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Entre el cielo y el infierno

Comunicado
Por Secretariado del Estado Mayor Centra - FARC-EP



En el Limbo se encuentran los diálogos de La Habana por cuenta del hombre que quiere pasar a la historia como el presidente que logró la paz en Colombia.

Los ecos de la justa protesta del gobierno de la República Bolivariana de Venezuela por la recepción de Santos al opositor Capriles en el Palacio de Nariño, se replican aún con un sonoro vibrato.

No son pocos los que creen que el paso de Joe Biden vicepresidente de los Estados Unidos por Bogotá, fue el origen del arrebato santista. Y lo asocian con un plan de Washington encabezado por un caballo de Troya de nombre “Alianza Pacífico”, que manejado por Washington, se propone desestabilizar y descarrilar gobiernos populares como los de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Uruguay, entre otros. ¿Qué impulsaría a Santos anunciar el fantasioso ingreso de Colombia a la OTAN? ¿Amenazar a Venezuela, al Brasil?

A quienes aducen ingenuidad en la conducta del presidente no se les cree tanto porque Santos no es ningún tonto. Como estadista está obligado a medir el efecto de sus actuaciones.

Juan Manuel Santos sabía que su provocación contra el gobierno legítimo de Venezuela estallaría como petardo en la mesa de diálogo de La Habana, porque el tema Venezuela, país acompañante y facilitador del proceso, era muy sensible para las FARC, que ve en los venezolanos el principal factor generador de confianza, y en consecuencia a artífices fundamentales del proceso de paz.

Por todo esto es que causa tanta perplejidad la invitación de Santos a Capriles, precisamente cuando el entusiasmo por la paz clavaba su bandera en el pico Everest de la reconciliación de los colombianos, motivado en el acuerdo parcial sobre tierras, tema que representa la nuez del conflicto. La actitud de Santos desinfló el optimismo, la atmósfera favorable a la paz que se había logrado construir con tanto esfuerzo en La Habana. La cuestión se resume en el hecho de que si no fuera por Venezuela no tendría lugar el diálogo de paz de la capital cubana.

Es contradictorio, abismalmente contradictorio, pretender pasar a la historia como el presidente que hizo la paz, propiciando al mismo tiempo una cadena de atentados contra la paz. El asesinato a sangre fría de Alfonso Cano, el comandante adalid de la reconciliación, es ya una mancha imborrable. Por otra parte nadie entiende por qué el gobierno rechaza la necesaria tregua bilateral propuesta por las FARC desde el inicio de las conversaciones, si de lo que se trata es de parar la guerra. Durante los últimos 6 meses el ministro de defensa ha actuado como francotirador sectario en contra el proceso, dejando la sensación que no hay unidad de criterios en el gobierno. Y hasta el propio presidente en persona no deja pasar oportunidad para descalificar al interlocutor con acusaciones infundadas y amenazas de ruptura.  

Hay además otros elementos que están fastidiando el diálogo y la construcción del acuerdo como ese molesto chasquido del látigo del tiempo y de los ritmos en manos del gobierno. Un afán para qué, ¿para precipitar un mal acuerdo, una paz mal hecha? La progresión de un acuerdo tan trascendental no debe ser interferida ni por los tiempos electorales ni los plazos legislativos. Paralelamente a las sesiones de la mesa alguien desde las alturas orquesta campañas mediáticas que siembran, con algún grado de perfidia, la idea de una guerrilla victimaria de un lado, y del otro, la de un Estado seráfico, aleteando inocente sin ninguna responsabilidad histórica por la violencia y el terrorismo institucional.

Un gobierno que realmente quiera la paz no está marcando a cada rato las líneas rojas de su intransigencia, de sus inamovibles, sino que actúa con grandeza para facilitar el entendimiento. ¿Dónde está la genialidad, dónde la sindéresis? Aquí lo que se ve es una gran inconsecuencia. Y también una gran cicatería cuando se defiende con argumentos tercos privilegios indignantes. Esas actitudes poco contribuyen a la construcción de una atmósfera de paz. ¿Entonces los diálogos para qué?

Hay que entender que éste no es un proceso de sometimiento, sino de construcción de paz. No se trata de una incorporación de la insurgencia al sistema político vigente, así como está, sin que se opere ningún cambio a favor de las mayorías excluidas. ¿Entonces para qué fue la lucha?  El mejor epílogo de esta guerra debe ser rubricado por cambios estructurales en lo político, económico y social que propicien la superación de la pobreza y la desigualdad.

Tenemos que defender este proceso de paz, esta esperanza. Todos, resueltamente, gobierno, guerrilla de las FARC y las organizaciones sociales y políticas del país, debemos sumar voluntades para alcanzar, luego de décadas de confrontación bélica, la anhelada reconciliación con justicia social. Qué nos importan Uribe y Fedegan si estamos resueltos a alcanzar la paz.

Secretariado del Estado Mayor Central de las FARC-EP 
Montañas de Colombia, junio 7 de 2013


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