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LA PAZ EN EL TERRITORIO DEL OPTIMISMO Y LA ESPERANZA

Análisis
Por Rubén Zamora

Foto: Marchas por la Paz de Colombia




Comandante Rubén ZamoraEl acuerdo sobre el segundo punto de la agenda ha puesto el diálogo de paz en el territorio del optimismo y la esperanza,  bajo la posibilidad de solucionar civilizadamente un conflicto que la mayoría de los colombianos hemos querido resolver desde sus propias raíces. Muchas veces hemos replicado el grito desesperado y febril  de Jorge Eliécer Gaitán, asintiendo el mismo reclamo que hiciera en su bellísima oración por la paz sin que se nos haya escuchado. En cambio, hemos recibido del mismo fuego que le quitó la vida a Gaitán y a cientos de miles de colombianos.


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A esta Mesa de conversaciones llegamos luego de muchos intentos para lograr la paz, en cada intento se interpuso el militarismo afincado en las maquinarias políticas, mediáticas, militares, policiales y empresariales corruptas, cruzadas hasta la médula por el narcotráfico y los intereses geopolíticos de las grandes potencias y sus transnacionales. Mucho daño y dolor ha causado esta prolongación de la guerra al pueblo colombiano y de ella se han lucrado las élites nacionales e imperiales.

Ahora que se abre esta luz de esperanza los más ultramontanos guerreristas acuden al altar de la infamia a descalificar esta oportunidad  y a invocar a que todos los demonios se alineen a descargar sus fuegos contra el más grande anhelo de los colombianos. Otros a regañadientes aceptan el avance del proceso, el cual, según su criterio, debe terminar con la dirigencia rebelde en la cárcel. Semejante veleidad es impresentable de un régimen que ha tenido por costumbre la estigmatización, la demonización, la persecución y el aniquilamiento físico y político de sus opositores

Quienes se interponen a la paz son los mismos que hicieron de la violencia su palanca fundamental de dominación clasista y que desplegaron el poder corruptor del narcotráfico en los estamentos del Estado. Del narcotráfico proviene la fortuna de muchos de los llamados padres de la patria, con él se casaron para estremecer al país por el terror a tal extremo que fueron capaces de cometer  el genocidio político de la Unión Patriótica.

En esta Mesa de Diálogo no habrá imposibles si hay voluntad de lograr la paz.

Nada extraño para nosotros que nuestros enemigos nos calumnien, que nos adjudiquen divisiones internas inexistentes y que descalifiquen nuestra legitimidad, es vieja práctica de la guerra mediática. Sabemos que buscarán conducir las conversaciones hacia el peor momento o a los peores resultados. Sin embargo, somos optimistas con este proceso de diálogo, pero sobre todo porque confiamos en la conciencia nacional, en el anhelo por la paz, en que los colombianos se apropien de esta iniciativa y la defiendan de los buitres de la guerra. Dentro del Estado y de las élites políticas y empresariales existen enemigos de la paz a los que el gobierno les teme y responde débilmente y con ambigüedades, cuando más se requiere de coraje y responsabilidad política para afrontarlos, si es que de verdad se aspira cristalizar el sueño de la paz de Colombia. Además, habiéndose reconocido que la paz de Colombia es la paz del Continente, mayor debe ser la responsabilidad y compromiso por alcanzarla. 

Un gobierno que quiera lograr la paz debe disponer de la capacidad para afrontar las dificultades, asumir la deuda histórica del Estado con el país por la guerra contra nuestro pueblo, reparar los daños por las desigualdades e injusticias sociales, la corrupción y cuanto ha conducido al sufrimiento de los colombianos y la más vergonzante ilegitimidad.

La paz exige cambios institucionales y la reorientación de las políticas públicas.

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