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Perdónalos Señor…

Análisis
Tomado de Agencia Fariana De Prensa
Por Gabriel Ángel


El conflicto adquirirá dimensiones no pensadas. Es una cuestión elemental. Basta con recordar a los 48 campesinos que enfrentaron la operación Marquetalia.
Por Gabriel Ángel

Comienza el año nuevo y ya escuchamos otra noticia trágica. Las fuerzas militares dan parte al país de la eliminación, mediante el método del bombardeo aéreo, de más de una docena de guerrilleros de las FARC en los límites de Chocó y Antioquia. La prosperidad democrática enseña de nuevo sus brutales dentelladas y nuevamente se aterra la gente buena de Colombia.

Las víctimas se hallaban en alguno de sus campamentos, en las entrañas de la selva, celebrando desprevenidos las festividades de fin de año. Ingenuamente confiados, contra toda orientación y advertencia de los organismos superiores de dirección, en que el cese el fuego decretado por la organización para esta época los mantenía al margen del peligro.

Un gesto reprochable desde cualquier perspectiva disciplinaria a la luz de la experiencia bélica. Sobre todo tomando en cuenta las arrogantes y frecuentes amenazas proferidas por los altos mandos de las fuerzas regulares, quienes al igual que el ministro de defensa, se refocilan permanentemente en los medios advirtiendo de severos golpes a ejecutar.

Sin embargo, y por encima de los imperdonables yerros de algunos mandos guerrilleros, los cuales por desgracia pagan con su vida y la de varios de sus combatientes, no dejan de parecer obsesivos y criminales la actitud, la mentalidad y el comportamiento del gobierno de Juan Manuel Santos, quien al tiempo que discursea de paz no deja dudas sobre su devoción por la sangre.

Las FARC hemos demostrado en todas las formas posibles nuestra voluntad de diálogo y reconciliación. En aras de una solución civilizada al grave conflicto que padece el país, hemos llegado a pasar incluso por encima de los cadáveres de nuestros más importantes y queridos Comandantes. Hemos puesto una y otra vez la otra mejilla para no echar todo al abismo.

Nuestro credo es muy sencillo. La oligarquía de este país, con sus inveteradas prácticas violentas de explotación y dominación, terminó por generar la respuesta armada de los de abajo, respuesta que han intentado durante décadas exterminar, sin conseguirlo, mediante el empleo de las más abominables prácticas de terror. La paz significa poner término definitivamente a todo esto.

Que cese el alzamiento guerrillero, sí. Pero para que esto sea posible, es necesario poner fin, para siempre,al ejercicio del poder mediante la intimidación y la muerte. Que se abran los espacios para expresar libremente la inconformidad con el orden de cosas. Que se generen unas condiciones mínimas de justicia social y convivencia. No nos parece una cuestión inadmisible.

Sin embargo, plantear las cosas de ese modo, resulta intolerable para el régimen. Su posición se limita a exigir una y otra vez la rendición incondicional de la rebeldía. Bajo la soberbia amenaza de una aniquilación inminente. La oligarquía colombiana presta oídos sordos a cuanto no signifique un sumiso sometimiento. Sólo la satisfaría un acuerdo de rendición agradecida.

De ahí que se niegue a hablar de cese bilateral de hostilidades, de participación de la población en las conversaciones, de cualquier aproximación entre pueblo e insurgencia. De ahí su sentencia de no discutir la aplicación de ninguna de sus políticas. Desmovilización cuanto antes repite incesante. Y sigue matando, amenazando y matando, matando y amenazando. Como siempre.

Gracias al cese el fuego declarado y cumplido religiosamente por las FARC-EP, millones de colombianos pudieron disfrutar tranquilamente la navidad y el año nuevo. Incluidos los prisioneros de guerra liberados incondicionalmente por nosotros el año anterior. Y numerosos burgueses que saben que no serán retenidos gracias a nuestra decisión declarada oficialmente.

Sin embargo, otra porción inmensa de compatriotas ignora todavía lo que puede significar una temporada de paz. Se trata de los habitantes de las zonas ocupadas por el Ejército Nacional. Para ellos no cesan las requisas, los retenes, los amedrentamientos, las capturas, la hostilidad diaria. Ni el sobrevuelo de las aeronaves de guerra, ni los bombardeos y ametrallamientos.

Que terminarán llegando también a las puertas de las grandes ciudades, tal y como van las cosas, puesto que la guerrilla no va a doblegarse ante la furia del régimen. Y entonces éste acrecentará su labor persecutoria hasta el último rincón donde resuene una voz inconforme. Un destino que, empezando el año, debiera ser compromiso de todos evitar.

La paz se encuentra en perspectiva siempre que sean muchas las voces que se alcen a exigir al Gobierno de Juan Manuel Santos un cambio en sus posturas. Podemos tener un país mejor, siempre que millones de colombianos asuman su protagonismo político en la exigencia de cambios y reformas. Es la disyuntiva que se le plantea a nuestra nación al comenzar el 2013.

La fórmula que recitan los voceros oficiales según la cual nada en la Mesa de Conversaciones está acordado hasta que todo esté acordado equivale a un todo o nada. Desde la óptica del régimen significa que mientras no se acuerde la rendición y entrega nada tendrá sentido. Otra debería ser la opción popular. La oligarquía debería sacrificar algo por la paz, so riesgo de perderlo todo.

En un inevitable discurrir, cada día, cada mes, cada año, decrecerá el número de bajas guerrilleras por causa de los bombardeos aéreos. Y crecerá el número de los aviones y helicópteros echados a tierra por la insurgencia. Los cinematográficos uniformes de los soldados mercenarios no los protegerán del fuego guerrillero. Ni a ellos ni a quienes les dan las órdenes.

El conflicto adquirirá dimensiones no pensadas. Es una cuestión elemental. Basta con recordar a los 48 campesinos que enfrentaron la operación Marquetalia. Desde entonces los gringos estaban aquí, traídos de Corea y el Vietnam. Hoy llegan con sus drones desde Afganistán e Irak, a aconsejar a los generales que despectivos nos cifran en unos pocos miles. Perdónalos Señor…

Montañas de Colombia, 2 de enero de 2013, 63 cumpleaños del Mono Jojoy.








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