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Caucasia: crónica de una semana durante el paro minero

Crónica
Tomado de Prensa Rural
Por Aheramigua 



Actualmente Colombia es como una madeja muy enredada, resultado de que en más de 200 años después de habernos zafado del dominio de uno de los más grandes imperios que ha visto la historia, no hemos logrado vencer a aquellos que han manejado el país como su finca y, entre nosotros, no ponernos de acuerdo; lo uno conlleva a lo otro y viceversa. Esa madeja que representa el territorio nacional y su gente, podemos afirmar, ha sido como un juego para el concierto mundial de intereses de los agentes del mercado, aquellos lobos de trajes oscuros que negocian con las riquezas del subsuelo, la comida, el agua y la vida.

Uno de los tramos de dicha madeja es la problemática de la minería que afecta a todo el territorio colombiano, actualmente de forma más intensa en el municipio de Caucasia, allá donde el río Cauca gira hacia el piedemonte de la Serranía de San Lucas para finalmente encontrarse con el Magdalena y seguir su camino al Mar Caribe.

Acá se siente un ambiente caótico, de esos que solo pueden generar la suma particular de fuerzas contrarias, los intereses del poder establecido, pero también, los deseos y anhelos de miles de luchadores por el futuro de sus familias y sus comunidades.

Organizados en un campamento, bajo el puente que cruza el río Cauca y que conduce al Bagre, en el nordeste antioqueño, esos luchadores viven un día a día de movimiento constante. Algunos se encargan de la seguridad del campamento, divididos por grupos y repartidos por cada una de las entradas al lugar. En el día, algunos soportan el sofocante calor característico de las mañanas, hasta terminado el atardecer; otros sacrifican el sueño nocturno, muchas veces acompañado por las inclementes lluvias de la región y el concierto de luminosos rayos y sus posteriores truenos que retumban en la zona del campamento.

La alimentación, a cargo de mujeres de las veredas y corregimientos de la región de Guamocó, la recordada por las multinacionales, es repartida a los campesinos y mineros, quienes en medio de risas y la recocha cotidiana en las filas, calman las tensiones de los días anteriores.

Los primeros días transcurrieron en medio del revoloteo de las amables vendedoras de tinto, el vendedor de arepa con queso y el carrito de limonadas. Algunos agentes de la policía judicial, creen pasar inadvertidos en sus motos sin placas en medio del campamento, es un asedio psicológico, pero sabemos quiénes son ellos y muy pronto dejan de aparecer. En las tardes, compañeros realizan talleres sobre derechos humanos, en los cuales podemos escuchar directamente a los que padecen el conflicto en su región; la mayoría de veces son ellos los que nos enseñan a nosotros, porque además de su sabiduría producto de la experiencia, lo hacen con toda humildad y sencillez, esa que muchas veces se pierde entre los rígidos horarios y el estrés de la gran ciudad. A los compañeros que se devolvieron un abraso fraterno y muchos agradecimientos.

Mientras nos enterábamos de que había “calma” en las vías de Antioquia, una mañana escuchamos un estruendo frente a una de las entradas. Querían que estuviéramos ahí, porque al minuto de dicho evento, aparecieron dos motos de la policía, nuevamente sin placas y agentes sin identificación, “recomendando” no bloquear las vías; vaya manera decir las cosas. El último viernes de Julio, día siguiente después de acaloradas reuniones entre los mineros, que debatieron acerca de la situación ya constante en Colombia, la intransigencia de un gobierno que no escucha a su pueblo y su decisión de romper el dialogo, se realiza una marcha por parte de todos los mineros concentrados en Caucasia, hasta el coliseo donde irónicamente se alojaba en días anteriores el escuadrón que reprime y persigue a los que luchan por un país para todos.

No hay confianza tampoco en aquellos que dicen estar con nosotros, los personajes que por intereses propios venden los posibles cambios que se puedan lograr, es ahí cuando vuelve a estallar la ira y la rabia de todo un pueblo.

Desde el campamento a lo lejos se vuelve a escuchar las hélices del helicóptero, las aturdidoras y el sonido del gas lacrimógeno cuando es disparado hacia los manifestantes, la tensa calma de los días anteriores se rompe. A las dos horas de iniciados los enfrentamientos, llega uno de nuestros compañeros, herido por las armas y las pisoteadas de aquellos sujetos que por dinero y por rabia, integran las filas del escuadrón estatal de represión. Su labor fue la de verificar que no se violaran los acuerdos que el gobierno tanto dice respetar ante la comunidad internacional; pero acá las cosas son diferentes, sabemos de la persecución que tienen que soportar los defensores de la vida, algunos de ellos a lo largo de nuestra historia, pagando con su vida misma.

Más que evidente era la persecución contra nosotros, teléfonos celulares chuzados y seguimientos hacen parte de nuestro día a día, así como la rabia, el cansancio y la impotencia hacen parte de la de los mineros. Al día siguiente nuestro compañero agredido por el escuadrón, con pruebas ya confirmadas de uno de los canales privados y las cicatrices producto de la violencia con que fue tratado, tomó la decisión de ir hacia el centro de salud del municipio con el fin realizar las respectivas denuncias del caso. Pero repentinamente apareció una patrulla que inmediatamente lo llevo a la estación de policía, nuevamente.

Mientras esto sucedía, sumado a la incertidumbre de saber cómo se encontraban nuestros compañeros llevados a la estación, muy cerca al campamento se empezaron a escuchar estruendos. El ambiente era intenso, en el puente, nuestro punto débil, apareció la negra silueta de una tanqueta, quieta, preparándose.

La gente no sabía hacia donde correr, los que mayor pánico sufrían eran los vecinos nuestros del barrio Caracolí; los niños lloraban y algunos mineros gritaban arengas de rabia. Arriba en el puente ellos ya estaban listos, acompañados de la figura de la tanqueta, aparecieron las de forma humana, las que portan cascos, escudos y armas. Estábamos bajo el puente; mirando hacia arriba aparece a uno de ellos apuntando, a los pocos segundos ya se siente el gas, el contenido de esos artefactos para los que el gobierno si tiene con que invertir. Con los ojos cerrados y llorosos, la guía fue el sentido del oído, escuchábamos como algunos de estos artefactos golpeaban los tejados de las casas.

La intensidad del gas es mucho mayor acá, debido a la humedad del ambiente y el sudor que se acumula durante el día. Pasada media hora esas siluetas negras decidieron salir del puente. Mientras en el campamento aún con la incertidumbre de que iba a pasar la gente empezó armar la defensa del territorio, a la par que empezaba a oscurecerse el cielo y aparecían las primeras nubes de tormenta.

Así seguimos resistiendo todo tipo de agresiones y escaramuzas por parte del poder establecido, esperando entre traiciones y engaños por parte de aquellos que dicen estar con la causa de los mineros. Pero acá los luchadores de la región de Guamocó cada día se llenan de más rabia, de esa sana rabia producto de la indignación; llega más gente de las veredas y se evalúa la organización con algo que todos tienen muy claro, la pelea no acaba hasta que se solucionen sus exigencias y se respeten sus derechos.

Equipo Técnico Aheramigua – Colectivo Popular Hijos del Sur

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