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Frailejones

Análisis
Tomado de Rebelión
Por Camilo de los Milagros

Que el páramo está empapado en silencio lo sabremos sólo cuando la cordillera nos trague como una cruel bestia traicionera. Aterrador silencio. Absoluto silencio, lenguaje común del ucumarí, las nieves y los pumas. También el páramo está hecho de mudos frailejones. Por eso, si el páramo conversa, podrá decir de sí mismo que es una tendida consagración a la paciencia.


Los frailejones se demoran un año para levantar un centímetro su cabeza de hojas largas sobre la estepa helada de la alta montaña. Se levantan para asomarse a las lagunas de todos los colores, tan mudas como ellos. Una carrera centenaria de desafiar vientos capaces de abatir los caminantes, nevadas que bajan como metralla, incendios que tarjan la tierra y soles que despegan la piel. Cada frailejón alza sobre su tallo cubierto de hojas muertas una pequeña torre de Babel, se ofrece a la inmensidad. Son peludos, como corresponde a estos testigos de lo extremo: no es fácil cambiar de la madrugada a la mañana temperaturas bajo cero por los soles ardientes de la alta montaña.

Con esa paciencia de ermitaños, invaden lentamente las cañadas, los valles y las serranías del páramo. Muy despacio, año tras año, un siglo después del otro, rellenan las morrenas que se separan de los paramillos, ocupan los filos que bajan desde las crestas rocosas de la cordillera, rodean los nevados, hasta que consiguen cambiar por completo la textura, el color y la forma de las montañas. Los frailejones hacen parte de la colección derramada de todos los matices del sepia que mancharon los Andes. Y gracias a su paciencia centenaria, la alta cordillera no es una llaga de peñascos, sino una piel de mujer suave, cuando se observa desde la altura. Una mujer celosa a la que amamos a pesar del peligro.


Uno de ellos, terco espectador de las épocas, florece amarillo, elevándose muy por encima de los cinco metros en la punta de una cañada ya olvidada. Ya estaba allí, muy pequeño, cuando las yeguas castizas del Mariscal Robledo espantaron a las dantas y a los tigrillos, hollaron con sus pezuñas el páramo por allá en 1540, al invadir la tierra de los Quimbayas. Arbusto indiferente, vio las mareas feroces de indios Pijaos y Panches, que traspasaron por miles, descalzos, las cumbres a más de 4.600 metros en la cordillera central cientos de veces, en cientos de años, para hacer sangre y polvo de las famélicas villas españolas en el Valle del Cauca. En la primera de esas batallas, aún tierno, este frailejón se maravilló ante un Dios desnudo todo de oro, cargado al hombro por Quimbayas y Pijaos, que hablaba dando órdenes militares y provocaba alegría y coraje en los hijos del Kumanday. Vio los indios morir de frío, rapiña de los cóndores y las tairas. Vio españoles perdidos ahogados en los humedales. Vio caravanas de mercaderes que con bueyes y mulas erraban buscando el paso fácil de la montaña feroz, que cobra su tributo en vidas. Vio millones de mirlos, periquitos de los nevados, águilas y colibríes de páramo que se posaron, mañana tras mañana, año tras año, siglo tras siglo, en su copa. Ni las erupciones furiosas de ese Kumanday que sepultó pueblos bajo el lodo, al que le cambiarían el nombre por Volcán del Ruíz, ni los incendios que resquebrajaron en cenizas miles de hectáreas en miles de ocasiones, ni los ganados de los colonos boyacenses que llegarían mucho después (ni sus hachas y camándulas) ni las ráfagas siempre presentes de hielo y viento, pudieron derribar la paciencia obstinada del frailejón, que siguió elevándose un centímetro cada año. Cuando superaba los tres metros y medio escuchó el galopar alejado de las tropas de Bolívar, que atravesaban -una vez más- quebrando el silencio de la cordillera, por el camino del Quindío. Luego cada centímetro traería las tropelías de una nueva o de la misma guerra civil. Alcanzando ya la robustez de los cinco metros, no le importó que al lado de su cañada los bandoleros del temido Sangre Negra se apoderaran de la Laguna del Otún, estableciendo un refugio a 4.000 metros. Era el principio de todos los principios fatales de nuestro siglo: la violencia colombiana de los años 50. Después ya estaba muy viejo para voltearse a mirar los guerrilleros que subían arañando la serranía y los soldados que los perseguían, y luego los soldados que bajaban y los guerrilleros que los perseguían, centímetro a centímetro, batalla a batalla, paciencia contra paciencia. Y luego de nuevo el silencio.

A los seis metros, o mejor a los seis siglos, sobreviviente diario del páramo, que anuncia una calamidad distinta cada amanecer, este arbolito aun del color más frío que tiene el verde, no se enteró de nuestra presencia. Otros efímeros caminantes engullidos por la montaña, devorados por el milenario peso de la cordillera. Probablemente seguirá allí, uno o dos metros más orgulloso, cuando nadie se acuerde de nosotros. El frailejón en el páramo es el opuesto total del caminante: éste es efímero y transitorio, el primero es paciente y definitivo.


El viento volverá a rugir duro cada día, el frío intentará rasgar sus hojas, el sol tratará de tostarlo y el tiempo de doblar su tallo. Pero el frailejón seguirá allí como guardián de las alturas. Abajo, las generaciones se enterrarán unas a otras, en orden y en desorden. Los viejos enterrarán a sus jóvenes y los jóvenes envejecerán en un día o nacerán ya ancianos. Se fundarán ciudades que morirán antes que el frailejón. Se crearán naciones borradas del mapa en lo que tarde él en perder una hoja. Rodarán océanos enteros bajo los puentes hasta que caigan los puentes mismos. Se elevarán hasta las nubes edificios derribados en un soplo, mientras el centinela cabezón del páramo continúa su terca carrera de centímetros contra los siglos.

¿Será la escritura igual de terca al frailejón? ¿Contempla lo efímero con la paciencia desdeñosa de lo eterno? La escritura moja lenta la vida, con todos los matices del sepia, el color de la eterna vejez. Que irónico, porque no hay nada tan fugaz como la vida.

Me pregunto si podrá ese orgulloso frailejón alguna noche, en su larga continuación de centímetros, alcanzar el cielo. Los venados que lo conocen mejor, dicen que no lo necesita. Nació pegado al barro húmedo de la montaña y los siglos lo doblarán, también con una paciencia infinita, para que no se separe de su madre despiadada. Por qué iba a querer el cielo, si desde pequeño está amarrado a la tierra, una amante mucho más hermosa, mucho más apasionada y caprichosa, que todas las promesas de trascendencia. 

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