño el año que anduvo con ellos. Le enseñaron muchas cosas, y tanto ella como su hermano gozaron siempre del mayor respeto y consideración. Después volvieron a casa con mamá. Eran los años ochenta, la situación se hacía muy complicada con la militarización creciente en Arauca, la represión del Ejército, la persecución de la Policía, y los sicarios y paramilitares. Ella y su hermano volvieron a la guerrilla.

Mientras ella ingresó a las FARC, su hermano marchó con el ELN. Las contradicciones entre las dos organizaciones revolucionarias crecieron lentamente, pero ello no incidió jamás en el cariño que se guardaban los dos hermanos. A veces pasaron varios años para volver a verse, pero cada encuentro resultaba emocionante y hermoso. Vinieron misiones, tareas, traslados de área y de frentes, combates, marchas, sufrimientos. Ahora, que ese hermano está muerto, ella se alegra por el reconcilio FARC-ELN.

Dos veces su cuerpo supo lo que era ser cruzado por las balas enemigas. Una vez en una pierna, en la toma de un puesto de Policía. Los médicos insistieron en cortársela para salvarla. Ella se opuso con terquedad suicida. Las artes providenciales de un indio la ayudaron a curarse. La otra vez fue en el abdomen, todavía conserva los círculos que dejó el proyectil al penetrar y salir.

Sus hermanos menores siguieron su ejemplo al crecer y uno tras otro fueron vinculándose a la guerrilla. Un día llegó la noticia de la muerte de uno. Después la del otro. Años después la del tercero. Otro de ellos, que no quiso ingresar fue objeto de un atentado con arma de fuego del que se salvó de milagro. Lo acusaban de ser colaborador de las guerrillas. Logró sobrevivir, pero quedó condenado a una silla de ruedas de por vida.

Después vino el fruto del amor, el embarazo. Pero durante él conoció la verdad de que su compañero, su adorado amor, mantenía otra relación paralela con otra muchacha. Sobrevinieron la separación amarga, la soledad, las lágrimas. Parió una niña que quedó con la abuela provisionalmente, mientras encontraba quién viera por ella. Al volver a filas, un poco como empezando a vivir de nuevo, la sorprendió la desgracia.

En un asalto del Ejército, cinco de sus compañeros perecieron, quedando ella como única sobreviviente. Además de  violada, fue golpeada brutalmente por la tropa. Ingresó a la cárcel, en una ciudad distante y fría, con varias costillas quebradas y otros huesos fracturados. Primero había estado presa en un poblado del Casanare, donde los paramilitares planearon asaltar la cárcel para picarla en pedacitos.

Gracias a un carcelero municipal conmovido, que corrió a dar aviso telefónico a su familia, su padre se presentó con un abogado diligente y un funcionario de la Procuraduría que consiguieron trasladarla de sitio de reclusión. Allá, en el nuevo, la Negra sufriría el descuido de las autoridades carcelarias por su salud. Hasta que apareció el brazo de las FARC en el generoso rostro de una mujer bonachona que acudió a visitarla.

El Mono se haría en adelante cargo de su situación.  Su saludo solidario significó que en unas cuantas semanas un abogado tramitara lo necesario para que fuera sometida a varias cirugías que le garantizaron las prótesis que necesitaba para recuperarse. Poco a poco terminó por tomar el hilo.  Se hizo dirigente de las reclusas, logró movilizarlas por condiciones más dignas de vida. Su temple de organizadora salió a flote.

Tras vencer otras tantas dificultades, logró traerse la hija y, entre las rejas de su celda, comenzaron a construir una entrañable relación de afecto. Hasta que creció y fue necesario que estudiara, es decir que se separaran. Una congregación religiosa se hacía cargo de casos semejantes y la niña fue a dar a un internado. Al salir la Negra de prisión, autorizada por el Mono, pasó una larga temporada con su familia y la niña.

Hasta la muerte de él, la Negra lo acompañó en sus unidades más cercanas, desempeñando tareas en una y otra parte. El extraordinario comandante reconoció con un golpe de vista sus condiciones de organizadora, admiró esa facilidad que tenía para entablar relaciones de afecto con la población civil, que aprendía a quererla en instantes. Allá conoció la noticia del asesinato de su padre en Arauca por cuenta del Ejército.

Su facilidad para ingresar muchachas y muchachos a la guerrilla era prodigiosa. Nadie llevó nunca la cuenta de cuántos fueron los guerrilleros que reclutó en cada una de las unidades en las que estuvo sirviendo. Pero fueron muchos. Había incluso varios que la llamaban mamá, y se alegraban enormemente cuando la veían. En eso era tan hábil como cavando trincheras para salir indemne de los sucesivos bombardeos.

Un día, después de sobrevivir a las conmociones más duras de la guerra, le descubrieron un cáncer muy avanzado. Ahora lucha encarnizadamente con él por su vida. Cuánto la recordamos, la queremos y hacemos fuerza por ella. Tres décadas de lucha guerrillera. Gracias a ella crecieron más los contingentes de mujeres y hombres que marchan tras su sueño. Eso solo ya dice que valió la pena. Venceremos, Negra.

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