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La hipócrita condena a todas las violencias

Análisis
Tomado de FARC-EP
Por Gabriel Ángel


Lo que llaman paz todos esos falsos profetas, no es más que la entronización absoluta de la dominación del imperialismo y las oligarquías en cualquier parte del mundo.




Noam Chomsky recuerda en su obra Esperanzas y Realidades la que llama máxima de Tucídides, según la cual los fuertes hacen lo quieren y los débiles sufren como es menester. Y la invoca frecuentemente para demostrar cómo la rancia regla de la era esclavista, continúa siendo asombrosamente vigente en los tiempos que corren. Los fuertes hacen la ley y la guerra, imponen la paz que les interesa, fijan lo que es bueno y lo que es malo, bendicen  y maldicen a su antojo. Los débiles no tienen otra alternativa que moverse dentro de los límites fijados y sufrir lo que se les venga encima. Se trata de la lógica perenne del poder, la naturaleza de la dominación de clase.

Pensando en dicha máxima, extraigo los siguientes párrafos de Ernesto Sábato en su obra testamento Antes del fin:

“Al regresar a casa, durante la noche he podido ver por televisión cómo se agredía a unos obreros que se negaban a desalojar una fábrica, golpeados con violencia, tratados como delincuentes por una sociedad que no considera delito negarles a los hombres su derecho al trabajo; expropiándoles,  incluso, hasta las pocas leyes laborales que los protegían…

…También he visto a la policía corriendo con palos y tanques hidráulicos a vendedores ambulantes, en lugar de encarcelar a los que se están robando hasta las últimas monedas y tienen dinero y poder para comprar esa justicia que cae con despiadada dureza sobre un pobre ladrón de gallinas. Como el muchacho que me escribió desde una cárcel cordobesa pidiéndome un ejemplar del Nunca más autografiado. Mientras ese hombre estaba preso por un delito menor, en un gesto aberrante se puso en libertad a los culpables de haber desangrado a la Patria…

…Con qué indignación he visto, en un día de huelga nacional, con despótica soberbia, a la policía arrojando al suelo la comida que unos obreros preparaban en sus ollas populares. Y entonces me pregunto en qué clase de sociedad vivimos, qué democracia tenemos donde los corruptos viven en la impunidad, y al hambre de los pueblos se la considera subversiva”.

La amargura senil del escritor argentino me condujo a rescatar la valiente constatación del intelectual cubano Fernández Martínez Heredia:

“Un triunfo descomunal del capitalismo actual ha sido convertir la demonización de la violencia en uno de los dogmas políticos más aceptados y sentidos por una masa enorme de oprimidos del mundo que están activos en cuestiones sociales y políticas. Se convierten así en agentes de su propio desarme, que se ofrecen inermes e inculcan inacción en todo su entorno. Lo peor de todo es que la apariencia de esa demonización es moral y de defensa de los valores del ser humano. Mientras, no existe freno alguno para la violencia masiva imperialista, que siega vidas por cientos de miles, ni para el asesinato selectivo que se exhibe con jactancia, ni para las incontables formas de violencia que se practican cotidianamente contra las grandes mayorías del mundo”.

¡Qué daño tan grande le hacen a la humanidad entera, sobre todo a los más débiles y desfavorecidos, la siniestra masa de predicadores del repudio a todas las formas de violencia, provengan de donde provengan! ¡Qué manera tan perversa y cobarde de servir a los intereses de los poderosos! Porque aunque se nieguen a reconocerlo y se enfurezcan si se les reclama, ese grito enardecido, que apelando a los criterios de humanidad y civilización, se eleva contra el empleo de la fuerza, adquiere su real sentido en la pasividad y sumisión de los oprimidos, mientras soslaya el empleo de las más diversas formas del terror por parte de los opresores.

…Los que no tenemos dinero o poder siempre hemos callado para poder vivir largos años…/…Los que no tenemos dinero o poder debemos vivir en silencio, en absoluta soledad…/…Así lo entendieron los antiguos, así lo certifica el presente…/. Palabras más, palabras menos, así se refería a este asunto el poeta vallecaucano Harold Alvarado Tenorio en sus Proverbios de uno llegado a los Cuarenta. Quizás la ley más primitiva de la sociedad de clases sea esa, aunque no aparezca escrita ni en el código de Hammurabi ni en la Ley de Justicia y Paz colombiana. La insoportable y antigua cadena de la explotación se ha encargado de transmitirla en susurros de padres a hijos, oído a oído de generación en generacióndurante siglos y siglos.

En días pasados, el Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en intervención pública, advertía a la oposición de su país y el exterior, que el gobierno y el pueblo venezolano eran pacíficos y se esforzaban por mantener la paz frente a las provocaciones. Pero que no debían equivocarse, el hecho de levantar y defender la bandera de la paz, no debía confundirse con la sumisa aceptación de los más groseros agravios, hasta el punto de que si ese pueblo enardecido se lanzaba a las calles a exigir y cobrar justicia contra sus enemigos, la fuerza armada bolivariana no iba a emplear las armas contra él, sino quizás lo seguiría, con todo el gobierno revolucionario a su lado.

Es seguro que desde el oportunista alcalde de Bogotá, al que los venezolanos dejaron plantado en su intento de reivindicarse con el Chávez muerto que tanto atacó en vida, pasando por todas esas oenegés y fundaciones que medran del tema de la paz, hasta las más altas esferas del Establecimiento, condenarían en coro un alzamiento del pueblo de Venezuela en defensa de su revolución. Reclamarían en cambio una solución de consenso, un gobierno compartido con las élites corruptas de la burguesía que posibilite el retorno del neoliberalismo infame.

Porque hay que decirlo sin temores. Lo que llaman paz todos esos falsos profetas no es más que la entronización absoluta de la dominación del imperialismo y las oligarquías en cualquier parte del mundo. La pasiva aceptación de los de abajo a todas las formas de explotación, saqueo y enajenación. Cuando con justa razón los pueblos reclaman sus derechos y se les responde con violencia, adquiere toda legitimidad el empleo de su fuerza, con independencia de las condenas de los defensores abiertos o soterrados del orden establecido.Esa fue la enseñanza de Manuel Marulanda y Jacobo Arenas.

La teoría neoliberal de la globalización se trajo de la mano la campaña por adormecer los pueblos. Despertarlos a la lucha es un imperativo moral, una urgente necesidad de sobrevivencia humana. Es hora de desenmascarar de una vez por todas a los anestesistas al servicio del capital. Canallas.

Montañas de Colombia, 21 de marzo de 2011.

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