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La familia Santos

Análisis
Tomado de ANNCOL
Por Julio Cesar Londoño





Como nadie ignora, Colombia ha sido manejada durante doscientos años por unas cuantas familias criollas con ínfulas de peninsulares o mulatas con ínfulas de criollas. Son unos cuantos clanes que han soportado los malsanos miasmas del trópico gracias a sus temporadas en Madrid, Londres o Nueva York. O en Miami. Algo es algo.
Julio Cesar Londoño
Aunque todas estas familias han sido malignas para el destino del país, quizá ninguna supere los estragos del clan Santos. Su hegemonía empieza con la presidencia de Eduardo Santos en 1938, un señor al que se lo recuerda porque frenó la modernización que le había imprimido al país López Pumarejo, otro señor del criollato que, Dios es grande, llenó el país de vías férreas, construyó hermosas estaciones e impulsó cambios interesantes en la educación, la justicia y la agroindustria. Su “revolución liberal” quedó truncada por la “gran pausa” decretada por Eduardo Santos, “anímula blándula, vágula y trémula”, como le decía Juan Lozano. Y en esa pausa seguimos aún en todos los campos: vías, reforma agraria, tecnología, justicia, educación, salud, etc.

Eduardo Santos gobernó el país (es un decir) entre 1938 y 1942. Cuando murió en 1974, El Tiempo quedó en manos de su sobrino Hernando Santos Castillo (el director era Roberto García-Peña pero el que mandaba era Hernando). Tal vez ningún colombiano haya tenido tanto poder y durante tanto tiempo como este señor. Entre 1974 y su muerte (1999), mangoneó a su antojo la política nacional. Lo tenía todo: la panza del arzobispo, la chequera del industrial y la dirección de El Tiempo (en ese entonces los diarios eran órganos políticos. Ahora son una suerte de cacharrerías variopintas y no seré yo el que diga qué es peor).

Hernando Santos echó a Klim del periódico por sus críticas a López Michelsen, pasó de agache durante la estafa del Grupo Grancolombiano y sostuvo a Ernesto Samper en el poder contra el viento y las 8.000 mareas. A los columnistas les decía: “Es muy rico comer presidente, mijitos, pero no lo tumben porque de pronto se nos cae encima”. Ante cualquier escándalo del gobierno, repetía un mantra ritual: “Hay que rodear las instituciones”. Y mientras él las rodeaba, Turbay, el “gran conciliador”, repartía ministerios y embajadas, la crisis quedaba conjurada en cuestión de horas y los debates que el país en general y el partido liberal en particular necesitaban con urgencia, quedaban engavetados per sécula seculórum.

Y llegamos a Juan Manuel Santos. “El hombre de las reformas” lo llamará la historia (¡no le ha pegado a una!). Al lado de Uribe es un titán de la democracia, por supuesto. Y es muy probable que firme la paz con las Farc, lo que no es poca cosa. Pero no es el hombre para liderar el posconflicto. Lo ha demostrado con su desprecio por los campesinos, el torpe manejo de los paros agrarios, el nombramiento de un palmicultor en la cartera de agricultura, su apuesta por una minería meramente extractiva, su apoyo al fuero militar y, cereza del pastel, la salida de Miriam Villegas de Incoder luego de su gran trabajo en la restitución de tierras a los campesinos. Qué mujer. ¡Increíble que sea hermana de Germán Villegas!

Por todo esto, no es exagerado decir que, comparados con los estragos de los Santos, los Pastrana, los Gómez y los Castaño son familias inocuas.



Escritor y periodista. Columnista de El País y El Espectador, y escritor visitante de Renata, la Red Nacional de Talleres de Escritura del Ministerio de Cultura. Diez años con El País.

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