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A propósito de encuestas y noticias

Análisis
Tomado de cambio Total 
Por FARC-EP


El gobierno concibió el proceso de paz para aniquilar las ideas de las guerrillas, y hasta su terminación le resultará bienvenida si en su opinión contribuye a ese fin.

Los grandes medios promueven y contratan la realización de sucesivas encuestas, cuyos resultados divulgan con bombos y platillos, procurando hacer énfasis sobre el propósito predeterminado que buscaban, de conformidad con el interés específico de las clases dominantes en un momento dado. Es así cómo, con pretensiones de ciencia social e imparcialidad informativa, insuflan en la mente de la comunidad una determinada manera de pensar, que se refuerza además con múltiples titulares noticiosos, entrevistas y comentarios.

Es uno de los apartes de lo que se conoce como la guerra ideológica, la lucha incesante por aplastar, desprestigiar y destruir todas las formas de pensamiento que puedan inducir a la población a reaccionar de modo distinto al deseado y esperado por los dueños del poder. Guerra que además desmienten, calificándola como inexistente, fundando su actividad en un supuesto carácter imparcial y objetivo, ajeno por completo a cualquier manifestación de deshonestidad. Buena parte de ellos se ufana de practicar lo que llaman democracia informativa.

La semana pasada, por ejemplo, tuvieron a bien especular con  los resultados de la última gran encuesta en torno a las posibles candidaturas presidenciales, la reelección y la paz. Es probable que en cúpula económica y social del país exista expectativa en torno a cuál será la actitud más conveniente a adoptar en torno a esas materias, y que esos ejercicios estadísticos tengan el propósito de auscultar posibles alternativas. Pero lo que nunca será cierto, es que lo que esté opinando la gente sobre una u otra materia, va a ser lo determinante a la hora de las decisiones. Más bien el reto puede ser el contrario, cómo diseñar estrategias para entrar a variar las percepciones poco admisibles del público.


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Varios comentaristas de la gran prensa se referían para el caso de las conversaciones de paz de La Habana, a lo que consideraron una interesante revelación de los resultados de la encuesta. Según ella, el proceso de paz es un tema de carácter secundario o terciario en las preocupaciones de los colombianos. La gran mayoría de los nacionales habita en las ciudades grandes y medianas, donde no se sienten los efectos de la guerra, por decir operaciones militares, combates, bombardeos, minados, entre otros, lo cual hace a la gente indiferente a la existencia e incidencias de los diálogos.

Así que no se trata de que los colombianos estén cansados o no con el proceso de paz, ni si están de acuerdo con que continúe o se rompa, no, de lo que se trata sencillamente es que a la gente no le importa el tema, le es prácticamente ajeno. Es innegable que si los grandes medios informativos coinciden en hacer difusión de tal tesis, están promoviendo interesadamente la idea sobre la inutilidad del proceso de paz y otorgando el aval a una decisión oficial de ruptura del mismo.

Igual podría pensarse en torno a la consulta acerca de qué vía consideran los entrevistados como más apta para poner fin al conflicto. Las disyuntivas presentadas al público fueron tres, la militar, la de la reinserción y la de las conversaciones de paz. Los resultados presentados indican que cada una de ellas tiene prácticamente un tercio de seguidores, un porcentaje aproximado al treinta por ciento. En apariencia, la vía de las conversaciones, con un 33 por ciento, dos o cuatro puntos por encima de las otras, parece ser la ganadora. Pero, si se observa bien, en realidad no le fueron presentadas al público tres alternativas, sino dos hábilmente manipuladas. La vía militar comprende la de la reinserción, pues basta con escuchar las cuñas radiales que promueven esta última, para darse cuenta que está montada sobre el miedo a la muerte que pueden sentir los guerrilleros ante las arremetidas por tierra y aire.

Así que el resultado aparente de una precaria mayoría en torno a la solución dialogada del conflicto, se encuentra en realidad avasallado por más del sesenta por ciento de los encuestados que se inclinan por la continuación de la guerra, verdadero resultado que esperaban los patrocinadores de la encuesta y que seguramente pretende reforzar la voluntad del más alto gobierno en el sentido de no seguir adelante con un proceso que en su opinión no produce nada palpable.

Del mismo modo, al presentar los titulares de noticias, algunos medios comienzan esta semana afirmando que Iván Márquez condicionó los avances en la mesa de conversaciones a la firma de un cese al fuego y una tregua bilaterales, en la misma línea de seguir presentando las posiciones de la guerrilla como obstáculos al logro de un acuerdo efectivo. Las posiciones uribistas, puestas de moda ahora con su ridículo remedo democrático de convención, y el discurso encendido contra el proceso de La Habana por parte de su mediocre candidato, hacen parte de la misma arremetida contra las FARC. De lo que se trata al fin y al cabo es de aniquilar las ideas expuestas por la guerrilla, para eso fue concebido el proceso por el gobierno, y hasta su terminación, si contribuye a ese gran propósito, resultará bienvenida para él.

No se puede admitir tan fácilmente que el tema de la paz carezca de interés. Ese tipo de trivializaciones niegan las enormes incidencias que el conflicto armado tiene para todo el país. El debate en torno a los falsos positivos en los que aparece implicado un coronel del Ejército y relacionado un magistrado del Tribunal de la Judicatura, o las sacudidas producidas con la tumbada del fuero militar, así como el interés puesto por el gobierno en la aprobación del referendo, o el incremento en  más de 20 billones del presupuesto de la nación para el 2014, etcétera, son temas profundamente ligados a la existencia del conflicto y a las conversaciones de paz. Y afectan absolutamente a toda la población.

Además existe otra cuestión ligada íntimamente al proceso. En la Mesa de La Habana se enfrentan dos grandes proyectos, por parte del gobierno, el de las locomotoras neoliberales que saquean al país, arrollan su soberanía, enriquecen exageradamente a una minoría privilegiada, empobrecen cada vez más una masa más grande de colombianos y aplastan por la vía de la violencia, la persecución y la cárcel la resistencia a sus políticas. Por parte de las FARC y el pueblo colombiano, el proyecto de un nuevo país democrático y tolerante, en el que al pensar en desarrollo se privilegie la población sobre las empresas y los bancos, en el que sean abolidas las abismales diferencias económicas y sociales, en el que no tengan cabida la brutalidad militar, paramilitar y policial. Eso, necesariamente, nos incumbe a todos y no es una cuestión baladí. Las clases dominantes y los grandes medios no quieren ver la gente pensando en eso.

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