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Homenaje (PCC). CHE: ¡Hasta Siempre Comandante!


Nombre  que ennobleció una letra, la más ruda de la lengua castellana, con  la que alguien diría, no podría hacerse un poema. Y es que tiene algo macizo en su fonética que como que no la deja ir bien con lirismos y sutilezas. Sin embargo,…”Si el poeta eres tu… qué puedo yo cantarte comandante” lo advirtió Silvio. Y el hombre era eso y más cuando enseñó lo que nadie antes había hecho expreso, que la revolución era ante todo amor, un acto de amor.

Y poeta y todo, fue tanta la fortaleza de ese hombre –el más perfecto del siglo XX dijo J.P. Sartre- que no hay que recabar sobre el acero que templó esa alma y el diamante que acorazó su cuerpo en algún sentido débil, al punto de aterrorizar al verdugo: “Parece que está rezado, no le entran las balas”. Pero que nadie se llame a engaño porque esa rudeza, la misma de la ch que te nomina, era ante todo y por sobre todo –no tuviste reparo en reclamarlo- expresión acabada  de la más noble fragilidad humana: la de sentir la suerte del otro hasta hacerla propia, dando cauce libertario a las células de su cuerpo indignadas  por la injusticia que se comete contra ese otro al que no se reconoce tal, porque soy yo mismo.  Un acto de amor en realidad.
El hombre universal


Por eso el Che se despojó de los alamares de diplomático, de ministro de estado y de gerente del banco de su patria, para emprender el camino de la guerra en la áspera selva boliviana, dura no por culpa de ella que qué la van a ser arboledas y cañadas, sino por el ocupante que hollaba sus veredas y humillaba a sus taciturnos moradores con la boca del cañón codiciosa tras algún gesto levantisco. Condotiero sí lo reconoció, pero de una manera especial, porque su paga era la libertad del hermano, bella paga; y el suelo extraño donde combatía, África, Cuba o Bolivia, no lo era más que su pampa argentina.
Tenía  bien fundamentado su destino, porque el Che era todo menos un aventurero. Las “aventuras” que emprendió nacieron de su observación y análisis de la realidad, cuya decisión de transformarla requirió de lecturas muchas, poesía, política y sociología amén de su arte primero que fue la medicina, aunque se envaneció de haberla sacrificado por el oficio de soldado. Al mismo tiempo y en sus palabras, pulió la voluntad con delectación de artista. Marxista consumado, es decir filósofo, tuvo espacio para dejarnos textos de economía política y filosofía, así como observaciones sobre la situación del indio boliviano, el obrero peruano, los estudiantes colombianos.
El Hombre Nuevo
Entonces Ernesto, que así se llamaba y así lo nombraban sus papás, cuando tomó la decisión de irse a luchar por ese otro que no lo era porque era él mismo,  les escribió una carta: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con la adarga al brazo. Y es que el hombre, de verdad tenía su piscade poeta -¡y vaya si lo era!-, cuando de tan metafórica manera les participó su determinación. Igual lo hizo con sus cinco pequeños hijos. A unos y otros, sin alardes ni patetismos, les anunció que debían estar preparados para no volverlo a ver. Pero dialéctico y revolucionario, esto tan trascendente para el común de los mortales, lo anotó apenas como el dato inevitable en una biografía personal, y pasó pronto de largo sobre él. La recomendación principal en esas cartas testamento, era el legado que les dejaba de una vida consecuente con un pensamiento y comprometida con la liberación de los sometidos y el desagravio de los humillados. Era él mismo el Hombre Nuevo que recomendaba construir si se quería redimir el mundo de las miserias a las que lo tenía postrado el hombre viejo, el que gira alrededor de sus apetitos e intereses.
El cadáver del Che
Un cadáver así, como el que conocimos porque los torpes estrategas del despotismo militar latinoamericano calcularon que con esa imagen se acababa el mito, un cadáver así, dan ganas de sentarse a conversar con él. Serenamente, largamente, y hasta fumar de su tabaco como lo hacían nuestros antepasados en señal de comunión. Sin llanto en los ojos desde luego porque ¿a santo de qué llorar?
Llanto el del verdugo que no supo matar tu cadáver y luego gastó su vida y la de la siguiente generación, a la manera de los primeros conquistadores que destruían los adoratorios de los  amerindios, porfiando en desacralizar ese inmenso santuario que iba siendo ya toda Bolivia, donde ríos, cordilleras, el sonido de la tena, el canto del tucán y hasta el mar que no tiene, eran venerados por multitudes en romería de todo el mundo,  como el pueblito por donde pasó el Che,  el rancho donde durmió el Che, el sendero que transitó el Che, y así hasta el santuario mayor, Arca de la Alianza, Santo Grial por el que lucharon infructuosamente todos los Indiana Jones del mundo, la humilde alberca de la escuelita en la universal Higuera donde  una mirada serena que no deja de mirar, nos pregunta e interpela y reclama respuesta.
El Che: guerrero y poeta


Altar aquél donde cayó el Che para levantarse e ir por siempre persiguiendo los  verdugos en cualquier rincón del mundo donde posen su planta, inspirando donde quiera haya jóvenes, estudiantes, obreros o cantores, hombres o mujeres ya desde entonces indignados reclamándole al mundo, mucho antes de que se diera lo peor en el triste ocaso del siglo XX y en el mal alborear de este XXI, que otra cosa exigen de él. Fuera en Islandia o en Vietnam, en la muralla de una capital del primer mundo o en la  pared derruida de una casa campesina en los Andes sudamericanos y aún en la mismísima entraña del monstruo, una imagen orienta el camino.
Pero el Che nos enseñó  no la visión idealista de la revolución como gesto  ni apenas como actitud, sino como una construcción que partía del estudio, el espíritu crítico y ¡ah! mucho trabajo, asentado en el suelo que nos sostiene y siempre con el otro. Por eso él no es un ícono ni un mito aunque tenga de los dos, y aunque la mercadotecnia del statu quo así nos lo recomiende.
Era tan integral además de íntegra su condición humana, que ya su espíritu poseído por los efluvios de la guerra, fue capaz de componer un poema, declaración de amor, de despedida y  de fortaleza a su amada Aleida, cuando la decisión suprema de partir a Bolivia en viaje  que sabía sin regreso, llevaba ínsita la de abandonarla:
Adiós, mi única,
No tiembles ante el hambre de los lobos
Ni en el frío estepario de la ausencia,
Del lado del corazón te llevo
Y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume.
8 de Octubre conmemoración de la caída del Che. Día del guerrillero heroico! Y,  con Fidel, Chávez, Evo, Correa y Marcha Patriótica te decimos: ¡Hasta Siempre Comandante!

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